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El diario global de Yrigoyen

LA SERPIENTE QUE SE MUERDE LA COLA

Los mismos medios y las finanzas globales que denostan a Macri son los que lo apoyaron. Las lecturas endogámicas entre medios y poder financiero ayuda en las catástrofes.
OSCAR GUISONI
En una de las denuncias más fuertes contra el macrismo, el periodista Horacio Verbitsky expresa que el acuerdo con el FMI está «flojo de papeles». De confirmarse, nos encontraríamos ante un hecho inédito que puede ser explicado como una típica «avivada argentina». Aunque desde la óptica del FMI hay que hurgar en otro fenómeno que tiene alcance mundial y que las élites de poder en Occidente no parecen registrar adecuadamente: la intoxicación que les produce consumir su propia prensa distorsionada.
Cualquier líder de la elite mundial, como podría ser el caso de Christine Lagarde en la presidencia del FMI, lee los informes de prensa de sus colaboradores para tomar las decisiones del día. Los mismos informes fueron administrados a los funcionarios que ejercieron presión dentro del FMI para otorgar en tiempo record el megapréstamo a la Argentina. ¢ØQué decían esos informes? La mayor parte de la prensa especializada (Financial Times, The Economist, The Wall Street Journal) hablaban maravillas de las políticas aplicadas en Argentina.
Es decir, había un amplio consenso acerca de lo beneficioso que era para el capitalismo financiero sostener a un gobierno como el de Macri a cualquier precio. La opción, decían los macristas desesperados que eran enviados a Washington a pasar la gorra, era terminar como De la Rúa en 2001 y luego el temido «retorno del populismo».

Se vino el estallido.
Pero las PASO de agosto hicieron estallar todo por los aires. Y, a juzgar por lo que dice ahora la famosa prensa especializada mundial, todo es culpa de Macri que, oh, al fin lo descubrieron, es un tipo bastante trucho y su gente ha cometido desmanes, rifándose en fuga de capitales la mitad del préstamo del FMI. Y como bien se sabe, cuando el acreedor es tan grande, tiene más poder que el que prestó el dinero. Así es como la Argentina se ha colocado en una rara posición: si cae, puede arrastrar a una institución de la importancia del FMI.
Cuando esta historia se cuente en un futuro, habrá que tomar debida cuenta del rol que han jugado los medios de comunicación aliados al poder hegemónico. Desde el derrumbe del muro de Berlín, en 1989, el capitalismo entró en una rara fase que fue desde la victoria sin fin anunciada por Francis Fukuyama, a la ofensiva para acabar con cualquier atisbo de redistribución y estado de bienestar, llevada a cabo por los aplicados Chicago Boys en todo el planeta. El neoliberalismo se volvió «la única política económica posible» y cualquiera que se interpusiera en su camino era acusado (y lo es todavía) de «atrasar» irremediablemente. Para instalar semejante clima de victoria fue necesario un coro de medios hegemónicos amigos que fueron adquiridos, durante las últimas décadas, en su mayor parte por fondos de inversión y empresas del sector financiero.

Periodismo de guerra.
La crisis griega y el derrumbe neoliberal en América Latina a comienzos de siglo generaron movimientos políticos que cuestionaron el rol que juegan estos medios en los desastres económicos que produce el capitalismo financiero desregulado. Pero para las élites el pataleo contra los medios era sólo un capricho de izquierdistas nostálgicos que no valía la pena tener en cuenta.
Mientras tanto, en las redacciones, se ponía en marcha el famoso «periodismo de guerra» reconocido por el editor de Clarín Julio Blanck en su póstuma autocrítica profesional antes de morir, para tratar de neutralizar a estos movimientos políticos que cuestionaba el status quo surgido de la caída del Muro. De la España de Podemos al Brasil del PT, de la Argentina del kirchnerismo a la Bolivia de Evo, del Ecuador de Correa a la Grecia de claudicante Syriza, se pudo apreciar esta actitud guerrera de la prensa del «sistema» que no dudó en utilizar armas de doble filo, como las famosas fake-news para destruir a sus enemigos.

Cuidado corresponsal.
Cualquier corresponsal extranjero que resida en Buenos Aires se nutre, como ocurre en todas partes, de los medios locales para informar luego a su público sobre lo que ocurre en el país. El fenómeno es lo más parecido a una serpiente que se muerde la cola.
«Macri se ilusiona en ganar en primera vuelta», sostenía Joaquín Morales Solá en una columna publicada en La Nación el 16 de junio pasado, luego de la fulgurante incorporación del senador Pichetto a la fórmula presidencial, algo que fue vendido a «los mercados mundiales» como garantía de triunfo del macrismo en las elecciones de octubre. El mismo tipo de optimismo podía leerse en las páginas de Clarín o verse en las pantallas de TN. Por si faltaba una frutilla al postre, la gran mayoría de las encuestas pronosticaban un ajustado triunfo de Alberto Fernández en primera vuelta y una posterior derrota en un eventual ballotage. ¢ØPor qué dudar entonces de cómo marchaban las cosas?
En una entrevista al diario Página/12 el sociólogo Gabriel Vommaro, sostiene con acierto que «el gobierno se contaminó con el discurso que construía para afuera».

Al desnudo.
La ligereza legal y la velocidad record con la que el FMI entregó a la Argentina el mayor préstamo de su historia hace pensar que el problema de la intoxicación noticiosa trasciende y mucho nuestras fronteras. La visión que difundió la mayor parte de la prensa mundial de que con Alberto Fernández volvían las hordas chavistas a apoderarse de la Argentina, no sólo provocó el cimbronazo en los mercados que sacudió los cimientos de la frágil economía macrista después de las PASO, sino que llegó hasta la lejana Venezuela, donde un desencajado Henrique Capriles grabó un mensaje furioso contra el Frente de Todos, demostrando hasta qué punto su visión se halla contaminada por los medios que consume.
Lejos han quedado los tiempos del Watergate, donde periódicos pertenecientes a familias prestigiosas como The Washington Post, se daban el lujo de ocupar el lugar de un contrapoder indispensable para asegurarle a las elites que los consumían una mínima cercanía con la realidad y así evitar que derraparan. Subidos al tren del «periodismo de guerra», hoy los medios han contribuido sin darse cuenta a dejar a sus propios dueños al desnudo y al poder que los consume perdido en su propia nube de fantasías ideologizadas. (Extractado de Socompa).