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El generoso País de las Maravillas

DOMINICALES

En 1980 se editó «Bicicleta», el tercer álbum de Serú Girán. En él se incluía una obra de Charly García, «Canción de Alicia en el País», en la que en forma velada -reinaba por aquellos años la férrea censura de la dictadura- se parangonaba la realidad argentina con el mundo de «Alicia en el País de las Maravillas» de Lewis Carroll. Incluso, en la tapa del disco, los cuatro miembros del grupo posaban frente a un banquete como la fiesta de «no-cumpleaños» a la que asistía la niña Alicia, junto a los desquiciados personajes de El Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo y el Lirón. Como la realidad imita al arte, Argentina se parece cada vez más, y literalmente, a ese mundo delirante.

Carroll.

Desde luego, la realidad que imponía el gobierno militar y sus políticas «neoliberales» poco tenían que ver con ese mundo onírico de Carroll, donde una niña, aburrida de sus deberes escolares, decide perseguir a un conejo que pasa corriendo, y a través de un agujero en la tierra, se introduce en un mundo pleno de color y alucinaciones, donde basta con comer un pedazo de torta para cambiar de tamaño y huir por la cerradura.
Por supuesto, García había llegado a ese mundo a través de la psicodelia inglesa, y más particularmente Los Beatles. «Lucy en el cielo con diamantes», la «Alicia» de Lennon, también se movía en un mundo colorido e irreal, pero no por comer torta, sino claramente, por el LSD al que aludía el título de la canción. Eso no le impidió al compositor argentino observar la existencia de «un río de cabezas aplastadas por un mismo pie», en alusión a la represión política rampante por entonces. Es más, cuando recurre a la imaginería de Carroll y habla de que «ya no hay morsas ni tortugas», también se refiere a la realidad histórica argentina: «Morsa» era el apodo del bigotudo dictador Onganía, en tanto «Tortuga» era el triste mote que le habían endilgado sus opositores al presidente democrático Arturo Illia, para justificar su derrocamiento.
Créase o no, hay una obra de Los Beatles donde se menciona a Argentina. Es al final de la película «Submarino amarillo»; y nuestro país es mencionado como el posible destino de los villanos derrotados «Blue Meanies», expertos en destruir el color, la alegría y la música, como los militares hicieron en estos lares.

Morsa.

Por estos tiempos ha vuelto a aparecer una «morsa» en la política argentina, como la que cantaba García, parafraseando a Carroll (cabe aclarar que en la obra de éste, la Morsa en cuestión aparece en otro libro, «Alicia a través del espejo»).
Como en la dictadura iniciada en 1966, la morsa en cuestión habría adquirido su apodo por sus tupidos bigotes. El apelativo funcionó para vincular a un prominente político, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, con un horrendo homicidio múltiple, obra del narcotráfico. De algún modo el mito se hizo carne, y pervive hasta nuestros días, pese a que en sede judicial jamás tuvo un ápice de credibilidad.
Como quiera, el político en cuestión sobrevivió, y acaba de aterrizar en el gabinete nacional como ministro de una importante cartera, lo cual fue más que suficiente para que reapareciera en el escenario otro personaje del País de las Maravillas, la Reina de Corazones, su archienemiga. El parecido con el personaje de Carroll no es sólo físico: nuestro espécimen local también cultiva la megalomanía, cierto carácter irritable («¡Si me exaspero morirás!») y hasta gusta de atribuirse poderes mágicos, como los de crear monstruos y hadas.

Reina.

Por supuesto, no es una reina en el sentido monárquico, ya que Argentina es una república. De hecho, la última vez que se presentó a elecciones sacó más del 50% de los votos en su distrito. Su realeza pasa por otro lado, por su capacidad para haber creado un personaje temible, que le permite andar por los canales de televisión profiriendo los delirios más estrafalarios, sin que nadie se anime a interrumpirla, ni qué hablar de contradecirla.
Por cierto, es el mismo distrito donde ha aparecido ahora otro personaje del cuento, el Sombrerero Loco. Este ejemplar de pelaje enmarañado, que viste como un dandy inglés y se parece peligrosamente a Benny Hill, cultiva también una conveniente locura, que le permite disimular sus contradicciones (por ejemplo, la de ser un economista libertario, que sin embargo vive de un empleo en relación de dependencia).
Basta con que uno use los lentes adecuados para que, como en el juego del Pókemon, el paisaje político argentino muestre más y más de estos personajes de cuento infantil. Y por cierto, qué debilidad tiene el exquisito electorado porteño por los candidatos aparentemente desquiciados. Ha de ser la psicodelia.

PETRONIO