El riesgo de mirar para otro lado

La movilización contra el tarifazo que aplicó el gobierno en los servicios públicos logró hacerse oír en todo el país. Desafiando el frío invernal y la lluvia en varios puntos, entre ellos la ciudad de Buenos Aires, una gran cantidad de manifestantes se concentró en las plazas y en los barrios para “hacer ruido” y decirle al gobierno que las cosas no son como se la pintan los medios de comunicación aliados.
La gran protesta se extendió por todo el territorio nacional, aunque alcanzó mayor visibilidad en las ciudades más grandes o en las capitales de provincia. Y respondió a la intransigencia del macrismo a revisar los exorbitantes aumentos tarifarios que están castigando con extrema dureza los hogares de millones de argentinos, sobre todo el gas natural, un combustible estratégico para las economías familiares y para alcanzar niveles aceptables de bienestar en los meses invernales.
Lo que añadió leña al fuego fueron las desafortunadas palabras del presidente de la Nación, para quien la mayoría de los argentinos anda “en remera y en patas” derrochando gas, cuando en realidad esa conducta dispendiosa es propia de las clases pudientes que detentan un nivel de consumo irresponsable que sí afecta considerablemente el medio ambiente. En cambio la mayoría de los argentinos que viven de un salario o una jubilación no están gozando de un buen pasar por causa, justamente, de las medidas adoptadas por el gobierno. La abrupta caída salarial con paritarias que van muy por detrás de la inflación desbocada, los despidos masivos, el costo creciente de la canasta alimentaria, la hiperdevaluación han sumado sus efectos para castigar los bolsillos de las clases medias y bajas con un rigor nunca antes visto en la historia del país. Hasta el siempre recordado “rodrigazo” quedó reducido a una simple crisis pasajera en comparación con este “cambio” que trajo el macrismo. De ahí que la acusación de un derroche generalizado haya caído tan mal en las mayorías que están sufriendo las peores consecuencias del ajuste.
Desde el gobierno, la primera reacción que bajó fue una subestimación de la magnitud de la protesta. Nadie puso la cara para decirlo pero hubo voceros oficiosos que ratificaron los desmesurados aumentos en el gas natural porque, alegaron, el rechazo “no fue contundente”. Esas muestras de desdén por las manifestaciones populares no son nuevas en el macrismo. Las fiestas patrias ya mostraron ese claro perfil con proliferación de vallas, ausencia de fervor multitudinario y fuerzas de seguridad bien pertrechadas.
Los medios porteños hicieron su trabajo con la diligencia de siempre. Minimizaron la dimensión de las concentraciones y aplicaron la “grieta” informativa: toda la protesta fue obra de una confabulación organizada por “la izquierda” y “el kirchnerismo” para perturbar la gobernabilidad. Con esa mirada simplificadora y maniquea de la realidad cumplieron con su rol de gendarmes mediáticos para blindar al gobierno.
Pero mientras se entretienen con esas maniobras distractivas, por abajo la olla está juntando presión. Sería bueno que el gobierno tome nota de las consecuencias de sus políticas si lo que le preocupa es, precisamente, la gobernabilidad.

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