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El retorno de los uniformes

Decía Gimbattista Vicco, agudo analista del siglo XVIII que, vista en perspectiva, la historia evidencia en sus núcleos de desarrollo una suerte de avances y retrocesos, de florecimientos y decadencias, a los que caracterizó con una certera expresión latina usada a menudo por los historiadores: el «corso e ricorso».
Nuestra América del Sur parece estar entrando en un ricorso, que la retrotrae a viejas y negativas prácticas muy alejadas de la democracia pretendida por todos.
En esta nueva y desdichada etapa han entrado a jugar elementos que antaño tenían un papel menor, como los grandes medios de comunicación que atacan o protegen a los actores políticos según sus intereses de clase. Los recientes años en Argentina son un ejemplo cabal de esa suerte de alienación popular que logran mediante el uso y abuso de noticias falsas -fake-news- llegando a conseguir que los sectores sociales perjudicados por un gobierno le otorguen un considerable apoyo electoral.
Otro elemento a tener en cuenta -y no de los menores- es el papel de los ejércitos nacionales; de ellos se diría que más allá de toda la verborragia patriótica que suelen gastar, continúan siendo cooptados, una vez más, por la inteligencia norteamericana, siempre atenta y necesitada de algún indispensable enemigo: antaño fue el comunismo, hoy el narcotráfico, y ya empieza a delinearse otro muy oportuno: la influencia china, el rival más serio de los Estados Unidos en la disputa global. Resulta inquietante comprobar que el adoctrinamiento castrense del país del norte sigue siendo efectivo, y tanto que la ominosa «Escuela de las Américas» (centro de enseñanza de la guerra represiva en el pasado reciente) sigue en actividad con, apenas, un cambio de nombre, para no irritar tanto.
Parecía que en las últimas décadas esa injerencia militar en la región había mermado. Pero ahí están los casos de Ecuador, Colombia, Brasil y ahora Bolivia como claros ejemplos de los resultados que logran los cursos de los militares de alta graduación en EEUU.
Otro detalle llamativo e inquietante es el rol que desempeñan las fuerzas de seguridad: prefecturas, policías, carabineros o gendarmes, intensificando sus roles represivos. Se advierte a simple vista no solo por la gran similitud de sus pertrechos sino también en el espíritu de cuerpo que los anima, alentado abiertamente por sus superiores. La actitud y las expresiones de la ministra de Seguridad argentina es el mejor ejemplo. El golpe en Bolivia fue promovido desde el nivel policial y en Chile los carabineros exhiben impunemente niveles de represión aterradores.
En este aspecto pareciera que se apunta a la preservación de los ejércitos nacionales para actuar en casos de movilizaciones muy masivos o bien -como ocurriera durante el menemismo- aliados en conflictos internacionales.
Volviendo a los párrafos iniciales no parece aventurado considerar con inquietud que, apoyadas por el conservadorismo estadounidense, las oligarquías latinoamericanas en su afán de no ceder ningún privilegio ante los reclamos populares, vuelven a usar viejas herramientas -en combinación con otras nuevas- en su pretensión de que la historia vuelva atrás o, al menos, no avance.