El crimen no es la guerra, sino el golf

El presidente norteamericano George W. Bush acaba de admitir que invadió Irak en base a informaciones falsas que le suministraron sus propias agencias de inteligencia. En declaraciones periodísticas el presidente se mostró “decepcionado” por haber actuado en base a informaciones “equivocadas” que hablaban de la existencia de armas de destrucción masiva en manos de Saddam Hussein.
La noticia pasó sin pena ni gloria por los grandes medios del mundo. En nuestro país, el gran diario argentino la puso olvidada en una página par y sin mención en la tapa. Las agencias internacionales de noticias -y las nacionales que retransmiten a los diarios del interior los cables del exterior- ni siquiera la consignaron en sus despachos.
La mal llamada Guerra de Irak fue en realidad la invasión de un país soberano por parte de la mayor potencia económica y militar del mundo. Sus consecuencias son inenarrables. Se destruyó un país buscando armas que no existían y conexiones con Al Qaeda que nunca se pudieron demostrar. Se calcula que murieron 600.000 irakíes, la mayoría civiles, mujeres, niños, jóvenes y ancianos no combatientes. Las cifras de soldados norteamericanos muertos es superior a los 4.000 y la de heridos asciende a 30.000. El país quedó destruido en medio de una catástrofe que exacerbó las peleas intestinas entre facciones religiosas y étnicas que, bajo la anarquía en la que se desenvuelve hoy ese país dominado por EUA, produce decenas de muertes todos los días.
Bajo el regimen de Hussein, las minorías habían llegado a un forzoso equilibrio de fuerzas en el que el estado iraquí había logrado imponer su fuerza. Esa violencia estatal iraquí _que todos los estados han ejercido internamente y Estados Unidos ejerció en su momento contra los indios en su territorio a los que exterminó_ se presentó en el caso de Hussein como un crimen de lesa humanidad.
Ninguna palabra podría describir jamás una guerra ni justificar los genocidios y exterminios de pueblos y naciones, pero en el caso de ésta guerra, llama la atención que haya semejante silencio de los medios internacionales.
Por esas extrañas paradojas de la historia, la revelación de Bush de que su guerra fue un acto criminal las formuló antes de subirse al avión que lo llevaría a Israel que, justamente, está celebrando los 60 años de su creación. El estado de Israel se creó como consecuencia directa de otra guerra criminal iniciada por el regimen nazi y que tuvo a los judíos como uno de sus víctimas.
La creación de Israel se hizo en medio de un mundo conmovido por ese crimen. Hoy el gobierno de Israel es el principal cómplice en este crimen de guerra que tardiamente admite Bush.
No habrá, es seguro, ningún juicio a Bush como criminal de guerra. Aunque lo es y lo admite. Tampoco habrá una revisión del papel que le cupo al gobierno de Israel y al looby judío que decidió la agenda bélica en Estados Unidos.
Fue un “error” que costó la vida de más de medio millón de almas y la destrucción de millones de vidas y hogares. Quedará impune porque sus autores y cómplices son los dueños del mundo y de la verdad impuesta a sangre y fuego. Pero Bush cree poder repararlo dejando de jugar al golf. Dijo luego de reconocer que toda la guerra fue una mentira: “No quise que ninguna madre cuyo hijo haya muerto recientemente vea al comandante en jefe jugando golf. Siento que debo expresar a sus familias la mayor de mis solidaridades. Y pienso que jugar al golf durante una guerra transmite una señal equívoca”. Ni Hitler demostró nunca semejante cinismo.