El rostro de hierro que muestra la ciudad

Un símbolo de los tiempos que transcurren es, sin dudas, el estado de inseguridad que se manifiesta en un creciente número de casos y con expresiones cada vez más violentas. Por múltiples causas, según señalan los estudiosos del tema, la violencia aumenta en la sociedad argentina, en buena medida pareja con las necesidades que crecen en amplios sectores populares.
Lo paradójico -y lamentable- del caso es que las actuales autoridades nacionales fueron las que realizaron publicitadas promesas de cambios en la materia, asegurando que mejorarían sustancialmente los índices de inseguridad apenas asumieran el gobierno. Un simple vistazo al panorama actual alcanza para comprobar que aquélla fue una más de las promesas de campaña sobre las que se encabalgaron el actual presidente y su partido en el propósito de alcanzar el gobierno.
Más alarmante todavía resulta advertir que, junto con una innegable tendencia a la represión violenta de la protesta social, los actos de corrupción parecen haberse hecho cotidianos en las fuerzas policiales de la Capital Federal y la provincia de Buenos Aires, alcanzando incluso a las más altas jerarquías y generando lamentables ejemplos para los subordinados.
En lo que respecta a nuestra provincia, pese a las justificadas críticas que merece la política de seguridad, la situación no aparece como tan grave, si bien resulta evidente un innegable crecimiento del delito. Pero lo más notable de todo ha sido la reacción popular ante el problema: ha consistido, ni más ni menos, en un masivo enrejamiento de las propiedades. Puede decirse que desde hace varios años este fenómeno es común a muchas ciudades del país, pero entre nosotros se hace más manifiesto por el contraste que implica. Así aquel adorno de hierro que en las casas de cincuenta y más años atrás constituía un detalle estético, a veces de notable factura, es actualmente un refuerzo preventivo para disuadir una posible ingresión a las propiedades. Y por cierto que en la mayoría de las casas enrejadas la estética ha pasado a ser un detalle de escasa importancia, instalando a la seguridad como cuestión prioritaria.
El detalle es comprobable por cualquier observador: cuadras enteras con casas y negocios protegidos por enrejados, más o menos elementales pero que cumplen con la función de transmitir una sensación de protección a los propietarios. El detalle no es pintoresco sino sintomático de un estado de tensión y desconfianza que cunde en la población frente a un nuevo tipo de delincuencia que, para peor, no respeta condición, sexo ni edad, tal como lo evidencia la crónica policial. La Santa Rosa de hoy está muy lejos de aquella ciudad tranquila, de bucólico transcurrir, donde el delito apenas si revestía formas elementales y cualquier atentado contra la propiedad era el comentario de semanas. Junto con el vandalismo (o a veces acompañándolo) el latrocinio se ha convertido en uno de los más serios problemas ciudadanos obligando a los vecinos a adoptar mayoritariamente un rostro de hierro que hasta algunos años atrás nos era ajeno.