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El robo del siglo, pero en tiempos de pandemia

PENSAMIENTOS AISLADOS

Clientes bancarios de La Pampa y otras provincias argentinas asisten azorados a un nuevo fenómeno que crece día a día. Las estafas se suceden, se tornan cada vez más sofisticadas y las entidades financieras ofrecen pocas o casi nulas respuestas. Todo parece reducirse a una que otra campaña de prevención como para lavar culpas y conciencias, pero ante las denuncias concretas en escasas situaciones se observan soluciones satisfactorias.
Las modalidades de los engaños han ido variando con el tiempo. Primero se comenzó con el típico llamado telefónico requiriendo datos de verificación «desde el banco», desde allí se pasó al «modus operandi» de llevar al cliente hasta el cajero para confundirlo y conseguir claves y cambiar contraseñas, hasta llegar a los últimos hechos que se hicieron públicos, en los que directamente se denuncian «hackeos» de cuentas de «homebanking» sin intervención alguna del damnificado.
Pero lo peor llega después, cuando el cliente se encuentra absolutamente indefenso, porque las autoridades bancarias responden que nada pueden hacer, que el problema es «ajeno» al sistema porque forma parte de una red mayor y otra larga serie de excusas poco convincentes.

Algunas preguntas.

A esta altura, con tantos casos denunciados desde hace un tiempo a esta parte, cabe preguntar qué hicieron los bancos para luchar contra este flagelo. Lo que se observa por lo general es que cuando aparece una denuncia pública se hacen poco menos que los distraídos. Rara vez hay una respuesta oficial y de vez en cuando algún cliente aparece informando tiempo después que su caso se solucionó pero que no puede dar detalles porque dentro del acuerdo debió firmar una «cláusula de confidencialidad» que le impide revelar los detalles del caso. Entre esa respuesta y una tácita admisión de algún tipo de grave error bancario hay un solo paso.
Pero, lamentablemente, en la mayoría de los casos los clientes se ven obligados a recorrer un tortuoso camino, con los nervios de punta y el insomnio a cuestas, buscando asesoría legal para comenzar a defender sus ahorros y/o sus sueldos ante quienes se quedaron con lo ajeno.
¿Es que los bancos, con su enorme potencial económico y financiero, no tienen capacidad para contratar a los mejores especialistas para combatir la ciber-delincuencia? ¿Tampoco tienen firmado un seguro de riesgo que permita afrontar estos casos y devolver el dinero a los clientes estafados mientras investigan el hecho? ¿No tienen forma de seguir la ruta de ese dinero para saber dónde fue y quién o quiénes se lo quedaron? ¿O es que el remanido «secreto bancario» les sirve como excusa y fundamento para eximirlos de toda explicación?
Suena raro y hasta increíble que no tengan argumentos para dar respuestas convincentes ante estas razonables dudas que se repiten ante cada denuncia.

Una respuesta.

En medio de todas estas denuncias, días atrás apareció un fiscal de la cercana Bahía Blanca que puso algo de cordura y sentido común a la cuestión. Expresó en su dictamen, lisa y llanamente, que las respuestas de un banco ante una denuncia de estafa a un jubilado eran «inaceptables».
El fundamento es muy claro: una entidad bancaria seria y responsable no puede otorgar un préstamo en línea, sin corroborar la solicitud con el cliente y menos aún cuando el damnificado nunca había realizado en su historial bancaria una operación de este tipo. Y menos que menos por un monto que supera holgadamente su capacidad de pago.

Golpe al bolsillo.

En tiempos de pandemia, los bancos tienen un beneficio extra. El estafado no puede ir a reclamar cara a cara y frente a frente ante un gerente de cualquier sucursal, por esta nueva cuestión del protocolo, el turno online y la explicación previa del reclamo que se va a formular. Y menos que menos se podría imaginar una concentración de protesta de unos cuantos damnificados frente a una entidad bancaria, por las mismas razones y porque hasta podrían sufrir una infiltración de los «anti-cuarentena», siempre listos para aprovechar cualquier ocasión para sumar un poco más de confusión a la situación del país.
Lo cierto, más allá de estas imposibilidades, es que se trata de un nuevo golpe al bolsillo de trabajadores y jubilados de este bendito país. Mientras tanto, la situación parece un guión cinematográfico, como si fuera una segunda parte de la película «El robo del siglo», en la que una banda bien organizada prepara un gran golpe haciendo un boquete para llevarse los ahorros guardados en un banco. En este caso, el túnel es virtual, acorde a los tiempos que corren, pero el banco sigue siendo el instrumento para que otros estafadores se queden con los ahorros de la gente.

DANIEL ESPOSITO