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El me dio un beso en la boca

DOMINICALES

En la canción cuyo nombre titula esta nota, publicada en el álbum «Colores y nombres» (1982), Caetano Veloso proponía cambiar a la guerra fría vigente, por aquellos años, por una «paz caliente». Una propuesta utópica que sin embargo se acomodaba como anillo al dedo, entonces y ahora, al clima, la belleza, y a la gente alegre de Brasil. Lamentablemente en 2020 ese país vecino no está gobernado por los poetas: ha vuelto a vivir en una dictadura militar, que en su delirio autoritario, ahora quiere volver a aquellos años oscuros.

Defensa.
Lo dicho viene a cuento de la funesta noticia, conocida esta semana, de que el gobierno brasileño que preside el covidoso Jair «Mesías» Bolsonaro, acaba de dar a conocer su nueva política nacional de defensa, en la cual las fuerzas armadas del país declaran que Sudamérica dejó de ser un territorio libre de conflictos bélicos, y que se preparan para «intervenir en la solución de problemas regionales».
Latinoamérica tenía suficientes problemas, siendo el continente más desigual del mundo en términos de ingreso poblacional, y ahora además, como epicentro mundial de la pandemia del coronavirus. Resulta que ahora, además, hemos perdido una de las pocas bendiciones que tenía la región, que era precisamente su carácter pacífico, la ausencia de conflictos bélicos entre los países vecinos (y hermanos) del subcontinente.
Estas son las cosas que pasan cuando los militares están en el poder. Y no exageramos: en el gobierno de Bolsonaro, empezando por el propio presidente (aunque haya sido expulsado por mala conducta), el vicepresidente, y los 130 cuadros que ocupan lugares de relevancia en las tres primeras líneas del poder ejecutivo, son militares. Esto incluye a un ministro de salud sin formación en medicina, que comanda la peor política pública del mundo en materia de pandemia, y que tiene a Brasil como el pueblo más afectado (dos millones de contagios, 78.000 muertos), sólo superado por los EEUU.

Golpe.
Desde luego, hablar de «dictadura militar» no implica desconocer que Bolsonaro fue elegido presidente por un proceso electoral. Lo que ocurre es que, luego del golpe parlamentario comandado por los corruptos Eduardo da Cunha y Michel Temer, y el fraude electoral de excluir a Lula da Silva como candidato a través de la amañada condena de Sergio Moro -un juez que apenas asumido Bolsonaro juró como su ministro- está claro quién gobierna en el Brasil: la derecha más recalcitrante.
Desde luego, la invención paranoica de «hipótesis de conflicto» regional obedece al deseo de los militares -en Brasil y en todo el mundo- de tener mayor presupuesto para comprarse aviones, barcos, tanques, cañones y todo lo necesario para que estos muchachos puedan jugar a los soldaditos.
Pero a más de ese objetivo material, es claro que cuando desde las FFAA de Brasil se habla de «intervenir en la solución de problemas regionales», el decreto tiene nombre y apellido: Vene Zuela. Es claro que para estos retrógrados su misión es el combate del comunismo, que estaría encarnado en el gobierno de Caracas. Vendrían así, a hacer el trabajo sucio que EEUU no pudo hacer directamente -por una clara presión de Rusia y China- ni tampoco a través del patético ataque mercenario, calco de la Bahía de los Cochinos, que llevaron a cabo en junio pasado fuerzas comadadas por ex militares norteamericanos.

Parodia.
Está claro que la relación entre EEUU y China se deteriora día a día, con disputas respecto de Hong Kong, de la tecnología digital, del comercio internacional, del tráfico marítimo, y muchos otros frentes. Sin embargo, este conflicto, por mucho que recuerde a la guerra fría del siglo XX, es muy distinto: entonces habían dos bloques de países alineados y opuestos: el Pacto de Varsovia y la OTAN, con el resto del mundo (en particular, Latinoamérica) sirviendo de escenario para los entonces llamados «conflictos de baja intensidad». Un bonito eufemismo para designar experiencias como la de España, por ejemplo, donde según estimaciones confiables, el régimen anticomunista de Francisco Franco produjo la muerte de alrededor de 800.000 personas. ¡Cómo hubiera sido con mayor intensidad!
La situación actual es muy diferente, porque no existen bloques militares fijos, y todos los países del mundo -Brasil incluido- se las apañan para procurar una relación más o menos estable con las dos potencias dominantes.
Y es que la historia no se repite, ni como parodia de sí misma. Porque lo más probable es que este patético «deja-vu» anticomunista de los militares brasileños, como tantas otras cosas, termine arrasado por la pandemia. Y entonces habrá que volver a escuchar al viejo sabio Caetano.

PETRONIO