En cuanto a las relaciones de EEUU y Cuba, la pelota está picando del lado de Obama

La revolución cubana cumple 50 años el 1 de enero, y el 20 de ese mes asume Barack Obama la presidencia de EE UU. Raúl Castro le ha propuesto hablar sobre el diferendo bilateral. ¿Qué hará Obama?
EMILIO MARÍN
Los cubanos tienen cuatro problemas pendientes de negociación con las autoridades de Estados Unidos. A saber: que el mal vecino levante el bloqueo económico y comercial que ha provocado 93.000 millones de dólares en daños directos; que cesen los planes de agresión plasmados por George Bush para el derrocamiento del gobierno revolucionario; que devuelvan Guantánamo, donde los yanquis están desde 1903 (enmienda Platt) y tienen allí campos de concentración; y, finalmente, pero no menos importante, que pongan en libertad a los Cinco Cubanos injustamente presos en cárceles de EE UU.
Del lado norteamericano no se puede reprochar a Cuba prácticamente nada porque la isla no le usurpa una parte de su territorio, no le debe nada, no está prohijando guerrillas en California ni nada por el estilo. Vale recordar que cuando se produjeron los atentados terroristas a la Torres Gemelas, el entonces presidente Fidel Castro no solamente los condenó sino que ofreció a EE UU la utilización de los aeropuertos cubanos.
Más aún, cuando la catástrofe de Katrina, que en 2005 provocó tantos daños y muertes en Nueva Orleáns con las inundaciones, Castro ofertó que una brigada médica cubana con el nombre de un estadounidense que había muerto en Cuba en 1876 (Henry Reeve) pudiera ir a colaborar. Estaba a la vista el drama de la población afroamericana. Pero George Bush dijo no.
O sea que la parte norteamericana no puede cuestionar algo en particular de Cuba. En realidad le impugna todo: su condición de país socialista que no está dispuesto a vender su soberanía y dignidad.
Cada país del mundo fue tomando posición en este diferendo. Y los gobernantes del imperio se fueron quedando solos, como lo graficó la votación de la 63º Asamblea General de la ONU el 29 de octubre pasado: 185 países con Cuba, 2 con EE UU (Israel y Palau) y 2 abstenciones (Islas Marshall y Palau). Esto en deporte se llama goleada y en política catástrofe.
Visto desde otro ángulo, se puede denominar “prolongado diferendo bilateral”. Y que se sepa, las contradicciones de ese tipo se resuelven por dos vías: la militar o la diplomática. Los cubanos han tendido hace rato el ramo de olivo, ofertando una negociación entre los dos países. A poco de asumir como presidente provisional ante la enfermedad de su hermano, Raúl Castro, ofertó: “sirva la oportunidad para nuevamente declarar nuestra disposición de resolver en la mesa de negociaciones el prolongado diferendo entre EE UU y Cuba, claro está, siempre que acepten nuestra condición de país que no tolera sombras a su independencia y sobre la base de los principios de igualdad, reciprocidad, no injerencia y respeto mutuo”. Fue su primer discurso trascendente ante su población y la opinión pública internacional, con motivo de celebrar los 50 años del desembarco del Granma, el 2 de diciembre de 2006.

Apurando a Obama.
En vista de que la administración Bush rechazó el convite, el mandatario cubano reiteró en otra solemne ocasión la oferta, pero ya dirigida a quien fuera el próximo presidente de EE UU. En ese momento, julio de 2007, Raúl no sabía quién sería, salvo que tuviera la bola de cristal.
En el acto más importante para los cubanos (el que todos los 26 de julio conmemora el asalto al Cuartel Moncada, considerado el comienzo de la guerra revolucionaria), el relevo de su hermano más famoso reiteró el año pasado: “la nueva administración que surja (tendrá que decidir) si mantiene la absurda, ilegal y fracasada política contra Cuba o acepta el ramo de olivo que tendimos en el 50º aniversario de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Si las nuevas autoridades norteamericanas dejan por fin a un lado la prepotencia y deciden conversar de modo civilizado, bienvenido sea. Si no es así, estamos dispuestos a continuar enfrentando su política de hostilidad, incluso durante otros 50 años, si fuera necesario”. La invitación fue hecha en su discurso desde la Plaza de la Revolución de Camagüey, a 600 Km. de La Habana. Todavía no se habían hecho las elecciones norteamericanas.
En esa campaña electoral las autoridades de la isla miraban con cierta simpatía a Barack Obama, no exenta de diferencias por la forma como se había presentado junto a la mafia cubana de Miami, en mayo de 2008. En una de sus columnas periodísticas, en octubre pasado, Fidel Castro piropeó que el candidato demócrata “supera a McCain en inteligencia y serenidad”.
El 24 de febrero de este año Raúl Castro fue elegido presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros por votación directa y secreta de los diputados a la Asamblea Nacional Popular. Obama, por su parte, fue electo en los comicios del 4 de noviembre, donde superó por seis puntos a su contrincante republicano. Desde entonces las propuestas cubanas empezaron a tener nombre y apellido, direccionadas al afroamericano.
La penúltima oferta fue hecha en el reportaje que Raúl Castro concedió al actor y director de cine norteamericano Sean Penn, que se publicó el 15 de diciembre en la revista The Nation. Allí expresó que estaba listo para reunirse con Obama en un lugar neutral, sugiriendo la Bahía de Guantánamo. Bromeando, o como expresión de deseos, el cubano dijo: “debemos reunirnos y empezar a solucionar nuestros problemas, y al final de la reunión podríamos dar al presidente un regalo, podríamos mandarlo a casa con la bandera estadounidense que ondea en Guantánamo”.

