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El grito del Colorado

Más allá de la debacle del gobierno nacional y sus aduladores, el hecho político provincial -o regional- de la semana que pasó fue el masivo rechazo a la construcción de la represa Portezuelo del Viento por parte de seis localidades ubicadas en la cuenca del río Colorado. Bien podría decirse que fue la expresión de una toma de conciencia a lo largo de más de 700 kilómetros de costa fluvial.
Ante el acontecimiento dos aspectos se destacan de inmediato: el fin de la solitaria prédica de La Pampa en cuanto a las consecuencia de la obra en las condiciones actuales y el impulso dado al movimiento por organizaciones sociales y ambientales de la provincia de Río Negro, a la que se agregaron los regantes del Valle Inferior en la provincia de Buenos Aires. En ambas circunstancias, de carácter crucial, se advierten motivaciones de índole política y técnica que, al ser comprendidos, han pasado a jugar un papel principal en el reclamo.
En lo que respecta a los bonaerenses, desorientados por los desatinos gubernamentales que se postularan meses atrás, ya se insinuaba un malestar basado en el comienzo de comprensión de la cuenca como una unidad, cuya alteración afecta incluso al presunto reaseguro constituido por el embalse de Casa de Piedra. Es posible que la nueva postura los lleve a entender, además, el marco mayor y más complejo de todo el sistema del río Colorado.
Mucho más significativo en sus fundamentos es el reclamo de los rionegrinos, cuya justificada indignación tiene su origen en una deliberada falta de información que sobre la problemática de Portezuelo del Viento vienen padeciendo tanto por parte del delegado provincial ante el comité de cuenca -Coirco- como del gobernador de la provincia. Por cierto que la solicitud de informes a La Pampa -que respondió afirmativamente- hace comprensible el enojo por el desprecio padecido por las comunidades de regantes.
Lo indudable es que una gran porción de los habitantes del valle del Colorado, la mayoría de ellos relacionados con la actividad agrícola y, por lo tanto, con el manejo del agua, exigen mejores estudios e información más profunda y detallada con respecto a una obra rodeada de sospechas sobre sus fines últimos, especialmente el posible trasvase de caudales a la cuenca del Atuel.
En tal sentido resulta paradójico que se haya minimizado y casi ni se mencione la obra que el Tratado firmado por las cinco provincias de la cuenca determina como simultánea y compensatoria del desvío por Portezuelo: la cesión de caudales del Negro al Colorado; y son los regantes del Valle Inferior los que han comenzado a entender el riesgo que implica una única obra.
Este bienvenido cambio de actitud hace que ahora, de las cinco provincias integrantes de la cuenca, sean tres las que tienen reservas sobre las condiciones y oportunidad de la obra, restando Neuquén que, si bien no tiene demasiadas tierras bajo riego en el Colorado, también se vería desfavorecida por el eventual manejo de caudales por parte de Mendoza. La divisa «Portezuelo nos deja sin agua» es una síntesis elocuente del reclamo, refrendado por documentos dirigidos a Nación, autoridades provinciales y responsables del comité de cuenca.
La situación es seria y excede largamente la condición de «capricho pampeano» que durante mucho tiempo campeó en el Coirco; un debido tratamiento del tema debería devolverle a aquel organismo la autoridad que le corresponde, generando un equilibrio sin favoritismos y apuntando a un futuro de integración regional.
Por otra parte, y siempre que sea para bien, el Tratado no es intocable; ya se han escuchado voces que sugieren un repaso tanto en lo técnico como en lo político. En esa actitud deberá inscribirse la consideración de beneficio general que, por mayoría, han comenzado a comprender y reclamar las provincias abajeñas con este reciente cuestionamiento a Portezuelo del Viento.