El conflicto con el campo y el regreso de la renta agraria

El conflicto superó rápidamente las razones que le dieron origen: las retenciones móviles y un esquema de cálculo que ponía techo a las ganancias. Todo comenzó como una cuestión económica y pero ahora se interpuso la política.
EDUARDO LUCITA*
¿Habrá fumata? Puede ser… al menos tomaron nota que la sociedad da muestras de cansancio de tantas idas y vueltas. Es que durante setenta días el gobierno nacional y las conducciones ruralistas, en una suerte de juego de espejos, sólo se superaron a sí mismas, sin que nadie alcance a comprender por qué no se llegó al acuerdo cuando parecía logrado. ¿Cuales son las razones? ¿Es que el conflicto se autonomizó y nadie supo como salir de el a tiempo? ¿O hay razones más profundas?

El campo.
Las diferentes organizaciones representativas del campo, unificadas como nunca antes, cuestionaron las retenciones móviles no sólo en defensa de sus ganancias sino como instrumento válido para desacoplar los precios internacionales de los locales y disminuir así el impacto inflacionario por suba de los precios de los llamados “bienes salarios”.
Pero esto no puede ocultar que debajo de la eliminación de las retenciones móviles están planteando un programa que elimine las restricciones al mercado exportador de carnes, granos y aceites. No se explicita como tal pero hay también una impugnación a la intervención estatal en la economía. Se rechazan medidas reguladoras implementadas por el gobierno, por moderadas que estas sean, y la posibilidad de distribución de la renta que llevan implícitas.
A este accionar corporativo se sumó la derecha política, que vio en el lock-out agrario la posibilidad de establecer una plataforma que intenta retrotraer la situación al período anterior al 2001.

El gobierno.
El gobierno nacional se topó con una reacción que no esperaba y buscó en todo momento defender la acción legitima del Estado de apropiarse de renta extraordinaria -como es la que surge de la excepcional demanda internacional- argumentando que ésta es esencial para una política de distribución de la riqueza y lucha contra la inflación. Claro que esto es parcial ya que el principal cultivo sujeto a retenciones es la soja que no incide demasiado en el mercado interno, y que la medida tiene su costado fiscalista, una necesidad para seguir manteniendo los subsidios -si no fuera por ellos las tarifas de los servicios públicos estallarían con su impacto sobre la inflación- y hacer caja para afrontar los pagos de la deuda que, como ya se adelantó varias veces desde esta columna, crece automáticamente y sus pagos o refinanciaciones son cada vez más pesados.
Incapacidad e impericia, errores de cálculo político y de implementación técnica unificaron el frente opositor y resquebrajaron el tejido de alianzas construido en el primer período kichnerista, esto se ha reflejado también al interior del partido justicialista. En este contexto el gobierno volcó sus esfuerzos tratando de recuperar presencia política, sin embargo cualquiera sea el resultado no sale bien parado de él, y es notorio que la figura de la presidenta se ha desdibujado.

Una disyuntiva irreal.
Desde el primer momento se intentó instalar en la sociedad que se trataba de una disputa entre la tradicional oligarquía agrícola-ganadera y un gobierno nacional-popular-reformista. Sin embargo no todo es como parece. Veamos:
Si una virtud tiene este conflicto es que ha echado luz sobre la estructura social del campo. Los datos que surgen del censo del 2002 muestran que su actualidad poco o nada tiene que ver con la antigua y casi feudal estructura agraria.
Los ruralistas que pueden referenciarse en la vieja oligarquía hoy forman parte de la nueva burguesía terrateniente, son accionistas de grandes sociedades anónimas o miembros de fondos de inversión. Su contrapartida, aquellos descendientes de los chacareros que dieron origen al “Grito de Alcorta”, son hoy dueños de sus tierras, explotan mano de obra -por lo general en negro-, cuando no se han convertido en rentistas alquilando sus tierras a los “pool” de siembra. Tal vez aquí esté la razón oculta de esta alianza, impensada poco tiempo atrás, entre la Federación Agraria y la Sociedad Rural. Es que el gran capital ha ingresado al campo y ha impuesto criterios de productividad y rentabilidad propios de las grandes empresas.
Este gobierno, que no es lo mismo que los anteriores entre otras cosas porque es resultado directo de la revuelta popular de diciembre 2001 y expresa los cambios operados al interior del bloque de clases dominantes, está montado y a su vez es impulsor de un ciclo expansivo de la economía donde las reformas, si las hay, son muy pocas. Basta pensar que cinco años son más que suficientes para modificar la regresiva política tributaria vigente, que es la principal traba para una redistribución eficaz de la riqueza.
Es innegable que hay elementos de ruptura con el pasado pero también muchos de continuidad. Por otra parte no se puede ocultar que el “neodesarrollismo” actual emerge del propio seno del “neoliberalismo”.
Paradojalmente en la defensa de las retenciones el gobierno embistió contra el “modelo sojero”, cuando si se revisan los años pasados se verá que se apoyó en él y lo potenció desde la primera fase de su administración. Si alguna evidencia faltara para confirmar la existencia de vasos comunicantes: ni gobierno ni ruralistas, menos aun la FAA, pusieron en el banquillo a las multinacionales exportadoras que se llevan la parte del león del negocio granífero. Tardíamente se ha reconocido que la legislación tiene grietas que les permiten eludir los aumentos en las retenciones.

La pelea de fondo.
A poco que se mire por debajo de la superficie se verá que hay una confrontación que va más allá de la coyuntura y que se desenvuelve sordamente al interior del bloque de las clases dominantes. Este bloque tiene la misma composición que en los ’90 pero el elemento de ruptura es que el comando del mismo ya no lo componen el capital financiero y las empresas de servicios públicos privatizadas, sino que ahora lo es el capital productivo, agrario e industrial.
Tras seis años de crecimiento el ciclo económico comienza a encontrar limitaciones y condicionamientos -internos y externos- reaparece la debilidad congénita del capital industrial y retorna con fuerza, social y política, la renta agraria.
Lo que se está discutiendo es si la orientación de la acumulación y reproducción de capitales estará a cargo de una alianza industrial/agraria -sostenida en el mercado interno- o bien agraria/financiera/agroindustrial -que prioriza el modelo exportador-. La reciente solicitada de industriales, banqueros y comerciantes llamando al “diálogo”, así como la ratificación del acto del próximo domingo en Rosario, son también muestras de cómo las diversas fracciones del capital, aún cuando están muchos más interpenetradas que en el pasado, comienzan a marcar la cancha.
Se trata de una disputa intercapitalista, pero cuando se la analiza en detalle se comprende que no da lo mismo quien se imponga. Mientras tanto el gobierno nacional ha tenido un fuerte costo político y la derecha ha encontrado una base social de importancia. Los tiempos por venir serán sin duda testigos de nuevas confrontaciones.

*Integrante del colectivo EDI (Economistas de Izquierda).