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El regreso del hambre

Sin discriminar por edades o generaciones a los argentinos siempre se nos nutrió intelectualmente con la idea de que el nuestro era el país de la carne y el pan, la tierra magnánima donde bastaba aportar el esfuerzo para ser retribuido generosamente por la naturaleza en aquello que siempre fue preocupación esencial de la humanidad: el alimento. No fueron muchos -algún dirigente político ignorado o algún poeta tenido por pintoresco y desubicado- los que supieron exponer la verdadera raíz de aquellos dones: el apoderamiento de esa tierra feraz por parte de avezados mercaderes que conquistaron latifundios asombrosos y fueron tejiendo el entramado para constituir -en defensa de sus intereses- una oligarquía cada vez más rica, poderosa e inteligente. Todo eso, por supuesto, sustentado en el sudor ajeno, el que aportó una inmigración ansiosa y miserable, que llegaba expulsada de sus países de origen y aquí se trasformaba en mano de obra barata, sin acceso a la propiedad.
Bien podría decirse que aquellos mitos que hablaban de «los argentinos que tiraban manteca al techo de los cabarets europeos» o de que «la Argentina es una vaca que nunca se seca» se desmoronaron ante la acción de muchos gobiernos conservadores que se negaron a atender las necesidades de las mayorías y ni siquiera lograron defender el interés nacional frente a las potencias hegemónicas. Entre ellos se destaca el actual, por imponer políticas excluyentes y dañinas como el que más.
La herencia que deja el macrismo es, sin exagerar, atroz; con una Justicia políticamente colonizada, una deuda externa descomunal, una estructura científica y educativa otrora prestigiosa y hoy destruida, una economía devastada, una imagen internacional por el suelo a pesar de las veleidades del Presidente de «integrarnos al mundo». Y por encima de todo: el hambre; la vergüenza y la necesidad del hambre reclamado por multitudinarias manifestaciones que hasta los laderos del gobierno y la prensa obsecuente ya no pueden ocultar. El hambre que hasta una institución como la Iglesia -que con honrosas excepciones, se maneja siempre con una prudencia cercana al conservadurismo- le remarca al gobierno como un grave problema que requiere una atención inmediata, tanto para las actuales como para las futuras generaciones, expuestas a una desnutrición que, fatalmente, recaerá sobre sus capacidades intelectuales.
Demasiado ingenuos fueron los dirigentes políticos y sindicales que años atrás reclamaron al gobierno «un cambio de rumbo»; mejor ubicados en cambio los que descreyeron de esa posibilidad y supieron calificar al que se está yendo como «un gobierno de ricos para ricos», más preocupado en asegurar megagancias a la elite económica que en garantizar condiciones de vida dignas a las mayorías; un gobierno en cuyo diccionario no figura la palabra pueblo ni, menos todavía, patria.
En estos días, cuando se hace evidente una retirada carente de prestigio, plena de actos y palabras vanas cargadas de sentido marketinero, se levanta ante el país la gigantesca tarea de volverlo a sus cauces normales y de no repetir las recetas económicas del pasado, las mismas que nos trasformaron de un ejemplo en un lamento.