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El siglo de las mentiras

LAS SECUELAS DEL ATENTADO CONTRA LAS TORRES GEMELAS

La proliferación de mentiras que circulan en el discurso público posiblemente tengan su origen en el clima creado por los atentados a las Torres Gemelas y la actitud cínica con la que el gobierno de EEUU respondió a ellos.
JOSE ALBARRACIN
Los veinte años transcurridos desde el 11 de setiembre de 2001 y los atentados en EEUU que -según los historiadores- dieron comienzo oficial al siglo XXI y al nuevo milenio, proveen una oportunidad para ver en perspectiva los tiempos turbulentos que corren. Cuáles son los ejes sobre los que giran nuestras vidas, cuáles los valores que impregnan nuestros discursos. Y lo que se ve no resulta muy alentador: una historia de fracasos y de mentiras.

Siglos.
Dicho sea de paso, los mismos historiadores coinciden en que el número XX fue un «siglo corto», que empezó con la Primera Guerra Mundial en 1914, y concluyó con la caída de la Unión Soviética alrededor de 1990. Si el XXI comenzó en 2001, eso nos deja poco más de una década indefinida, aparentemente poblada por las fantasías del Nuevo Orden Mundial (Bush el Primero) y los habanos de Bill Clinton, sin mucho más que mencionar.
En realidad, ese período de autocomplacencia fue el que permitió que los EEUU, pese a las numerosas advertencias que sus propias agencias de inteligencia habían provisto sobre la inminencia del ataque, hayan fallado tan miserablemente en prevenirlo. Sólo en los primeros meses de 2001, el presidente Bush recibió treinta y seis memos en los que se le informaba sobre la inminencia de un ataque por parte de Al Qaeda. Se había detectado que la aeronavegación era un punto vulnerable, y que el ataque tendría un contenido simbólico, por lo que lugares como la Casa Blanca, el Capitolio o el Pentágono -íconos del poder norteamericano- o Wall Street -su contracara económica- eran blancos probables.
Todas estas advertencias fueron ignoradas una a una, por subestimar a Al Qaeda de Osama Bin Laden, el enemigo declarado, al que consideraban demasiado pintoresco y primitivo como para constituir una amenaza. A lo cual, por supuesto, en nada ayudó que las distintas agencias de gobierno estuvieran en constante conflicto y competencia, se echaran el fardo permanentemente, y omitieran compartir información vital.

Ciegos.
Los atentados y sus consecuencias revelaron una tendencia exasperante a reincidir en errores que ya en 2001 eran evitables. Poco se ha hablado de ello, pero las Torres Gemelas fueron construidas con una muy pobre previsión de espacios para la evacuación de personas, privilegiando el lucro de los espacios alquilables. No sólo eran un símbolo de la opulencia norteamericana, sino también de su codicia y su falta de humanidad.
Otro error que persiste hasta nuestros días es la incapacidad de percibir que el petróleo está en la base de buena parte de los males que aquejan al mundo: la inestabilidad del Medio Oriente, la financiación de los grupos terroristas, la proliferación de autocracias gobernadas por elites riquísimas, y, por supuesto, el cambio climático y los cataclismos que provoca.
Si Bush el Segundo, en lugar de haber iniciado a ciegas una serie de guerras sin fin, hubiera programado una paulatina salida a la dependencia del petróleo como fuente de energía, el mundo tras dos décadas sería más saludable en todo sentido. Quién sabe, acaso hasta el Barcelona hubiera podido retener a Lionel Messi, en vez de perderlo ante esa sucursal de Qatar que es el PSG.

Mentiras.
La enorme cantidad de mentiras que circulan hoy en el discurso público posiblemente también tengan su origen en el clima creado por aquellos atentados, y la actitud cínica con la que el gobierno de EEUU respondió a ellos. La guerra de Irak, por ejemplo, basada en las inexistentes «armas de destrucción masiva», fue una de las primeras. Curiosamente, esa distracción de esfuerzos en Irak fue un favor enorme para la causa de los Talibanes y de Al Qaeda.
Otra mentira flagrante fue la pretensión de que esta actividad bélica tenía por objeto promover la democracia en el mundo. Créase o no, hubo analistas norteamericanos que atribuyeron el fenómeno de la «Primavera Arabe» a esta cruzada de Bush (ya se sabe cómo terminó ese proceso de supuesta democratización: los déspotas siguen bien, gracias).
La adopción oficial -bien que disfrazada por un intrincado discurso jurídico- de la tortura como método de interrogatorio por parte de EEUU, vino además a denunciar otra mentira con la que aquel país pretende autoengañarse: su supuesto liderazgo moral en el concierto internacional.
Pero acaso la peor de todas esas falsedades sea la conveniente asunción de que el terrorismo era algo ajento, un «otro» ahora personificado en los musulmanes, especialmente los de tez oscura. La idea de que los propios norteamericanos no pueden ser terroristas, es acaso la base del conflicto político fenomenal que hoy envuelve a aquella nación. EEUU ha practicado el terrorismo desde sus inicios: la esclavitud y el sistema de segregación racial que la sustituyó, se basaba en linchamientos, asesinatos y tormentos físicos destinados a mantener bajo el terror a los afro-americanos.
Los supremacistas blancos que vienen cometiendo atentados desde hace por lo menos treinta años, y que en enero pasado atacaron el Capitolio y el propio sistema democrático, operan sobre la base del terror.
En buena medida estos resultados fueron predichos y deseados por Osama Bin Laden, quien siempre profesó su voluntad de provocar las ansias imperialistas de EEUU para «hacerlos sangrar hasta la bancarrota». Según su visión, en el futuro «en vez de ser Estados Unidos, van a ser estados separados, disgregados». A la vista del presente político en el país del Norte, cabe preguntarse quién fue el que ganó aquella «guerra eterna».