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El mundo ante la implosión demográfica

YA COMENZO A DECLINAR EL CRECIMIENTO POBLACIONAL

A mediados de este siglo, la cantidad de muertes superará a los nacimientos, y la población mundial experimentará, por primera vez que se sepa, una declinación sostenida. Los censos de EEUU y China ya registran este fenómeno.
JOSE ALBARRACIN
Vivimos en tiempos tan trascendentes, que para analizarlos en contexto, más de una vez debemos llevar la mirada un siglo hacia atrás. Por supuesto, hay que volver a 1918 y la llamada «gripe española» para encontrar una pandemia similar a la que hoy nos azota. Pero existen otros fenómenos no menos revolucionarios que nos remiten a aquella época: fue entonces cuando la expectativa de vida de la población humana comenzó a crecer, en base a ciencia aplicada y acción política, hasta duplicarse (de aproximadamente 40 a unos 80 años actuales). Y fue entonces cuando la población mundial comenzó a multiplicarse en forma exponencial, partiendo de casi 1.800 millones en 1910, hasta casi 7.800 millones el año pasado. Pues bien, esta última tendencia ha comenzado a revertirse.

Paranoia.
Durante las últimas décadas del siglo pasado, la cuestión de la explosión demográfica preocupaba a expertos y a políticos, a veces a niveles paranoicos. Cuántos humanos más podría alimentar el planeta, era una pregunta legítima. China, el país más populoso del mundo, adoptó una rígida política estatal permitiendo sólo un hijo por matrimonio. En la India y otras naciones del llamado tercer mundo se produjeron campañas de esterilización compulsiva y masiva.
Sin embargo se acaban de publicar los datos de los últimos censos poblacionales de las dos grandes potencias del mundo, EEUU y China, y en ambos casos se registra una baja en el crecimiento nunca antes documentada.
Este es un fenómeno mundial, con la sola excepción de los países del Africa subsahariana, donde la fertilidad continúa alta. Tanto, que algunos vaticinios indican que para fines de este siglo, Nigeria superaría en población a la misma China. Las causas de este fenómeno parecen provenir de las mayores oportunidades laborales de que gozan las mujeres, pero también de la persistente inequidad de géneros, y el alza creciente del costo de vida, que hace impensable la manutención de una familia numerosa para amplias capas sociales.

Fantasmas.
Los efectos de este cambio ya se están manifestando. Los pueblos y ciudades fantasmas en China o en Europa (donde subvencionan a extranjeros para repoblarlos). Las maternidades que se cierran en Italia (a veces se transforman en geriátricos), los barrios deshabitados que se demuelen en Alemania, para transformarlos en parques.
A mediados de este siglo, la cantidad de muertes superará a los nacimientos, y la población mundial experimentará, por primera vez que se sepa, una declinación sostenida. Incluso hoy, países asociados a la fertilidad como México o la India, ya tienen índices que no llegan a la tasa de reemplazo (2,1 hijos por pareja).
Esa población decreciente debería disminuir la presión sobre los recursos naturales, frenar el cambio climático, y reducir las obligaciones y agobios de la maternidad para las mujeres. Pero como todo cambio también traerá consecuencias negativas. Menos jóvenes trabajando y aportando pondrán en crisis al sistema jubilatorio, que probablemente deba reajustar sus cálculos actuariales (y subir la edad de jubilación mínima o aumentar los impuestos a los más acaudalados).
La escasez de fuerza laboral demandará fuertes incentivos gubernamentales para captar trabajadores, y acaso así se reviertan las restricciones a los migrantes y, quien sabe, también, los pretextos para la xenofobia.

Distopía.
El escenario, por supuesto, evoca ficciones distópicas como «El cuento de la criada» o «Hijos del hombre», donde una epidemia de infertilidad provoca cambios políticos radicales, y no en el buen sentido de la palabra.
Pero esas distopías están teniendo lugar hoy mismo. En Corea del Sur, donde el índice de natalidad es de 0,92 (vale decir, menos de un hijo por cada mujer) la cantidad de jóvenes ha caído abruptamente, generando plazas sin ocupar en colegios y universidades. Hasta les ofrecen becas y regalos a los alumnos para atraerlos.
Tan luego el viernes pasado, en una conferencia sobre la crisis de natalidad en Italia, el Papa Francisco definió la situación como un «invierno demográfico, frío y oscuro». Una investigación elaborada por un elenco internacional de investigadores, publicada recientemente en la revista The Lancet, pronosticó que para 2100, 183 países del total de 195 tendrá índices de natalidad menores a 2. Ese modelo predice también que la población de China decrecerá dramáticamente, de los actuales 1,41 mil millones de personas, a «solamente» 730 mil -casi la mitad- para fines de este siglo.
Según las leyes del capitalismo, la abundancia de casas para habitar debería motivar una reducción del precio de la propiedad inmueble (sólo en Alemania se han demolido 330 mil casas vacías desde 2002). La escasez de trabajadores debería necesariamente subir los salarios. Y la escasez de consumidores debería bajar el precio de los bienes, particularmente, de los alimentos.
¿Veremos ocurrir estos cambios? Siempre es bueno responder con un carraspeo, y un toque de escepticismo. Sólo hay una cosa segura: dentro de muy poco, las muertes superarán a los nacimientos. Y se venderán más pañales geriátricos que de los otros.