El “Plan Australia”: un modelo que nunca fue

ES MUCHO MAS DIFICIL QUE COPIAR Y PEGAR

El gobierno prometía copiar modelos de desarrollo de otros países, pero esto no se puede hacer mecánicamente. El ajuste como disciplinador de la clase trabajadora.
CLAUDIO SCALETTA
Hay quienes creen que los problemas del desarrollo consisten en replicar experiencias nacionales exitosas. Un caso extremo fue el que el actual gobierno mostró como presunto modelo a seguir: el “Plan Australia”. Fiel a su estilo, el plan, que debe haber costado unos cuantos dólares en viajes y consultorías, quedó en los anuncios.
La idea parecía simple. Se trata de un país riquísimo en recursos naturales que decidió abortar sus intentos de industrialización para reconcentrarse en la producción de base primaria y en servicios. Al igual que la última dictadura militar y el menemismo, Cambiemos creía que Argentina debía seguir un camino similar, abandonar su industria “subsidiada e ineficiente” para concentrarse en ser el “supermercado del mundo”.

Volver al Centenario.
Se trataba de explotar recursos naturales. Volver al país presuntamente exitoso de las carnes y las mieses. Había alguna lógica en la propuesta. En su etapa de auge el modelo agroexportador era tan rico en recursos naturales como lo es hoy Australia. La población era escasa y la frontera agrícola estaba en expansión. Pero existía también un tercer factor escasamente reconocido: se promovió un crecimiento conducido por la demanda por la vía de la construcción de un Estado.
Sin embargo, el modelo agroexportador llevaba en sí la semilla de su propia destrucción. Primero la construcción del Estado perdió dinámica, luego la expansión de la frontera agrícola no podía seguir creciendo a la misma velocidad que el aumento de la población. Finalmente, la concentración de la propiedad de la tierra, otra diferencia con “Canadá y Australia”, desalentó el poblamiento del interior y la democratización de la vida rural.
El flujo de inmigrantes comenzó a abarrotarse en las ciudades, donde crecían las industrias vinculadas al mantenimiento del transporte, los talleres ferroviarios y alguna agregación de valor a los alimentos. Los servicios financieros y la logística de comercialización dieron origen a los trabajadores de cuello blanco.
En el escenario presente, donde los recursos naturales siguen siendo una ventaja comparativa, pero insuficiente, los replicadores de ejemplos nacionales afirman que deben sumarse también las experiencias de países con factores más convergentes con la realidad argentina. Por ejemplo, algunas experiencias de Corea del Sur, o el fondo de reserva noruego o las prácticas de otros países nórdicos.
Si bien las experiencias nacionales siempre son una referencia, la metodología de la réplica enfrenta algunas limitaciones también abordadas en la literatura. La más evidente es que los procesos de cierre de brecha en países de desarrollo tardío suponen siempre aprendizajes que son fuertemente tácitos. El know how no se compra, sólo se puede copiar parcialmente, pero sobre todo necesita ser adaptado y aprendido por los actores de cada país.

No al pleno empleo.
Pero tampoco es esta la principal limitación. El desarrollo de las estructuras productivas es impulsado por las estructuras sociales. Es decir, la principal restricción al desarrollo puede encontrarse en las sociedades mismas. Poniendo la lupa sobre el caso argentino y el actual desastre económico, el verdadero tiro en el pie que se autoinfligieron algunos actores sociales, desde las clases medias a los jubilados, desde las pymes al conjunto de las grandes empresas que no pertenecen ni al sector financiero, ni al agro, ni a las energéticas, debería llevar a preguntarse muy seriamente por qué a los ciclos de despegue, conseguidos durante gobiernos populares, le siguen recaídas neoliberales que los abortan.
En su reciente exposición de rechazo al Presupuesto 2019 en el Senado, la ex presidenta Cristina Kirchner recurrió a la luminosa explicación brindada por el economista polaco Michal Kalecki en su breve texto de 1943 “Aspectos políticos del pleno empleo”. Kalecki afirmaba que los empresarios no desean que el pleno empleo se mantenga en el tiempo porque ello empodera a los trabajadores, deteriora la disciplina al interior de los espacios de trabajo, aumenta las demandas salariales y extrasalariales y, por todo eso, genera problemas de sustentabilidad política para el poder del capital. Contra lo que se proclama en los discursos, el desempleo no es un producto indeseado, sino una necesidad estructural del capitalismo. Llegado a un cierto punto de expansión económica vía el impulso a la demanda, la clase capitalista puede considerar razonable inducir una recesión disciplinadora o “ajuste kaleckiano”. Incluso si en el camino pierde dinero en el corto plazo, ya que ello es preferible a perder poder en el largo.

El orden imperial.
Es una explicación que pertenece al ámbito de la lucha de clases. A diferencia del nacionalismo metodológico incorpora la realidad del poder. Sin embargo, visto desde la Argentina del siglo XXI le falta una pata, la del imperialismo. Los procesos productivos, vía las firmas multinacionales, tienen escala global. Como al interior de estos procesos existen jerarquías -matrices y subsidiarias-, jerarquías que a la vez son respaldadas por el poder militar, resulta más adecuado hablar de imperialismo que de globalización.
En este orden imperial las clases dominantes locales funcionan como auxiliares de las hegemónicas de los países centrales. Las necesidades de este orden son la libre circulación de capitales y de mercancías y que ninguna región del globo se aparte del lugar que le fue asignado en la producción global. En el caso argentino, este lugar es el de la provisión de commodities y absorber productos industriales. La ruptura de este orden es una tarea titánica. Los países que lo logran durante algún tiempo son sometidos a fortísimas presiones, externas e internas. (Extractado de El Destape).