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El Papa y sus enemigos

Hay coincidencia general en que el sistema comunicacional de la Iglesia Católica es uno de los más coherentes y, aun cuando habla urbi et orbi, suele hacerlo en un lenguaje que, utilizando los circunloquios, conlleva un metamensaje que es perfectamente comprensible. De allí que el mundo, no solamente el católico, haya quedado más que sorprendido por las últimas expresiones del papa Francisco quien, con palabras claras y frases directas, se refirió a insólitos aspectos que conciernen a su cargo y persona, plenamente relacionados con su labor evangélica y política. Es que el sumo pontífice ha dicho sin rodeos: «Todavía estoy vivo, aunque algunos me querían muerto».
En la frase no hay ninguna metáfora y sí una clara acusación y advertencia a dos puntas: por un lado pareciera que alude a la que se consideró la negativa esperanza por el agravamiento de su salud en virtud de su reciente operación de cáncer de colon; pero por otra parte no hay que hilar demasiado fino para ver una alusión a un oscuro episodio de la Iglesia ocurrido años atrás cuando, tras apenas 33 días de papado (singular ironía ya que coincide con el número de años de Jesús a su muerte) Juan Pablo I murió en circunstancias harto sospechosas.
Como para que no quedaran dudas Francisco agregó sin ambages que entre sus opositores (seguramente la Curia Romana, un colectivo pleno de conservadorismo con quien siempre tuvo tensas relaciones) hubo quienes «lo querían muerto» y que «apenas salido de la operación confiaban en su deceso» y ya preparaban el cónclave para una nueva elección papal. También destacó la insólita publicidad de una poderosa televisora dependiente del Vaticano «que habla continuamente mal del Papa sin ningún problema. Puede que yo personalmente me merezca estos ataques e insultos, porque soy un pecador, pero la Iglesia no se merece esto».
Desde el inicio de su papado se evidenció que Francisco se plantaba como un adversario del modelo neoliberal que se impone en el mundo sino también contra algunas de las tradiciones milenarias de la propia Iglesia, cuya discusión admitió desde un punto de vista humano: la posibilidad del sacerdocio para las mujeres, las uniones homosexuales y su intervención en torno a las transgresiones sexuales por parte de altas autoridades de la Iglesia y en distintos lugares del mundo, con el consiguiente castigo. También su trato con jerarquías de otras iglesias sobre la base del respeto mutuo y las coincidencias por encima de las diferencias teologales, que tanta sangre han costado a lo largo de la historia. Su preocupación por la cuestión social y el problema de la pobreza en el mundo bastó para que muchas voces le endilgaran el absurdo calificativo de comunista.
Hay tras estos sucesos otra sutileza: fueron vertidos por el Papa tras algunas reuniones en el extranjero con miembros de la orden de los jesuitas, considerada en el Vaticano como una de las de más sólido pensamiento doctrinario.
Finalmente, y en una forma que parece trascender la cultura de su nacionalidad argentina, en lo que puede entenderse como un guiño irónico a sus enemigos dijo: «Paciencia, gracias a Dios, estoy bien».