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El virus que desnudó al rey

Que Estados Unidos reciba por estas horas ayuda de Rusia y China para combatir al coronavirus debería ser motivo de reflexión. La mayor potencia militar y económica del mundo está siendo apoyada por los países a los que considera rivales y muchas veces maltrata con su política imperial. Hasta hace pocos días el presidente Donald Trump calificaba a la pandemia como «virus chino» y se enojaba cuando alguien le reprochaba esa expresión cargada de prejuicios. Ahora cambió su actitud arrogante y tuvo que admitir que su gobierno viene fracasando en la lucha contra la pandemia.
La Casa Blanca es renuente a adoptar medidas de prevención más decididas como la cuarentena social obligatoria, que probó su eficacia en los países que la aplicaron. China, el foco inicial de la enfermedad, es el caso paradigmático, como también Argentina, que viene logrando «aplanar la curva» de infectados en forma notoria. Pero hay algo más, y no es un aspecto secundario.
El sistema de salud de Estados Unidos no ha sido concebido para cubrir a toda la población. Se estima que más de 30 millones de personas no pueden acceder a él por sus costos siderales para las economías familiares y porque no califican para recibir la cobertura que el Estado le brinda a los sectores más carenciados. Trabajar y cobrar un sueldo no garantiza el acceso a un servicio de salud privado porque son muy caros. Y encima deshabilita para recibir el respaldo estatal. «Sicko», el documental del cineasta Michael Moore, lo muestra en forma elocuente al comparar el sistema de salud de EEUU con los de Canadá, Cuba, Francia y Reino Unido. La conclusión es categórica: EEUU es el país que más gasta en salud y el que menos beneficios, por lejos, le otorga a las personas. También es el único que descansa básicamente en la medicina privada, cuando en los otros cuatro el Estado cumple un rol esencial.
Las estadísticas son escalofriantes: ayer los infectados sumaban más de 400 mil y los muertos más de cuatro mil. El país más poderoso del planeta no solo se muestra impotente para frenar la enfermedad sino que tiene el número de contagiados más alto del mundo. Y los pronósticos son alarmantes. El propio gobierno estima que podrían morir entre 100 mil y 240 mil personas. Y a pesar de ese tremendo sacrificio en vidas, la economía, la principal preocupación de Trump y del establishment, también va a sufrir enormes daños.
La nación con el mayor gasto militar del planeta, la que posee casi un millar de bases en los cinco continentes, la que ha invadido países como nadie antes, derrocado gobiernos y provocado millones de muertes con sus aventuras bélicas, la única que arrojó bombas nucleares sobre población civil (Hiroshima y Nagasaki, en 1945) hoy deja desprotegida a su propia gente ante una enfermedad que puede ser controlada con medidas sanitarias apropiadas.
Entre tanto dolor, el coronavirus logró una revelación: dejó al rey desnudo y mostró que esta versión desenfrenada del capitalismo, denominada neoliberalismo, puede provocar esta paradoja fatal: el país más rico y poderoso, la única potencia global que quedó después de la Guerra Fría, hoy es derrotado por un virus a causa de su propia codicia.