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El negocio de la mentira

NI LA PANDEMIA DETIENE A QUIENES PROPAGAN FALSEDADES

A esta altura está comenzando a resultar evidente que, detrás de las campañas de falsas noticias, se está
montando una industria que resulta altamente redituable.
JOSE ALBARRACIN
Hasta hace pocos meses, los cursos de derecho penal que se impartían en la universidad a los futuros abogados, hacían sólo un paso rasante por el capítulo relativo a los delitos contra la salud pública. Bastaba con saber que era un crimen grave envenenar las aguas, o propagar enfermedades contagiosas y peligrosas (penas de hasta diez y quince años de prisión, respectivamente). Pero se consideraba que esos hechos eran raros, ya que normalmente el delito se comete para obtener un beneficio, que en estos casos no resultaba obvio. Estos delitos parecían ser una norma «por las dudas» apareciera alguien motivado por la demencia, el fanatismo religioso, o por una situación de guerra, afortunadamente lejanos a nuestra experiencia.

Plétora.
Como es notorio, esta situación ha cambiado mucho en el último año y medio, al punto que los tribunales están abarrotados por una plétora de causas originadas en este tipo de delitos, cometidos en el marco de la pandemia por Covid-19.
Están los irresponsables de siempre, que propagaron la enfermedad a través de fiestas clandestinas, ignorando las restricciones impuestas en el marco del distanciamiento social obligatorio. Están los que salieron a manifestarse sin barbijo ni recato, en nombre de una supuesta ideología libertaria (que casi siempre es un pretexto para defender privilegios de clase).
Pero en todo delito hay ejecutores materiales, y también instigadores. En esta última categoría entran algunos dirigentes políticos que, en un gesto de extremo cinismo, se montaron en las campañas de desinformación sobre vacunas y otras medidas sanitarias, demostrando que les interesa mucho más el fracaso del gobierno de turno que la preservación de la vida de sus seguidores políticos y demás ciudadanos. Nobleza obliga, esta conducta no es exclusiva de las oposiciones políticas: por extraño que parezca, hay casos (como en EEUU hasta enero pasado, y en Brasil aún hoy) donde las usinas de desinformación sobre el Covid están enquistadas en el propio gobierno.

Negocio.
Pero a esta altura está comenzando a resultar evidente que, detrás de estas campañas de falsas noticias, se está montando toda una industria que, al parecer, resulta altamente redituable. Como en el caso del narcotráfico, nada motiva a estos emprendedores capitalistas como los negocios ilícitos. No por nada los romanos, en su practicidad, tenían un solo dios protector (Mercurio) para los comerciantes y los ladrones.
El campeón de este lote parece ser un tal Joseph Mercola, un médico osteópata con sede en Florida, EEUU, que cuenta con un millón y medio de seguidores en su página de Facebook en inglés, y otro millón en la página castellana. Desde que comenzó la pandemia, ha publicado decenas de artículos, replicados miles de veces, dinamitando todas las medidas sanitarias tomadas con motivo del Covid-19. Fue de los primeros en discutir la eficacia protectiva de los tapabocas, y también es el autor del artículo que, en febrero pasado, aseguraba que las vacunas eran un «fraude médico» y que lejos de proveer inmunidad al inoculado, «alteran el código genético, transformándolo en una fábrica de proteínas virales que resulta imparable.»
Sus artículos, basados en estudios incomprobables, fueron fácil y rápidamente rebatidos por las autoridades médicas, pero para entonces ya habían sido replicados hasta la náusea. De más está decir, las compañías que administran las redes sociales tardan bastante en neutralizar estas falsas noticias.
A todo esto Mercola -quien emplea a decenas de personas, y ya en 2017 se jactaba de poseer una fortuna superior a los cien millones de dólares- comercia desde hace décadas con la «medicina natural», ofreciendo a la venta productos como yogur, «vitaminas» y hasta camas solares, que según él tenían propiedades anticancerígenas (por ese negocio debió declararse culpable y devolver millones de dólares a los clientes estafados).

Perfecto.
Como se ve, la operación montada se parece bastante al crimen perfecto. El delincuente no sólo perpetra el daño contra sus víctimas, sino que éstas, a su vez, le pagan por esos «servicios». ¿Y qué actitud toma Don Mercola cuando se intenta evitar su propalación de basura informativa? Por supuesto, invoca la primera enmienda, y acusa al gobierno de violar su libertad de expresión.
Como la filosofía libertaria, la libre expresión suele ser objeto de estos malos tratos. Sabido es desde hace siglos que quien falsamente grita «¡fuego!» en un teatro colmado de gente, para provocar una avalancha, no está haciendo un uso legítimo de este derecho constitucional. Boicotear la confianza pública en la medicina en medio de una pandemia es un acto análogo, con la diferencia de que las víctimas son muchas más que las que caben en un teatro lleno.
Al menos Mercola da la cara. Muchas de estas nuevas compañías de desinformación alquilada, se basan en direcciones falsas y se escudan detrás de «influencers» a los que les da lo mismo publicitar productos de belleza que diseminar fake news sobre las vacunas. Es el caso de la compañía «Fazze», que dice tener sede en Londres, lo mismo que la recordada «Cambridge Analytica». Otra fabricante de mentiras que, tras usurpar los datos de millones de clientes de Facebook, condujo la campaña sucia que llevó al triunfo de Trump en 2016. El viento los amontona.