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El desafío de la sociedad

En pocas horas se sumaron algunas noticias preocupantes para nuestra provincia vinculadas a la evolución de la pandemia de coronavirus. El número de contagiados saltó este domingo a 82, entre el doble y el triple de lo que habitualmente se venía registrando diariamente. Un hombre que se encontraba aislado en un hotel se fugó y se ocultó en la Estancia La Malvina. Las manifestaciones en el límite de nuestra provincia con Buenos Aires y Córdoba continúan con mayor convocatoria e insistencia. Por último, las reflexiones de un especialista, formuladas a este diario, sobre las reacciones sociales autodestructivas que genera la pandemia y que se traducen en expresiones de odio, sadismo y discriminación nos ponen de cara ante a un panorama complejo que urge desentrañar si queremos superar este trance tan difícil para la sociedad humana.
Los científicos sociales y otros expertos, como también los periodistas que intentan descifrar las diversas manifestaciones que surgen en el seno de la sociedad ante el avance del Covid-19, advierten síntomas muy preocupantes. Entre ellos el surgimiento de reacciones que no apuntan, precisamente, a estimular los sentimientos de solidaridad y empatía hacia el prójimo sino más bien lo contrario. Los que se comportan de tal manera están lejos de ser una mayoría significativa de la población, pero tampoco constituyen una minoría insignificante. Lo que más inquieta es que se manifiestan en forma muy ostensible, convocando a grupos numerosos que se niegan a admitir los riesgos ciertos del contagio, a veces con descargas de agresividad verbal muy elevadas y casi siempre buscando un alto protagonismo mediático.
Pero lo que más subleva es que esas conductas colectivas son exacerbadas, estimuladas, por medios de comunicación y dirigentes políticos ubicados a la derecha del espectro ideológico. Con un discurso tan agresivo como irresponsable estimulan los comportamientos que desconocen el cuidado personal y el del prójimo y hacen que muchas personas se lancen a la vía pública para expresar altas cuotas de «sadismo», «odio», «desprecio» hacia el otro y más todavía si son sectores vulnerables de la sociedad. Las descripciones de este fenómeno por parte de los que estudian las conductas sociales no dejan lugar a dudas en cuanto a los riesgos que conlleva para el conjunto de la población. No es casual que a caballo de estas manifestaciones se intensifique un discurso político que privilegia el individualismo por encima del interés colectivo. Se llega al extremo de envilecer la palabra «libertad» para reivindicar una suerte de vale todo digno del neoliberalismo más extremo, del más acendrado terraplanismo político.
En esta encrucijada es vital la tarea que debe desplegarse desde el Estado como también desde los espacios políticos, sociales y mediáticos comprometidos con una mirada solidaria de la sociedad. Debe impedirse que una minoría enceguecida y manipulada imponga su agenda destructiva, imponga la supremacía de la «pulsión de muerte» en los términos que definiera hace un siglo Sigmund Freud.