El ciberacoso

Un reciente comunicado de la CPE a sus usuarios de correo electrónico sobre eventuales peligros de estafa a través de ese medio recuerda a los mayores lo que solía suceder hace muchas décadas cuando, entre las bromas amicales, se destacaba la de suscribir a alguien desprevenido en uno de los numerosos cursos por correspondencia que se ofrecían a través de diarios y revistas. Tenía su ingenio pero no podía repetirse ni durar demasiado, tanto por el gasto en sellos postales como por el alerta que de inmediato ponía en guardia a la víctima.
Las nuevas tecnologías impiden aquella clase de chistes pero permiten otras sorpresas. El correo electrónico -e-mail en esta época de subordinación angloparlante- es una comodidad que mucha gente aprecia, sin embargo el usuario tiene un flanco desguarnecido: la abrumadora publicidad contra la cual no parece haber protección confiable.
Es común que el desprevenido titular de una de estas cuentas reciba en un día decenas de avisos publicitarios que abarcan desde venta de terrenos hasta encuentros sexuales, pasando por venta de automóviles, artículos para el hogar, cursos para aprender idiomas, viajes turísticos, sábanas y colchones, alarmas, simposios, curación de dolores, terapias varias y tantísimos más. Tampoco faltan avisos de huérfanos o viudas titulares de grandes herencias que no pueden cobrar y de la que ofrecen un alto porcentaje a cambio de datos personales; esto último, desde luego, en una audaz renovación del viejo cuento del tío.
Asimismo suelen llegar breves mensajes de pretendido carácter técnico que informan al usuario de eventuales infracciones o problemas por lo que debe enviar al remitente su dirección electrónica y clave para solucionarlo. Por supuesto que desde allí al timo hay un pequeño paso. Para peor, no faltan individuos o empresas que por interés económico divulgan miles de direcciones electrónicas que luego son inundadas con envíos promocionando negocios, lo cual explica por qué se reciben tantas ofertas desde de los lugares más alejados y desconocidos. Apuestan, evidentemente, a la ley de probabilidad para sorprender a un incauto.
Lo cierto es que el usuario nunca había pensado que la publicidad pudiera ser tan molesta e invasiva del ámbito personal.

Otra mancha
Un reciente informe del secretario de Hacienda de la municipalidad santarroseña permitió apreciar que, entre tantísimos problemas que acosan a la ciudad, hay uno que continúa sin superarse. Se trata de los bajos niveles de recaudación de las tasas que cobra la comuna por los servicios que presta.
No siempre fue así. Hace algunos lustros la capital pampeana podía presumir de ser la única municipalidad de la provincia que podía mostrar autonomía financiera, y lo lograba en virtud de los buenos niveles de cumplimiento de los frentistas y de un gasto que se mantenía en límites aceptables. La evolución negativa de esas dos variables derivó, indefectiblemente, en lo que hoy todos conocemos: Santa Rosa dejó de ser, hace tiempo, aquel buen ejemplo en el concierto de sus pares de la provincia.
La fuerte crisis socioeconómica de fines de los noventa y comienzos del siglo XXI provocó una caída abrupta en el nivel de recaudación que solo se recuperó parcialmente con la evolución positiva de la economía que llegó con el kirchnerismo. En paralelo, el desmesurado crecimiento de la planta de personal disparó el gasto en forma incontenible. Para peor el profundo deterioro de las redes cloacales, pluviales y de agua potable, que no fueron mantenidas ni reparadas a tiempo por varias administraciones, convirtieron a la ciudad en el caos que hoy sufren sus habitantes.
Este cuadro desolador forma parte de la pesada herencia que recibió el actual intendente. Su responsabilidad es dejar la ciudad mejor que como la encontró, y la de los vecinos no eludir la cuota de aporte que a cada uno le corresponde.