Inicio Opinion El peor rostro de la política

El peor rostro de la política

Las escenas de violencia que se vivieron en el Barrio Matadero vuelven a ponernos de frente a una de las caras más sombrías de la política: el aparato clientelar a cargo de los punteros. Algunos pensarán que son «cosa del pasado» y en buena medida es así. Sin embargo aún sobreviven algunos exponentes en los barrios santarroseños que resisten al paso del tiempo y al «aggiornamiento» de las prácticas políticas.
Es una actividad que está en decadencia pero todavía mantiene algunos exponentes como los que protagonizaron por estos días la bochornosa agresión contra un entrenador de fútbol y los chicos y chicas que pretendían usar un espacio público para su práctica. Con la prepotencia de un mandamás que no acepta respuestas negativas, estos personajes pretenden ponerse por encima del Estado para imponer su propia ley. Y ante cualquier atisbo de rebeldía no dudan en hacer uso de la fuerza de la forma más brutal.
Una vecina del Matadero que fue testigo de los hechos habló por Radio Noticias y fue muy clara. Lo que dijo tiene destinatarios muy precisos: la clase política, especialmente la que pertenece a la estructura del peronismo, que usó y abusó de este tipo de «fuerzas de choque». Aunque también supieron alquilar sus servicios a otras parcialidades.
La privatización de la asistencia social del Estado fue lo que hizo crecer estas rémoras. El puntero era el intermediario entre el Ministerio de Acción Social y los vecinos: el que entregaba chapas, cemento, zapatillas o comida, a cambio de la adhesión a la fuerza política gobernante. Durante las elecciones eran los que organizaban buena parte del andamiaje que transportaba a los votantes hacia las urnas.
Hay que reconocer, sin embargo, que esta estructura tradicional del PJ fue, en buena medida, desarticulada por un gobierno del mismo palo: la primera administración vernista. En aquellos años iniciales del siglo desde el Estado se decidió recuperar la gestión de la ayuda social hasta entonces tercerizada en los punteros. No fue muy complicado: un programa informático -el Pilquén; reconocido con una distinción fuera de los límites provinciales- y la voluntad de encarar de otra manera esa tarea indelegable, y a la vez muy tentadora para la política, del Estado.
No es que los punteros quedaran desempleados. Muchos siguieron vinculados al aparato estatal gozando del privilegio de un salario de la administración pública sin concurrir a trabajar o refugiados en algunas comisiones vecinales. Igualmente, con el paso del tiempo fueron perdiendo el poder que detentaban. Aunque no todos, como lo acaba de mostrar este desgraciado suceso que hoy nos ocupa, cuyos protagonistas exhiben un prontuario repleto de hechos policiales en los que sobresale un denominador común: el uso de la violencia para doblegar voluntades ajenas. La protección política les garantizó impunidad, de ahí la conocida expresión: «a ese barrio no entra la policía», que además contribuyó a multiplicar los prejuicios que estigmatizan a las barriadas populares.
Hoy las cosas parecen estar cambiando. Ojalá que sea así. La evolución de esta causa permitirá saberlo.