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El virus nos pone a prueba

La epidemia de coronavirus se empecina en hacerle las cosas difíciles a la sociedad humana. A nivel local, nacional y mundial se suceden novedades que obligan a mantener el estado de alerta y a no bajar la guardia.
En nuestra provincia, el nuevo foco detectado en Toay disparó las alarmas en el sistema provincial de salud pública y allá fueron a «buscar el virus» las patrullas sanitarias, cuyos integrantes están realizando un trabajo con un nivel de compromiso que excede por mucho lo estrictamente laboral. (Aunque no siempre reciben el merecido reconocimiento; basta con ver lo que les sucedió a los enfermeros de la Ciudad de Buenos Aires cuando fueron a reclamar un encuadramiento profesional acorde a su función y por toda respuesta recibieron bastonazos policiales).
Los operativos que confirmaron el brote en Toay -20 casos hasta ayer- decidieron al gobierno imponer la la fase dos, mientras se cerraba preventivamente el edificio municipal. Otras localidades entraron en la misma fase: La Adela y 25 de Mayo ubicadas en el riesgoso límite con Río Negro, y, en el norte, Intendente Alvear y Bernardo Larroudé, aunque en estas últimas se trata de una evolución pues se encontraban en la fase uno producto del reciente estallido del virus.
El caso de Toay genera inquietud por su proximidad con Santa Rosa -la ciudad más densamente poblada de la provincia- y la intensa circulación de personas entre ambos puntos. En la fase dos el aislamiento y la restricción de salidas al espacio público son voluntarios de ahí la constante apelación de las autoridades sanitarias a la «responsabilidad social». Lo mismo sucede con el control de trazabilidad establecido para los negocios, el cual, por no ser obligatorio, es aplicado solo por el 60 por ciento de los comerciantes. Ese bajo nivel de cumplimiento, a pesar de ser un sistema tan sencillo, motivó el reproche del gobernador.
Ambas conductas hablan de que un sector -minoritario pero no desdeñable- de la población persiste en incumplir las medidas que reducen el riesgo de contagio. Esa indiferencia hacia la suerte común de todos los que convivimos en el mismo espacio conspira contra la eficacia de los métodos sanitarios. Aún hoy, en una rápida recorrida por las calles de Santa Rosa y Toay se puede apreciar un número considerable de personas que no se cubren la boca y la nariz.
Y esto sucede a pesar de que está demostrado que las medidas planteadas tienen efecto positivo. Las estadísticas de fallecimientos que elabora el Servicio Funerario de la CPE santarroseña son elocuentes. En cinco meses de este año, de abril a agosto, los fallecimientos descendieron casi un 14 por ciento con relación a 2019. Es una evidencia contundente de los efectos benéficos del distanciamiento social, el uso del barbijo y la higiene personal. La Organización Mundial de la Salud había advertido sobre estos resultados, y los pampeanos, aquí y ahora, podemos ratificarlo con datos estadísticos propios y de alta confiabilidad.
La conclusión resulta un poco deprimente: la necedad que habita en tantas humanos obliga a los Estados a apelar a medidas coercitivas, por la sencilla razón de que el bien común está por encima del individual.