El Senado abortó la ley

El Senado dio vuelta la decisión de la Cámara de Diputados y abortó la ilusión de millones de mujeres argentinas que creían que había llegado el momento de poder decidir sobre sus propios cuerpos. Con un Congreso blindado por su presidenta, de espaldas a lo que pasaba en las calles de la Capital Federal y de todo el país, la Cámara Alta volvió a dar testimonio de su verdadera razón de ser: constituir la pata conservadora del Poder Legislativo.
Cimentadas en la tradición que nace con la Cámara de los Lores británica, instrumentos de los poderes fácticos para que la democracia no derive hacia “extremos peligrosos” que puedan socavar privilegios, heredades o patriarcados, las Cámaras de Senadores tienen un rol que cumplir. Y ayer lo pudimos ver con absoluta nitidez los argentinos cuando quedó bloqueado el proyecto que pretendía despenalizar la interrupción voluntaria del embarazo.
La Cámara aristocrática derrotó a la Cámara plebeya. La que encarna al feudalismo político terminó por imponerse sobre la que representa al pueblo. Toda una metáfora de los tiempos que corren.
Los sectores reaccionarios, para su tarea de demolición, encontraron en el Senado un ámbito más amigable que en Diputados. No debería sorprender. Si algo justifica en las democracias liberales el diseño bicameral es, precisamente y como se dijo, contrarrestar los “excesos”. Libertad, ma non troppo.
Hasta la caída de algunas piezas del tablero que jugaban -hasta ayer nomás- en favor de la ampliación de derechos, y su súbito cambio de bando, forma parte de lo que cabía esperar en este escenario político.
Por estas razones -y muchas otras- hoy se habla de crisis de representatividad. Millones de mujeres argentinas volvieron a sentir que fueron tratadas como ciudadanas de segunda. Algo así como lo que describió María Elena Walsh en su memorable artículo escrito en 1979 titulado “Desventuras en el país jardín de infantes”. Hoy no nos gobierna una dictadura cívico-militar -es cierto, y la diferencia no es menor- pero la democracia que supimos conseguir todavía mantiene gruesas deudas con muchos de los colectivos sociales en materia de derechos. Los pueblos originarios, por ejemplo, saben muy bien de qué se está hablando.
¿Es una derrota para el gran movimiento de mujeres y todos los sectores que lo acompañan y se identifican con su lucha? De ninguna manera. La enorme movilización social, la instalación del debate sobre el aborto en el espacio público -y también en el privado- es un triunfo histórico de gran trascendencia. Y es el combustible que mantendrá encendida la llama hasta la próxima batalla. Más temprano que tarde, la acumulación de energía social inclinará la balanza para el lado de los pañuelos verdes a despecho de iglesias católicas y evangélicas, de grupos de presión retardatarios y hasta de senadores de pensamiento medieval.
Los diarios más influyentes de los países centrales hoy hablan muy mal de Argentina. Las naciones más admiradas por quienes nos gobiernan nos señalan con el dedo. A la presión interna se suma la externa. La ley pende de la rama como la fruta madura. Si no cayó hoy, caerá mañana.