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El cuento de la incubadora

DOMINICALES

Desde la más tierna infancia, las niñas reciben la narrativa de cuentos que, como Blancanieves, Caperucita Roja, Hansel y Gretel o Cenicienta, les advierten sobre los peligros que las acechan en el mundo al que han venido: historias de niñas secuestradas, niñas esclavizadas, niñas que huyen del peligro por bosques tenebrosos. Aún hoy en día, en muchos casos, por desgracia, aquellos cuentos se hacen realidad mucho antes de que esas niñas aprendan a defenderse.
F.A.L.
No es la sigla del fusil automático ligero. Son las iniciales de una de esas niñas, que sufrió la depredación sexual de su padrastro en Chubut, y quedó embarazada a los 14 años. Su madre, asumiendo el rol protector que le correspondía, intentó obtener la autorización judicial para que se le practicara un aborto en un hospital público, petición que fue denegada tanto en primera como segunda instancia, mientras el embarazo avanzaba.
Y aunque el Superior Tribunal de Chubut accedió a su petición, no faltó el funcionario judicial que llevó el caso a la Corte Suprema, que un 13 de marzo de 2012 -hace siete años esta semana- produjo un fallo unánime, ordenando cesar con toda traba administrativa para la plena vigencia de una norma que -a dos años de cumplir un siglo de vigencia, ya que fue sancionada en 1921- garantiza el derecho a interrumpir el embarazo en caso de violación.
«La judicialización de esta cuestión, que por su reiteración constituye una verdadera práctica institucional, además de ser innecesaria e ilegal, es cuestionable porque obliga a la víctima del delito a exponer públicamente su vida privada, y es también contraproducente porque la demora que apareja en su realización pone en riesgo tanto el derecho a la salud de la solicitante como su derecho al acceso a la interrupción del embarazo en condiciones seguras», dijo la Corte, en una pronunciamiento que debería haber sido definitivo.
Sin embargo, al día de hoy hay sólo diez provincias que adhirieron al protocolo de actuación al que el Estado estaba obligado en estos casos. Y por si fuera poco, una verdadera asociación ilícita, gestada al calor de la restauración conservadora, ha llevado las cosas a un estado aún peor al que existía en 2012.

Tortura.
Ahora las niñas no sólo se ven privadas de su derecho a librar sus cuerpos de la marca dejada por sus predadores. Ahora esta caterva de inquisidores -muchos de ellos enquistados en las estructuras del Estado- las someten a la tortura de funcionar como incubadoras, dilatando el aborto durante semanas y meses, para terminar convirtiéndolo en una cesárea y así «salvar las dos vidas».
Ocurrió primero en Jujuy, y ahora se reiteró en Tucumán. Las niñas sufrieron padecimientos atroces, tanto por su trauma con la experiencia corporal del embarazo forzado, como por el atroz maltrato institucional prodigado por quienes dicen defender «la vida».
Detrás de estos verdaderos delincuentes -¿qué otro calificativo merecen los que violan conscientemente la ley?- hay siempre ideólogos salidos de la catacumba. Como el autor del vomitivo editorial publicado en La Nación el pasado 1 de febrero, titulado «Niñas madres con mayúsculas», donde se glorifica el embarazo infantil -y por ende a los depredadores sexuales- y hasta se afirma que las niñas desearían ser madres, lo cual se explicaría por «lo que es natural en la mujer, lo que le viene de su instinto de madre, lo que le nace de sus ovarios casi infantiles».
Evidentemente, este pensamiento no sólo degrada a la mujer, al reducirla a un mero receptáculo biológico. Implica, además, una profunda ignorancia de lo que es la infancia, tanto desde el punto psicológico como del jurídico.

Bosque.
Las niñas ya no pueden jugar en el bosque, ni siquiera cuando el lobo no está. Nuestra niñas del siglo XXI no están más seguras en la sociedad de la globalización tecnológica de lo que lo estaban en los bosques medievales que sirvieron de escenario a los cuentos infantiles. Aunque en el medio se hayan producido la Revolución Francesa y el sistema internacional de derechos humanos, y la revolución científica que hace perfectamente posible su cuidado médico.
Un ejército de perversos las acecha. Se escudan en una religión que dice promover el amor y la comprensión. Pero son, en realidad, los defensores de sus predadores: del lobo feroz, del ogro malvado.
Como la novela «El cuento de la criada» de Margaret Atwood. Solo que aquí, para hacer aún más tenebrosa la distopía, las esclavas reproductivas son niñas de corta edad. Y, por supuesto, de clases populares.

PETRONIO