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En Colombia no cesa el genocidio

Parecía razonable que después de los miles de asesinatos y desapariciones sucedidos bajo las dictaduras en Argentina, Brasil y Chile, principalmente, los ejércitos y grupos parapoliciales de Latinoamérica habrían aprendido la lección o al menos la tendrían presente. Los trágicos hechos que siguen ocurriendo en Colombia muestran a las claras que las enseñanzas impartidas a mediados del siglo pasado en la pomposamente llamada Escuela de las Américas, siguen plenamente vigentes y en ese país los niveles de violencia institucional continúan alcanzando niveles pavorosos.
La cantidad de muertes irregulares que las investigaciones de oficinas judiciales y organismos defensores de derechos humanos colombianos ha exhibido en los últimos días suma alrededor de 6.500 personas, casi con la certeza de que, en verdad, se trata del doble de esa cifra o acaso más. Campesinos presentados como combatientes de la guerrilla fueron brutalmente asesinados por militares y grupos parapoliciales. Se los conoce como los «falsos positivos» y entre ellos hay mujeres, niños y personas en situación de calle. Bajo ese sistema de horror se presentan esas muertes a los superiores castrenses y autoridades políticas como triunfos en la lucha con los grupos guerrilleros irregulares. Se estima en alrededor de 1.500 los militares implicados en estos actos de salvajismo impar. Aunque las autoridades lo niegan sistemáticamente se comenzaron a conocer declaraciones de soldados de distintos rangos que, acaso torturados por el remordimiento, revelaron los masivos asesinatos y la ubicación de los cadáveres.
Desde luego que la Organización de los Estados Americanos (OEA, también conocida como Ministerio de Colonias de Estados Unidos) no ha efectuado ningún reclamo por los derechos humanos quebrantados en lo que ha sido un verdadero genocidio. Colombia es uno de los países programados en la estrategia subcontinental estadounidense -los otros son Brasil y Chile- mientras la OEA mira para otro lado, especialmente para el lado de Venezuela, país al que acosa sin dar tregua obedeciendo dócilmente los mandatos de Washington.
A partir de 2016 el gobierno colombiano inició un proceso de paz con las guerrillas de las FARC que llevaban 40 años de lucha y se logró el abandono de las acciones violentas. El proceso apareció después como un gran engaño ya que los grupos de ultraderecha -tanto paramilitares como militares- tuvieron vía libre para a asesinar a quienes habían decidido dejar sus armas. La situación llegó a tal punto que varios de los jefes guerrilleros, acosados por la persecución, volvieron a la lucha armada.
Al margen de su importancia geopolítica Colombia es un país con una enorme variedad de recursos naturales, desde diamantes a petróleo. También cocaína y otros narcóticos de los cuales EEUU es el mayor consumidor. Algunos analistas no dudan en calificar al país como «el portaviones norteamericano en Sudamérica», de ahí que sus gobiernos nunca deban afrontar la condena de otras naciones o los pedidos de investigación a pesar de los crímenes masivos que se cometen impunemente en su territorio.