Que haga como Europa.
El próximo presidente estadounidense -que tiene sus compromisos con la mafia de la FNCA, Federación Nacional Cubano Americana- dijo que mantendría el bloqueo. A diferencia de Bush manifestó que podría flexibilizarse la prohibición de que los cubano-americanos envíen dinero a sus familiares y las limitaciones a los viajes, ambas medidas impuestas por el texano para que el bloqueo fuera más salvaje aún.
Lo más lejos que llegó el afroamericano sobre este particular fue que practicará una “diplomacia directa” con las autoridades cubanas, sin precondiciones. Pero en concreto, aún no dijo esta boca es mía. Solamente ratificó que está dispuesto a cerrar la prisión de Guantánamo, según declaraciones al programa “60 minutos” de la cadena televisiva CBS, el 16/11. Que no se torture más allí es una buena noticia. Mejor sería que al mismo tiempo devuelva toda la base a su legítimo dueño, Cuba, algo que por ahora no está en sus planes.
La última iniciativa también provino de La Habana. Al participar Raúl Castro de reuniones con Lula en Brasilia, donde estaba como invitado especial tras la cumbre de América Latina y el Caribe en Costa de Sauípe, volvió sobre el tema: “estamos dispuestos a hablar con el señor Obama, donde sea y cuando él decida. Ahora bien, en absoluta igualdad de condiciones”. Ante preguntas de los periodistas sobre los mal llamados “disidentes” presos, el presidente cubano expresó: “esos prisioneros, ¿quieren soltarlos? Que nos lo digan, se los mandamos para allá (EE UU) con familia y todo. Que nos devuelvan a nuestros cinco héroes. Es un gesto de ambas partes”.
Castro aludía así a Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González, que están presos en EE UU desde setiembre de 1998 y fueron condenados en 2001 a una pena total de 4 cadenas perpetuas y 77 años de prisión. Fue un verdadero linchamiento público pues el juicio se hizo en Miami, centro de la gusanera anticastrista que hervía en odio contra estos cinco muchachos que estaban infiltrados allí para prevenir actos de terrorismo contra Cuba. Ellos no espiaban a la CIA, la Casa Blanca ni a Microsoft; sólo a los círculos violentos cubanos que estaban poniendo bombas en los hoteles habaneros (en 1997 un atentado financiado por la FNCA mató al italiano Fabio di Celmo).
Para la Casa Blanca es un trago muy amargo el admitir que la revolución cubana es imposible de derrocar. Siempre le costó admitir a las revoluciones sociales. Por caso, la soviética triunfó en 1917, en la presidencia de Woodrow Wilson (1913-21), pero las relaciones diplomáticas con Moscú recién se establecieron en 1933, con Franklin D. Roosevelt. Entre tanto habían pasado las administraciones de Warren G. Harding, Calvin Coolidge y Herbert Hoover. Habían transcurrido 16 años.
Han pasado 50 años de revolución cubana, negada por Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Richard M. Nixon, Gerald R. Ford, Jimmy Carter, Ronald Reagan, George Bush, Bill Clinton y George W. Bush. ¿No será mucho? Obama tendría que imitar a la Unión Europea, que en 1996 se sumó a las sanciones contra Cuba con la “Postura Común”, pero las levantó el 23 de octubre último, por acuerdo firmado por los respectivos cancilleres, Felipe Pérez Roque y el comisionado europeo Louis Michel. Así como Roosevelt habilitó las relaciones con la URSS y Nixon las reactivó con China en 1974, el desafío de Obama es sentarse a hablar con Raúl Castro. Aún no se sabe si tendrá el coraje suficiente de escuchar ese reclamo que excede en mucho a los cubanos y es patrimonio de buena parte de la humanidad.