Entre comparaciones y actualidades inquietantes

El afán imitativo que nos caracteriza a los argentinos siempre tiene un escalón superior de referencia, casi siempre para la Ciudad de Buenos Aires: la Atenas del Sur, la Reina del Plata, la París de Sudamérica… Más de ocho décadas atrás la ciudad de Rosario también tenía un símil: la Chicago argentina. La alusión, claro, apuntaba a la sobresaliente condición que tenían ambas ciudades en el mercado de cereales, aunque en el caso rosarino ocultaba una segunda característica: el grado de violencia que caracterizaba a la ciudad, lo mismo que a Chicago. Por el país del norte campeaba Alfred Capone y por estas tierras los tristemente célebres Chicho Grande y Chicho Chico, que tenían sus organizaciones delictuales en la por entonces segunda ciudad del país. El tiempo y las circunstancias políticas y sociales disminuyeron aquella caracterización violenta, aunque siempre le quedó a Rosario una cierta fama de urbe violenta en sus más bajos estratos sociales.
Lo curioso -lamentable más bien- es que casi un siglo después, la violencia vuelve a desatarse en la ciudad por la acción de la pandilla de Los Monos y la guerra sangrienta entre bandas ligadas al narcotráfico, que actualizan las comparaciones con aquel tiempo nefasto: tras las detenciones y juicios a los miembros de las pandillas las dependencias judiciales intervinientes han recibido nada menos que catorce ataques a balazos, perpetrados al estilo moderno, con motos y vehículos de apoyo. Estas acciones, indudablemente, tienen un carácter de advertencia y amenaza, y sirven para recordar a ciertos estamentos de la justicia y la policía que, al igual que en aquellos años, el poder de los delincuentes tiene un entramado con la política y el gran dinero.
Los sucesos, también, aportan una preocupación más al gobierno nacional que, entre sus promesas preelectorales, había dado por sentado un aumento definitivo en la seguridad ciudadana. La persistencia de los sucesos rosarinos da un rotundo mentís a aquellas palabras, poniendo enfrente una inquietante realidad.
El innegable aumento de la violencia en nuestra provincia, especialmente en las poblaciones principales, ha pasado a tener algunas características particulares. En principio, lo que se podría considerar lisa y llanamente como delincuencia ha crecido a ojos vista: robos, atracos, agresiones, amenazas, golpizas y aún asesinatos o intento de ellos, son frecuentes y ya no sorprenden por sí mismo sino por sus particularidades.
Sin embargo, lo que llama la atención son los intentos o amenazas de suicidio que acompañan a muchos de estos hechos, reconociendo que, a veces lamentablemente, se concretan en estas muertes autoinfligidas.
A poco que se analice y se consulte información relacionada con el tema puede deducirse que esta tendencia y los hechos consecuentes no son casuales. Resulta indudable que la actual situación socioeconómica favorece la consideración de aquellas inclinaciones, especialmente cuando acorrala al sujeto, ya sea por situaciones económicas, personales o familiares que a menudo van juntas. Sería interesante comprobar a través de la estadística lo que insinúan las noticias: que en la mayoría de los casos se trata de gente relativamente joven, en situaciones extremas.
Las precedentes observaciones no resultan precisamente favorables al gobierno nacional, que es responsable del deterioro del país en gran medida. Sin embargo, hay otro rasgo inquietante en su coincidencia: el índice de suicidios creció en todos los países que se plegaron a las recetas económicas del FMI. La estadística, avalada por la experiencia en más de treinta países, demuestra que “existe una relación directa y probada entre los planes de ajuste de la entidad y el incremento de la tasa de suicidios”.