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El Talón de Aquiles de la rebelión chilena

Chile, la joya del neoliberalismo en América del Sur, la economía próspera que firmó con Estados Unidos el Tratado de Libre Comercio que en Argentina el Mercosur mandó «alca…rajo», arde en llamas.
La máscara que ocultaba la opresión social y económica de todo un pueblo para que las cuentas del capitalismo chileno cerraran y los bolsillos de unos pocos se llenaran a costa del sudor de las mayorías, se ha caído derribada por la indignación popular que arrasa con todo lo que considera símbolos de su opresión.
No es casualidad que ardan las estaciones de subte, los supermercados, los cajeros, las estaciones de policías. Son las Bastillas de un país feudalizado por un selecto grupo de señores. Son los símbolos del agobio que el neoliberalismo salvaje impuso a la sociedad chilena.
Mientras en la Argentina, el macrismo y sus cómplices ponen al sistema chileno como ejemplo, para los chilenos, la Argentina es su norte. Hay aquí mucho de lo que ellos desean como país. En primer lugar leyes laborales y sindicatos que las defienden. Chile sufre las consecuencias de la precarización laboral que el cuento del «buen neoliberal» les ha hecho a casi todo el mundo para dejar indefenso el trabajo ante el capital. Luego de una vida de trabajo y sueldos miserables, el trabajador chileno debe pagar su tributo al negocio de las familias dueñas de Chile mendigando su jubilación a empresas privadas que, como las AFJP en la Argentina, le robaron un tercio de su esfuerzo previsor.
Es Chile el mejor ejemplo del «éxito» neoliberal que deja fuera a las mayorías. Es un sistema donde solo prospera una minoría que, además, cierra los caminos del ascenso social de manera perversa. Lo que la clase media chilena quiere es, además, universidades gratuitas como la Argentina que ha sido históricamente el motor del ascenso social.
La prensa, cómplice de ese estado de cosas, y los partidos políticos, que no modificaron ni un ápice el corset económico, la regresión social y el sistema represivo infernal que garantiza un estado de cosas tan injusto, desde la época del dictador genocida Pinochet, solo cuentan la visión del lado de los poderosos: cuánto se ha destruido, quemado o parado. Los partidos políticos no pueden creer lo que ven porque hasta ellos se creyeron el cuento neoliberal de exclusión y sometimiento de las mayorías.
Más de medio siglo después, como otro 17 de octubre de 1945 en la Argentina, la rebelión chilena los toma por sorpresa. No se lo esperaban ni la vieron venir.
La sublevación de los chilenos ya ha pagado un alto tributo en vidas y no parece arredrase. Pero su mismo espontaneísmo, que tomó por sorpresa a los dueños del poder en Chile es también su Talón de Aquiles. Si no evoluciona a algún tipo de organización que canalice y capitalice la energía popular que hoy se hace oír en las calles de Santiago y todas las ciudades chilenas, y las traduce en un plan de avance social y un programa alternativo de gobierno, tarde o temprano perderá fuerza y correrá el riesgo de diluirse.
La clase gobernante, que le ha declarado la «guerra» y los deshumaniza tratándolos de «alienígenas», hará todas las promesas que sean necesarias para desmovilizar las protestas y que vuelvan los manifestantes a sus casas. Un par de retoques a algunas leyes, a algunas tarifas, unas concesiones mínimas y todo volverá a la misma matriz de apropiación, desigualdad y represión.