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El espionaje, la obsesión de Macri

Otro operativo de espionaje ilegal a gran escala salpica a Mauricio Macri. La denuncia penal que presentó la interventora de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) es clara y se basa en evidencias concretas. En la ex SIDE encontraron una computadora con un disco rígido mal borrado en donde constan registros de ingresos a correos electrónicos que comprometen a los extitulares de la AFI: Gustavo Arribas y Silvia Majdalani, a otros agentes cuya identidad se preserva en cumplimiento de la Ley Nacional de Inteligencia, y al expresidente de la Nación. Por ello la interventora pidió que un juez indague a todos.
En este caso no se trató de escuchas telefónicas sino de espionaje sobre correos electrónicos de un centenar de dirigentes políticos, gremiales y sociales, periodistas y miembros de las fuerzas de seguridad desde junio de 2016. Esas tareas de inteligencia no fueron ordenadas ni autorizadas por un juez sino por las autoridades de la AFI apenas seis meses después de iniciado el gobierno de Macri.
En cualquier «país serio» esta revelación significaría un escándalo mayúsculo y todos los medios estarían hablando del tema. Pero estamos en Argentina y aquí la prensa corporativa sigue amurallando a Macri con un blindaje sin precedentes. Así actuó ante los Panamá papers, el «Correo-gate», el incendio de Iron Mountain, el «D’Alessio-gate», las persecuciones judiciales y tantos otros casos que fueron escondidos por el periodismo que responde a los intereses del poder real. Es esta, precisamente, la razón de por qué Macri se atrevió a tanto en materia de espionaje, de persecución a opositores o de avasallamiento del Poder Judicial.
La impunidad mediática está en la base de todo lo que pudo hacer Macri. Desde la salida de la última dictadura no hubo un dirigente político que, como él, no solo defendiera como un cruzado los intereses de los más ricos y poderosos, sino que perteneciera a esa casta de intocables.
Hay dos cosas seguras con Macri en el gobierno: la aplicación sin piedad del recetario neoliberal y las operaciones de espionaje a gran escala. Ahí están sus gestiones como jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y como presidente de la Nación para corroborarlo. Si algún día fuera ungido nuevamente como gobernante -posibilidad que hoy aparece como muy remota pero que no debería descartarse definitivamente si se tiene en cuenta el caudal de votos que obtuvo el año pasado tras cuatro años de gestión calamitosa- podemos estar seguros de que esas dos facetas volverán a brillar en todo su esplendor. Es imposible concebir a Macri sin tales atributos. La concentración de la riqueza -y su consecuencia directa: la multiplicación de la pobreza- y el espionaje como instrumento de coerción forman parte del ADN macrista por encima de cualquier otro rasgo.
Este caso que se destapa ahora muestra con crudeza la ausencia de límites a la hora de actuar. Ni sus principales aliados políticos, ni sus funcionarios más sumisos, ni los periodistas más complacientes se salvaron del fisgoneo de los espías de la AFI, que estaba bajo el comando de uno de sus amigos personales. Desde luego, la lista es mucho más numerosa del lado de los que no lo aplaudían.
Ante un nuevo y resonante caso de espionaje masivo que se destapa cabe preguntar si esta vez el Poder Judicial investigará hasta las últimas consecuencias o volverá a naufragar en el mar de los procedimientos fallidos como cada vez que Macri estuvo sentado en el banquillo de los acusados. Hoy corren otros vientos políticos pero los efectos de la colonización llevada a cabo por la «mesa judicial» del macrismo sobre los tribunales nacionales perduran. La «reforma judicial» prometida por el actual presidente no debería demorarse. Es la única garantía de que casos tan graves como este tengan un final digno de la frase que suele estamparse al pie de los oficios judiciales: «será justicia».