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El precipicio que supimos conseguir

DOMINICALES

Entre el puñado de películas elegidas por el New York Times como lo mejor de 2019 hasta el momento, aparece sorpresivamente un documental de bajo presupuesto, dirigido y narrado en primera persona por una cineasta brasileña joven y hasta ahora desconocida fuera de su país: «Al filo de la democracia», de Petra Costa. La buena noticia: está disponible en la plataforma digital de cine más extendida entre nosotros.

Candidez.
La voz de Petra suena entre estoica e indignada mientras cuenta la historia reciente de Brasil, a partir de la dictadura que asoló al país por veinte años hasta 1985, y cuyos crímenes aún permanecen impunes. La narradora muestra sus cartas desde el comienzo: sus padres pasaron buena parte de esa dictadura en la clandestinidad, a diferencia de otras ramas de la familia que se enriquecieron. Esta candidez en el lugar desde el que se narra, lejos de teñir o relativizar su mirada, la vuelve aún más efectiva. Aún cuando sus simpatías están claramente con el PT, no deja de señalarle a éste sus errores en el gobierno.
Su relato se centra, claramente, en el proceso democrático brasileño, y plantea la preocupante realidad de que, tras defenestrar a dos presidentes populares por medios supuestamente legales, el país ha terminado eligiendo como presidente a un ex militar, que a cada paso reivindica el pasado dictatorial.
Buena parte de la información que se hilvana, con gran solvencia, en el documental, es bien conocida por estos lares. Lo que impacta es ver, en alta definición, los momentos clave de todo el proceso, y la transparencia con que el lenguaje corporal desnuda tanto a héroes como a villanos.

Paralelos.
Resulta inquietante, desde Argentina, advertir los paralelismos en los procesos políticos de ambos países. No solo por el llamado lawfare (guerra judicial) empleado para proscribir a dirigentes populares, sino también por la conducta de los grandes medios, y su influencia en la cultura de los pueblos.
Nos enteramos de este modo, que así como aquí en Argentina tildaban de «yegua» a la presidenta, en el Brasil a Dilma Roussef la apodaban de «cobra». Cristina hasta debe agradecer que la hayan mantenido dentro del reino de los mamíferos. Y, como se ve, la derecha latinoamericana exhibe parejamente unos modales exquisitos a la hora de tratar a las damas.
Lo que hay que reconocerle al excepcionalismo brasileño es que nosotros no hemos sido capaces de generar un personaje como Jair Bolsonaro. Y no es que no lo hayamos intentado: pululan entre nosotros los dirigentes fascistas, incapaces, de mala entraña. Pero el actual presidente carioca reúne todas esas cualidades y más: verlo el día de la votación para deponer a Roussef, dedicando su voto a la memoria del «pavor de Dilma», el militar que se ocupara de torturarla cuando estuvo detenida, sencillamente rompe el canallómetro.
Y el hombre se supera día a día. Que en el avión de su comitiva hayan aparecido 39 kilos de cocaína al ser revisado en España, en circunstancias normales le hubiera valido consecuencias internacionales serias. Pero claro, los países europeos están cada vez más bananeros.
Para no mencionar su patético rol en el partido con Argentina del pasado martes, bajando al campo de juego, dando una suerte de vuelta olímpica, e interfiriendo las comunicaciones de los árbitros con sus equipos de seguridad: ni Mussolini lo hubiera hecho mejor.

Livre.
Se ve muy claramente, también, cómo el proceso judicial seguido contra Lula -por un entonces juez y hoy ministro del gobierno fascista de Bolsonaro- estuvo plagado de irregularidades y sofismas. Por ejemplo, para uno de los «fiscales», el hecho de que no existiera ninguna prueba de que el ex presidente fuera el propietario del departamento de morondanga que se pretendía endilgarle como supuesta coima, era evidencia de su intención de ocultarlo. Vale decir: que no exista ninguna prueba, demuestra que es culpable. ¿La lógica? bien, gracias.
Y es allí, en la figura de Lula, donde el documental escala en dramatismo y emotividad. Las filmaciones de esos día de tensión, con el pueblo en la calle tratando de impedir su detención, y con el ex presidente entregándose para evitar una masacre, revelan la enorme estatura del ser humano y el estadista.
Habrá que decirlo, nomás: Lula es en nuestros días lo más parecido a aquellos próceres de la independencia que veneramos. Acaso el único dirigente mundial que se le emparde pueda ser Nelson Mandela. Con la diferencia de que Mandela no liberó a 28 millones de personas de la pobreza.

PETRONIO