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El cuento de la ucraniana

DOMINICALES

En «El cuento de la criada» (A handmaid’s tale, 1985) la escritora canadiense Margaret Atwood imagina un futuro en el que, debido a la crisis ambiental, se ha desencadenado una epidemia de infertilidad. Considerando a las pocas mujeres fértiles como un bien público, un futuro estado totalitario y teocrático (Gilead, los actuales EEUU) organiza un sistema de esclavitud sobre ellas para garantizar la descendencia de los jerarcas del régimen. La historia, una distopía a la manera de «1984» de George Orwell o «Un mundo feliz» de Aldous Huxley, se convirtió en un instantáneo clásico feminista, y en una excelente y exitosa serie de TV.

Teocracia.
Cuando el año pasado, en medio del éxito de la serie, Atwood publicó una segunda parte de su historia, «Los testamentos», se le preguntó si no asociaba su ficción de hace 35 años con los actuales Estados Unidos de Trump. Ella declinó comentar al respecto, aunque no deja de ser tentadora la idea de pensar al actual gobierno del Norte, o al de Bolsonaro en Brasil, como ensayos de futuras teocracias, no basadas en el Islam, sino en las iglesias evangélicas más conservadoras.
Pero bien, algún periodista astuto tendrá que contactar a Atwood ahora para preguntarle qué opina la escritora sobre Ucrania y su actual apuesta por convertirse en una suerte de Gilead moderna, una verdadera granja de bebés para satisfacer las necesidades procreativas de quienes tienen suficiente dinero para contratar esos servicios.
Ucrania es un país ubicado junto al Mar Negro, antigua República Soviética, cuyo perfil internacional es cuando menos dudoso. Estuvo en el medio del escándalo del juicio político a Trump, que chantajeó a ese gobierno para que le diera información sobre supuestos negocios sucios de su rival demócrata, Joe Biden.
Ucrania también ha ganado algún renombre por cierta frecuencia en los accidentes aéreos, casi siempre relacionados con una guerra sorda que mantiene con Rusia desde que decidió romper lazos y coquetear con la Unión Europea. En medio de ese conflicto perdió la península de Crimea. Todo esto no deja de ser una ironía, ya que la zona de Kiev (capital de Ucrania) se considera el origen, durante la Edad Media, de lo que es hoy la nacionalidad y la cultura rusa.

Granjas.
Es en ese clima de fanáticos conversos al capitalismo, que ha florecido en el país una serie de empresas (la principal de ellas, Biotexcom) que se dedican a alquilar los vientres de mujeres ucranianas como «madres subrogadas», para implantar embriones y dar a luz los hijos de los clientes internacionales que requieren estos servicios. Como la pareja de pampeanos, que quedó varada allá cuando viajaron a buscar a sus bebas mellizas.
Cuando el avance de la pandemia obligó a las autoridades ucranianas a restringir fuertemente el ingreso de extranjeros al país, más de un centenar de parejas que esperaban buscar a sus hijos, se vieron impedidas de hacerlo, permaneciendo en un limbo diplomático. Mientras tanto, se calcula que hay alrededor de mil bebés que quedaron del otro lado, una suerte de «stock sin entregar».
Desde luego, existe una fuerte polémica sobre la cuestión ética que representan estas prácticas de fertilización asistida. No ha faltado quien compare este alquiler de vientres con otras formas de explotación económica de las mujeres, como la prostitución. En nada ayuda tampoco el hecho de que Biotexcom tenga un CEO, Albert Tochylovsky, con serios problemas legales; que cobre hasta 60.000 euros por bebé (pero sólo le pague menos del 20% de esa suma a las madres subrogadas) y se reserve el derecho de aceptar como postulantes sólamente a parejas heterosexuales.

Madres.
No es de extrañar que varios países hayan declarado ilegales estas prácticas, y que entre nosotros, pese a existir proyectos en ese sentido, se haya omitido incluirlas cuando se reformó el Código Civil. Porque una cosa es que una mujer decida, en forma altruista, prestar su vientre para gestar un hijo ajeno, y otra muy distinta son estos sistemas cuasi industriales, donde las mujeres gestantes sólo cuentan como cuerpos. Rutinariamente les implantan más de un embrión, para «asegurar el resultado», sin proveerlas de la necesaria asistencia psicológica.
Algunas se quedan extrañando tener noticias de esos niños que salieron de sus vientres, obligadas por el contrato que firmaron a abstenerse de todo contacto. Otras, en cambio, están siendo ahora obligadas a cuidar estos bebés que sus padres biológicos no pueden «retirar».
Dasha, de la ciudad de Vinnytsia, en el oeste de Ucrania, se prestó a este programa para pagar su hipoteca, y dio a luz en abril, ha permanecido al cuidado de la niña que parió. La criatura -dice- llora constantemente, y la agencia que la contrató no le proveyó ningún tipo de auxilio. «Esto es muy duro -dice Dasha-, lo único que quiero es que vengan los padres y me saquen esta niña de aquí».

PETRONIO