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En la pandemia, lo mejor sería nacionalizar la banca

LA SEMANA POLITICA

Menos mal que la crisis del Covid-19 sorprendió a los argentinos con un presidente sensible que no fuera Mauricio Macri. AF tomó varias medidas positivas. En otras se quedó a mitad de camino. ¿Profundizar o retroceder?
SERGIO ORTIZ
Se dice que la guerra es un asunto muy serio para dejarlo sólo en manos de generales. Y una pandemia no puede ser puesta sólo bajo conducción de médicos, con todo el respeto que la mayoría de éstos se merece, a diferencia de los generales donde se puede rescatar a unos pocos.
Una buena conducción política en el Estado se hace más necesaria cuando el país, además de sufrir el Covid-19 y otras enfermedades como el dengue y el sarampión, padece una grave recesión de los últimos dos años macristas hasta la médula.
Es para festejar que en Balcarce 50 y Olivos estuviera desde el 10 de diciembre Alberto Fernández y no el empresario que en buena parte vivió a expensas del Estado pero propagando el virus del neoliberalismo.
Acá se ha elogiado la cuarentena en línea con la definición de pandemia adoptada por la OMS el 11 de marzo y varias medidas conectadas. A saber, el aumento al menos en algo de las jubilaciones mínimas y el Ingreso Familiar de Emergencia para trabajadores informales y monotributistas, los aumentos para personal sanitario y de fuerzas de seguridad, etc. Ahora hay decreto impidiendo los despidos por 60 días y los afiliados de PAMI pueden retirar los remedios en farmacias sin tener que llevar la receta en papel. Siguió el Comité de Crisis sanitaria liderado por el ministro GGG, aunque se desistió de un plan que englobara y obligara al sector privado. La gravedad sanitaria amerita ahondar en las medidas, como suponía ese plan estatal centralizado, ahora abandonado: hasta ayer había 1.363 contagios y 42 muertos.
Los enfermos pueden ser bastante más porque no se hacen test rápidos masivos y hay pacientes asintomáticos. Se espera el pico de la enfermedad para mediados de mayo, lo que posibilita pero a la vez demanda la adopción de nuevas medidas.
El viernes 3, con tremendas colas y aglomeraciones de jubilados y muchas otras personas que pugnaban por cobrar en los bancos, siendo muchas personas de riesgo, significó un traspié en varios sentidos.
El presidente declaró que nadie esperaba semejantes colas en las entidades bancarias. Error político suyo, sobre todo de los funcionarios relacionados con el caso. Si 11 millones de personas perciben jubilaciones, pensiones, AUH, por embarazo, subsidios al desempleo, etcétera, era previsible que la reapertura de los bancos, luego de varios días de cierre, podía provocar esos amontonamientos.

Dos responsabilidades.
En ese escándalo – las cosas anduvieron mejor en la apertura de bancos del sábado- la responsabilidad política mayor recae sobre el Banco Central y la Anses, sin excluir otras culpas. El rol de los bancos, el actor principal de esa película de terror, se verá a continuación.
Los titulares de aquellas dos entidades, Miguel Pesce y Alejandro Vanoli, fueron sorprendidos y sobrepasados por la masa humana que corrió a percibir sus pobres haberes.
No son malos funcionarios ni por ese fracaso deben dejar sus puestos. Pero tienen que reflexionar y usar su segunda oportunidad. El Indec informó el miércoles que la pobreza urbana y rural fulmina a 16 millones de argentinos, y al 35 por ciento de la población. Dentro de ese universo desprotegido gran parte debió dejar de hacer changas y estuvo recluido en sus hogares, en pobreza y una parte de indigencia, sin reservas monetarias ni alimentarias. Ellos no pueden esperar para hacerse de sus pesitos. A lo sumo pueden aguardar según terminación de DNI maldiciendo su mala suerte si termina en 9. Caso contrario estará como ese viernes desde la madrugada haciendo desordenadas colas.
¿Todos los funcionarios del Central y Anses tienen conciencia cabal del polvorín social que dejó Macri y que se agudizó con el coronavirus? ¿No tomaron nota de la expresión de Juan Grabois, militante de este gobierno, de que la bomba tiene «la mecha corta»?
La mayoría de los directivos del Central y Anses serían personas honestas, aunque descontando algunos puestos allí por amiguismo y sentido de secta. También hay una minoría que viene de la gestión de Cambiemos, como los directivos «topos» que denunciaba un programa de Crónica TV.
Esos agentes del enemigo, con representación del Estado en el Fondo de Garantía de Sustentabilidad, se repiten en empresas monopólicas donde el Estado tiene algunas acciones del mencionado FGS. Por ejemplo, el espía Miguel Angel Toma, ocupa un sillón en el directorio de Techint y justificó los 1.450 despidos del pulpo siderúrgico contra trabajadores de la construcción.
Un Estado nacional y popular debería echar a esos funcionarios macristas. Esos despidos sí que están justificados, no así el de trabajadores. ¿Por qué no se lo hizo hasta ahora? Por dos razones políticas.
La primera es que entre Techint y los gobiernos peronistas siempre hubo roces pero también acuerdos. Los que se enojan porque Toma fue ubicado por Macri deberían recordar las alianzas que Paolo Rocca tuvo con Néstor y Cristina a partir de 2007. Éstos intercedieron ante Hugo Chávez para que le pagara una indemnización millonaria por la expropiación de la Siderúrgica del Orinoco. El gobierno actual debería poner distancias con monopolios como ese.
La segunda razón que explica la amistad presidencial con la plana mayor de la Unión Industrial, de la AEA, el Cicyp, etcétera, es la errónea creencia de que la salida «es con todos». Esa idea fue muy empleada en la campaña electoral y se reitera ahora frente al coronavirus. Y es errónea. «Es con la mayoría». No es con todos. Tenderle una mano al monopolio termina en un abrazo del oso siderúrgico.

