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El gran garrote

Con Donald Trump instalado en la Casa Blanca la política del «big stick» (gran garrote) ha vuelto a tener vigencia en nuestra América. Quizás nunca perdió vigencia y solo estuvo disimulada entre gestos y palabras de ocasión.
La reflexión se impone si se tiene en cuenta, por ejemplo, el presente de Bolivia donde Evo Morales, derrocado por un golpe de Estado cívico-militar, parecería ahora pecar de ingenuidad con respecto a las anunciadas elecciones de mayo próximo en su país. ¿Alguien puede pensar que Estados Unidos dejará que a través de esos comicios Bolivia funcione nuevamente como un país independiente de espaldas al neoliberalismo, un país que durante los mandatos de Morales tuvo el mayor ritmo de crecimiento del continente? Por cierto que en medio de los preparativos para las elecciones, con encuestas que favorecen abiertamente al presidente depuesto, ya se avizoran las medidas para que la presa no se escape.
El escenario se plantea hoy favorable al conservadurismo continental: fuerzas militares de EEUU y Colombia acaban de realizar prácticas conjuntas de combate que, todo indica, anticipan una invasión a Venezuela. Así América del Sur está otra vez bajo aquella amenaza tan clara de John F. Kennedy: «No toleraremos nuevas Cubas en el continente». Al margen de su significado estrictamente político, la expresión lleva a pensar en el petróleo venezolano, tan codiciado por EEUU. Una acción semejante conduciría a una nueva guerra, de aquéllas sin las cuales la economía norteamericana no puede funcionar y que tanta sangre han costado a los países que las sufrieron.
Además Washington ha entretejido pactos y compromisos con distintos países sudamericanos -Brasil especialmente- de influencia decisiva ante el resto de las naciones latinoamericanas. Todo ello facilitado con la intervención y el aval del Ministerio de Colonias de los Estados Unidos, también conocido como Organización de Estados Americanos.

Vergüenza nacional
Las noticias sobre las comunidades indígenas norteñas suelen ser infrecuentes y siempre negativas. Un par de semanas atrás se registró el estremecedor hecho de la muerte por deshidratación de un bebé de la comunidad wichi, en Salta; ahora se le suman tres fallecimientos más en unos pocos días por causas relacionadas a la situación crítica en que viven esas comunidades, ya que también murió por falta de la atención debida una madre embarazada.
Como ocurre siempre los sucesos motivaron, además de la momentánea atención periodística, la movilización de autoridades políticas que, ante los sucesos, sobreactúan una sensibilidad que debió manifestarse mucho antes porque los problemas son bien conocidos.
Por cierto que hay iniciativas oficiales con vistas a la solución de situaciones tan vergonzosos pero los hechos hablan por sí solos. Es evidente que faltan las herramientas que intermedien e instruyan a esas comunidades paupérrimas en lo que concierne al acceso a la atención sanitaria y la educación que les corresponde como ciudadanos del país, sacarlos del arrinconamiento y la explotación que sufren y de la que en gran medida es responsable el sistema implantado por el hombre occidental y de las que el Estado no ha sido capaz de apartarlas.
Como doloroso ejemplo de la desatención e indiferencia hacia la condición del indígena ahí está una de las leyes aprobadas para concretar alguna mejoría en la vida cotidiana que lleva cinco años esperando ser reglamentada. Paradojalmente el autor de la iniciativa señalaba que, al votarse aquel instrumento legal, hubo algún opositor que adujo que esa ley «discriminaba» a los criollos. «Pero -continuó el legislador- al final se nos mueren diez chicos y son todos wichis y ninguno criollo». ¿Hará falta recordar que tanto unos como otros son argentinos?