La onda verde

La onda verde

En el futuro, cuando los historiadores hablen de esta época, no podrán omitir la enorme trascendencia que alcanzó el movimiento feminista en su más amplia definición. Las movilizaciones en defensa de los derechos de las mujeres se vienen registrando en todo el mundo y en algunos países -como la Argentina- han logrado un altísimo nivel de participación que se traduce en multitudes que ocupan el espacio público y los medios de comunicación como nunca antes.
El debate político sobre los avances que vienen logrando las mujeres -junto a las minorías sexuales que acompañan solidariamente y se visibilizan cada días más derribando las viejas y sólidas barreras de los prejucios- es una gigantesca ola que ya no se podrá detener. Y estos tiempos son, precisamente, los que están pariendo un quiebre de los viejos modelos sociales que es imposible de ocultar o desmerecer.
La aprobación, en la Cámara de Diputados de la Nación, del proyecto de ley que despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo debe enmarcarse en este clima de época. Lo ajustado de la votación nos habla de la magnitud de los prejuicios a derribar y que todavía campean en una parte considerable de la sociedad, estimulados, desde luego, por instituciones milenarias como la Iglesia Católica y otras no tan populares pero igualmente conservadoras.
El corte transversal del voto es otra manifestación de este poderoso proceso aluvional que sorprendió a muchos con su irrupción repentina desbordando los, por lo general, rígidos moldes partidarios. “La revolución de las hijas y las nietas” aparece como una acertada -y simpática- definición para tratar de explicar los cambios que sorprendieron en no pocos legisladores y legisladoras entrados/as en años. Desde luego, esto no implica desconocer la tarea imprescindible de la vieja guardia feminista con sus duras batallas de décadas que no pudieron fructificar antes a causa, precisamente, de arraigados prejuicios alimentados por una estructura política-económica-social-jurídica marcadamente patriarcal.
Durante el debate del proyecto fue tan importante lo que sucedió adentro como afuera del Congreso de la Nación. La esgrima discursiva en el recinto definió con claridad los dos bandos, sus argumentos, sus bases filosóficas, sus convicciones políticas; pero afuera, en la calle, la multitud de pañuelos verdes cumplió un ritual no menos importante: una impresionante concentración de centenares de miles de personas, con predominio de chicas muy jóvenes pero también de mujeres mayores y de chicos y hombres, acompañó el debate, aguantando toda la noche, como una expresión clara y contundente del apoyo mayoritario que concitaba el proyecto. Enfrente, valla de por medio, los que se oponían a la ley mostraban un número muy inferior de militantes.
Ahora resta el paso por el Senado, una cámara que desde siempre ha expresado un perfil más conservador. Sin embargo, independientemente de la suerte que allí le depare a esta iniciativa el paso dado hoy es decisivo, y más temprano que tarde la ley será una realidad. Porque, en el fondo, lo que expresa es una aspiración de equidad social que hoy está ausente en forma brutal en esta materia. Las que mueren, producto de abortos clandestinos, son las mujeres pobres. Las pudientes pueden hacerlo sin riesgo porque, como se sabe, el capitalismo es el sistema que facilita los derechos que cada cual se puede comprar.