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El muro del neoliberalismo

Durante cinco décadas los por entonces países socialistas debieron soportar una dura y expresiva frase que se refería al comienzo de sus fronteras: «La cortina de hierro». Aunque había tenido orígenes y menciones anteriores la expresión fue popularizada en los inicios de la Guerra Fría por el entonces primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill. Fue una definición de alto impacto que, promovida por el enorme aparato propagandístico de Occidente, prendió en todos los estamentos políticos como una de las formas más peyorativas del comunismo y se mantuvo en vigencia hasta los años noventa del siglo pasado, cuando se desintegró el bloque socialista. El también llamado «Telón de acero» pasó a ser uno de los epítomes de la caída del comunismo.
Pero los pueblos, ya se sabe, olvidan con facilidad, sobre todo si su memoria está (des)alentada por sucesos de gran magnitud y una maquinaria mediática como la historia no ha conocido otra. Así la sociedad capitalista triunfante en la larga disputa económica y política terminó por arrumbar aquella frase, otrora tan significativa, y aceptar otra expresión que, con menos intención política, apunta a una remozada versión neoliberal de aquel dispositivo: «El muro fronterizo».
La idea -y la obra- tienen su origen en la visión retrógrada del actual presidente de Estados Unidos para quien la «solución» al ingreso de inmigrantes a su país (básicamente latinoamericanos, corridos por la miseria en sus lugares de origen) es la construcción de una verdadera muralla en la frontera mejicana pertrechada con infinidad de complementos electrónicos; su entidad y longitud empequeñecen largamente al que guardaba a los países del Este. La iniciativa deja absolutamente de lado el hecho de que, cuando los necesitó, la nación norteamericana abrió sus puertas a la inmigración a centenares de miles -si no millones- de latinoamericanos que hoy conforman su mano de obra barata aunque efectiva.
Y sin embargo, para con este prepotente global, que reivindica la antigua idea de unos Estados Unidos dominantes desde el río Grande a la Tierra del Fuego, este heredero de la teoría del «Gran garrote» que tanto daño causó a los países latinoamericanos y que ha llegado al extremo de paralizar la administración pública de su nación porque el Congreso no cede a sus deseos, pretende que México, además de sufrirlo, pague el costo de su capricho. Debe decirse que tampoco recibe demasiadas críticas en cuanto a su intención de cerrar el país ni, mucho menos, arrepentirse de las expresiones ofensivas con las que descalificó a los demás participantes del problema. Y además, su postura no es objetada, ni siquiera mencionada por los obedientes gobiernos que hoy abundan en el Cono Sur, siempre tan atentos y bien dispuestos para con la voz tronante de Washington.
Sin embargo, detrás del hecho político y su repercusión, comienza a levantarse una reacción en la propia sociedad estadounidense que muestra un creciente malestar hacia la prepotencia de un engreído hombre de negocios que hoy es presidente y un partido político reaccionario que solo defiende los intereses del círculo empresarial más concentrado.