Nacionalizar la banca.
Aquellas críticas a los pesos pesados de la economía, con quienes el presidente volvió a departir el viernes (UIA y Cámara Argentina de Comercio) no deben generalizarse. Hay un conjunto de miles de Pymes, empresas medianas y algunas grandes, todas nacionales, merecedoras del mayor apoyo del Estado, en especial las más pequeñas.
Argentina viene de dos años recesivos y el 2020 siguió en la misma tónica por la línea timorata de Fernández durante la primera etapa de negociación con el FMI. Y luego vino la pandemia a complicar todo, con lo que la recesión será más grave y por tres años.
Las Pymes se quejan porque ven cerca el corte de la cadena de pagos. Dicen que el crédito decidido por el Estado para que los bancos presten al 24 por ciento de interés para pagar sueldos no es concedido por éstos.
La «Patria Financiera» está en el ojo de la tormenta, no sólo por el papelón del viernes 3 de abril cuando varios bancos privados, y sobre todo extranjeros, no abrieron. En general no prestan servicios a los jubilados porque no es la parte interesante de su negocio: captar depósitos, pagar bajos intereses y prestarlos a otros más elevados y comprar las tristemente célebres Leliq, etcétera.
Según Sergio Palazzo, titular del gremio bancario, hay en el país 4.334 sucursales bancarias y no todas dan aquel servicio. Quedó demostrado. Los banqueros, haciendo causa común con funcionarios gubernamentales anónimos, le endilgaron el problema a los trabajadores bancarios. El cronista, puesto a elegir entre creerle a Palazzo o a los banqueros, opta por lo primero. Aclaró que Fernández recién el lunes 30 habló con él para ver si podían trabajar otra vez el viernes 3 y que respondió que sí.
La pandemia puso sobre el tapete el rol de los bancos, que en la Argentina vienen a ser un factor destructivo de la economía real y de la gente muchísimo peor que el Covid-19.
La «Patria Financiera» se sigue rigiendo por la ley de entidades financiera de 1977, de Adolfo Diz y José A. Martínez de Hoz. Tuvo modificaciones y reformas pero nunca fue derogada, como correspondía, en 37 años de democracia burguesa.
Es un negocio fácil y altamente concentrado entre entidades extranjeras agrupadas en Asociación de Bancos y las privadas «nacionales» y algunos provinciales en Adeba, pues otros públicos y el único cooperativo, Credicoop, están en Abappra. Algunos nombres son conocidos por la mala experiencia de sus clientes: HSBC, Francés, Santander y Citi, extranjeros; y Galicia, Macro e Hipotecario, «argentinos».
Pagar a los depositantes a un interés y comprar Leliq y prestar al Central por el doble de aquél, dar créditos a altas tasas y beneficiarse de las devaluaciones al tener parte de su cartera en divisas, les rindió pingües ganancias.
El Banco Central informó en febrero que en 2019 los bancos ganaron $314.044 millones de pesos, 51% más que en el año anterior. Y agregó: «el aumento de los depósitos del sector privado resultó el origen de fondos más destacado para el conjunto de bancos. Estos recursos se destinaron principalmente a incrementar la tenencia neta de Leliq y, en menor medida, a aumentar el saldo del financiamiento al sector privado y de las cuentas corrientes que los bancos tienen en el BCRA».
Las razones vienen desde el fondo de nuestra historia, para la nacionalización de la banca. La pandemia dio más razones concretas y actuales para ello. A quienes pidan más argumentos los remitimos a Bertolt Brecht: «¿qué es robar un banco en comparación con fundarlo?».