Inicio Opinion El mito del buen millonario

El mito del buen millonario

A PROPOSITO DE LA QUIEBRA DEL CORREO

Cualquier estudio superficial sobre cómo se construyeron algunas grandes fortunas se topará tarde o temprano con varias actividades ilegales.
JOSE ALBARRACIN
«Es millonario, no necesita robar». La frase, repetida como un mantra por distintos transeúntes en televisión (no se sabe si espontáneos o esponsoreados), sirvió para instalar un candidato presidencial proveniente del mundo de los negocios. Como muchos de los eslóganes que se pretende hacer pasar como expresiones del sentido común popular, encierra unas cuantas falacias, y no poca subestimación hacia la inteligencia promedio.

Robo.
Una sentencia del marxismo clásico reza que «toda propiedad privada es producto de un robo». Pero no es preciso acudir a una pieza dogmática para reconocer un hecho avalado por la historia y la antropología. Las comunidades primitivas no conocían la propiedad privada y, aún con sus jerarquías internas, compartían en común los bienes necesarios para su sustento. Esto se advierte aún hoy en pueblos originarios de todo el mundo.
En cuanto a la experiencia histórica, los ejemplos abundan. El territorio donde se edita este diario fue escenario de uno de ellos: la llamada «conquista del desierto», que en realidad fue una guerra de exterminio para la apropiación privada de amplias superficies de tierra, por parte de las mismas personas que financiaron la aventura militar. Y donde -a diferencia de sus pares en los Estados Unidos- promovieron la creación de latifundios que son en buena parte la explicación del atraso y la posterior decadencia de la economía nacional.
Sin irnos tan lejos en el tiempo, la debacle de la Unión Soviética proporcionó, hace treinta años, el sorprendente espectáculo de personas que, de la noche a la mañana, se hicieron «millonarios» apoderándose por medios non sanctos de lo que antes era propiedad estatal. Muchos de ellos recalaron en la hospitalaria cueva fiscal de Londres, donde a nadie se le pregunta sobre el origen de su éxito, mientras exude el perfume del dinero.

Falacia.
Volviendo a la frase que abre este artículo, la principal falacia que contiene es la presunción de que quien tiene mucho dinero (de factura propia o heredado) en algún momento siente que no necesita más y que no es necesario seguir acumulando. Ello implica ignorar que el ganar dinero puede ser un objetivo vital, una especie de razón de vivir, que no suele abandonarse porque es una forma de goce. Por otra parte, quienes acumulan millones dejan de referenciarse con la gente común y sólo observan a otros millonarios, cuyo éxito envidian y tratan de emular.
Cualquier estudio superficial sobre cómo se construyen algunas grandes fortunas se topará tarde o temprano con varias actividades ilegales. Negocios espurios con el estado, coimas a funcionarios, evasión impositiva, lavado de dinero, fraudes a través de personas jurídicas, violación a las leyes de la competencia comercial, quiebras fraudulentas, y sigue una larga lista.
Sin embargo, el supuesto sentido común logró instalar en muchos individuos la idea de que sería deseable un Estado administrado por empresarios exitosos, para que empleen en la gestión de gobierno las mismas habilidades con la que hicieron crecer sus finanzas personales. Es claro que un estado de derecho resulta incompatible con muchas de esas prácticas. Pero además, una república democrática implica una serie de controles, balances y métodos de toma de decisiones que en el mundo empresario sencillamente no existen: las empresas no son democráticas.

Filántropos.
Pero no carece de defensores esta «gente a la que le fue bien» (por emplear otro formidable cliché creado por su corte de aduladores). Se los ensalza como modelos a seguir, y en contrapartida, se acusa de «vagos» a los desplazados del sistema, como si realmente fuera posible que todos fuéramos millonarios. Y como si los millones se hicieran trabajando.
Muchas veces, y entre el increíble arsenal de chicanas con que estos individuos evaden impuestos, aparecen donando fondos a lustrosas fundaciones y fideicomisos, con los cuales dicen canalizar su veta filantrópica y llevar adelante tareas sociales y culturales, desde luego, con mayor eficiencia que el Estado. Como ellos evaden impuestos, nunca sabremos cómo habría administrado esos fondos el gobierno. Lo que sí sabemos es que a estos «filántropos» nadie los eligió para usurpar funciones estatales.
Cuál es el bien social que ha creado toda esta supuesta actividad altruista, está por verse. Lo que sí resulta evidente, es el enorme daño que son capaces de provocar algunos de estos magnates. ¿Cuánto daño le causó a la democracia norteamericana Donald Trump? ¿Cuánto daño le causó a la comunicación global y a la libertad de expresión Rupert Murdoch, el responsable de esas propaladoras de basura que son Fox News en Estados Unidos o los tabloides ingleses como The Sun?
Esta semana, la quiebra de una empresa concesionaria de un servicio público, tras más de dos décadas de atraso, proporciona un ejemplo de manual. Una apropiación privada de un bien común, una administración ruinosa y corrupta, un vaciamiento a la luz del día, un desastre por donde se lo mire. Pero allí están los periodistas «serios» diciendo que todo es una persecusión, que es sólo gente a la que le fue bien, que no necesitan robar.
Es cierto: no lo necesitan. Lo hacen porque, como el escorpión del cuento, no pueden evitarlo, está en su naturaleza.