El secreto del carnaval y poder de la máscara

Señor Director:
En mis comentarios sobre el acontecer mundial la opinión que expongo gira sobre dos ideas que he estado repitiendo: por un lado, digo que asistimos a un proceso de globalización que se impone como un hecho a pesar de la falta de reconocimiento explícito de los Estados naciones; el segundo punto de apoyo insiste en la idea de que estamos pagando (Europa en especial, pero todos en alguna medida) los efectos del largo período histórico llamado de la colonización, que fue de extremada crueldad. Con estos ejes he tratado de explicar las guerras incesantes en Medio Oriente y el terrorismo, que se manifiesta principalmente en Europa.
Leo ahora (el pasado martes) un artículo de E. Raúl Zaffaroni, en Página/12. Propone también dos ejes principales para entender el momento mundial: que hay una globalización, que se produce como fenómeno cultural. Esta sociedad global expresa principalmente a la cultura occidental y se anticipa al hecho político de un gobierno mundial. En este salto desde el Estado nación al Estado mundo, algunos paradigmas se han modificado sin que haya madurado un proceso de aceptación. Esto revela que hay un momento de fragilidad de la cultura correspondiente al Estado nación (cambio de paradigmas). Al mismo tiempo, esta idea del acontecer permite entender el actual fenómeno de terrorismo y, en particular, el hecho de que algunos de los sucesos estén protagonizado por individuos, uno o pocos más, que realizan el acto de destruir y matar sin estar ligados a una de las facciones en lucha en medio oriente. Esta idea vale para los casos en Estados Unidos.
El planteo de Zaffaroni se explicita de una manera singular, a partir de la idea de la máscara, a cuyo efecto retoma un modo de entender o de explicar cómo cada individuo construye su condición de persona. Esta opinión, que entre nosotros desarrolló Francisco Romero en su libro sobre la persona, parte del teatro griego y del hecho de que el actor usaba una máscara para que el público lo viese como otro, como ése al que representaba. A su vez, podía provocar una resonancia de su voz apta para un escenario abierto, sin altoparlantes. La idea que nos interesa para el caso es que la persona (personare, resonar a través) es una construcción cultural que nos saca de la individualidad natural y nos coloca en el proceso de la construcción de lo humano.
La máscara es algo que sobreponemos a la nuestra individualidad en un proceso que tiende a identificarnos con ella. Nos hacemos persona. Pero una máscara es algo de quita y pon. Y si no somos nosotros quienes nos la quitamos, es importante el hecho de que los otros pueden hacerlo: nos quitan la máscara que estamos construyendo y nos colocan otra máscara: la del enemigo al que es preciso subordinar o destruir. Ésta fue la tarea de los colonizadores, de modo muy fuerte en África, pero también en América y en el resto del mundo humano. El colonizador no miró al poblador de su colonia como una persona, que lo era en tanto sujeto cultural, parte de una cultura. Lo veía como un salvaje. Lo satanizaba. Zaffaroni propone decir que lo “enemizaba”, neologismo para decir que lo convertía (lo veía como) en enemigo a quien había que subordinar o destruir. Satán, en hebreo, significa enemigo.
Lo demás se ha dado por añadidura. Andando el tiempo las naciones colonialistas (inicialmente las europeas) necesitaron traer colonos a la metrópoli cuya población no crecía al ritmo de la demanda de su industria. Estos “ciudadanos” llegaron con la máscara satánica para la mayoría de la población nativa (cómo los veía), que siempre los consideró tal como se los habían presentado y representado durante varias generaciones. A su vez, los nuevos ciudadanos traídos de los dominios llegaron despojados de la máscara de su cultura y no se sintieron aceptados ni integrados.
Vale leer el artículo de Zaffaroni. Está en el espacio de Pág./12 en Internet, martes 2.
Atentamente:
Jotavé

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