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El regreso de los zombies

DOMINICALES

El mundo tiene problemas suficientes como para hacer dulce. Que la pandemia, que el cambio climático que amenaza con exterminarnos, que las hambrunas y la injusticia, que el deterioro de la democracia y la pérdida de credibilidad de nuestros líderes, de sólo pensarlo se agobia uno. El espectáculo se degrada, no obstante, con las manifestaciones de frivolidad que nos regala la elite económica que baila en la cubierta del Titanic. Vean si no, los multimillonarios viajando al espacio vestidos como el Señor Spok de «Viaje a las estrellas». Y por si fuera poco, ahora parió mi abuela y tenemos en el candelero una nueva empresa denominada -modestamente- «Colossal», que se ha propuesto una empresa aún más extravagante: retornar de la extinción a los mamuts y poblar con ellos la tundra de Siberia.

Trompas.

El mamut es -mejor dicho, era- un pariente del elefante, de la familia de los proboscídeos. No se asuste el lector con el tecnicismo: proboscídeo quiere decir, simplemente, «bicho con trompa». Pero a diferencia del elefante, el mamut, que habitaba las heladas estepas nórdicas, tenía el cuerpo recubierto de una espesa lana, y un simpático chichón coronándole el cráneo. Una especie de caniche gigante.
Lo interesante de los mamuts, además de cierto aire de mascota, es que -a diferencia de lo que ocurrió con los dinosaurios- los seres humanos llegamos a convivir con ellos, ya que se extinguieron del todo hace alrededor de 3.700 años: ayer nomás. De hecho, entre las teorías sobre la causa de su extinción, hay una que nos señala como sospechosos del crimen.
Probablemente estas magníficas bestias, con sus colmillos de tres metros de largo, no hayan visto como una gran amenaza a esos pequeños monos que se les aproximaban. De haber sabido lo que era la tecnología bélica humana, hubieran tomado otras precauciones. Eso, sumado a la lentitud de su ciclo reproductivo (un embarazo duraba dos años) y la consecuente incapacidad de regenerar la población menguada, habría sido lo que los borró de la faz de la tierra.

Permafrost.

Como vivían en zonas muy frías, muchos de esos cuerpos quedaron conservados casi a la perfección en el permafrost -una mezcla de barro y hielo- y merced a la tarea de los científicos, recuperados para la ciencia. Con la tecnología moderna, fue posible extraer algo de ADN de esos restos, lo cual permitió comenzar a soñar con devolverlos a la vida, un poco a la manera que plantea la película «Jurassic Park» con los dinosaurios.
De alguna manera, esta empresa «Colossal» se las ingenió para atraer inversores y amasó unos 15 millones de dólares que piensa aplicar al modesto proyecto de repoblar la tundra sibérica con -literalmente- miles de mamuts. Al frente del proyecto está un científico de Harvad, George Church (en castellano, Jorge Iglesia, curioso nombre para un científico) que el lunes pasado tuvo a su cargo el anuncio.
El procedimiento implicaría no una clonación de mamuts originales, sino su creación genética, editando el ADN de un elefante para incorporarle caracteres de mamut, como el pelo y la grasa indispensable para tolerar el frío. Estos embriones serían luego desarrollados en úteros de laboratorio, y pronostican que en pocos años se podrían producir manadas enteras. Lo cual -dicen- beneficiaría el ecosistema, ya que los mamuts podrían transformar el musgo predominante en la tundra, al deglutirlo y transformarlo en pastizales, fertilizando el suelo con su popó.

Frankestein.

Por supuesto que el doctor Church se encontrará con enormes dificultades científicas. Para empezar, los restos de mamut encontrados no han permitido recuperar una cadena de ADN intacta, y parece imposible que ello ocurra en el futuro. Por otra parte, todavía no se ha podido clonar un animal mediante el ADN (la famosa oveja Dolly fue clonada a partir de una célula somática adulta).
Y todavía no se ha clonado un elefante, ni qué hablar de un mamut. Nadie hasta ahora ha colectado óvulos de elefantas, ni los ha implantado de vuelta, ya fertilizados in vitro. Por eso la idea es crear úteros artificiales, usando tejido uterino a base de células madre. Esto se ha logrado con fetos de cabra, que duraron unas cuatro semanas. Para los bebés de mamut tendrán que inventar uno que funcione por dos años, y sea lo bastante grande como para albergar un «animalito» de 100 kilos.
Y aquí aparece otro obstáculo, de tipo ético, que no parece haber sido explorado. Los elefantes son notorios por la enorme conexión que tienen las crías con sus madres, y con sus manadas de origen. Crear toda una población de animales huérfanos, a más de que ello atentaría contra su «funcionalidad» (ese es el término que emplean en Colossal) implicaría infligir un sufrimiento inimaginable, sobre una especie de cuya biología y comportamiento sabemos realmente poco.
Lo que sí sabemos es que eran mamíferos. Y los mamíferos, para bien o para mal, crecemos al amparo de una madre, de su leche, su calor, su olor, sus mimos. Estos seres que se proponen crear, estos peluches gigantes, podrían experimentar enormes traumas por esta falta. Y transformarse en algo que haría palidecer al monstruo de Frankenstein. Una variante peluda del regreso de los muertos vivos. Doctor Church y su gente se lo tendrían bien merecido.

PETRONIO