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Entre la mentira y el negacionismo porteños

Es muy difícil encontrar en este mundo convulsionado por la pandemia de Covid-19 un ejemplo de rebelión como el que viene protagonizando la Ciudad de Buenos Aires contra el gobierno nacional. No es que no haya discrepancias entre los poderes ejecutivos nacionales y los provinciales o locales en casi todos los países, pero de ahí a resistir con tanta furia una medida sanitaria que apunta a reducir la circulación de personas en la vía pública para atenuar el salto brutal de contagios hay una diferencia enorme. Por lo demás, no se trata de decisiones arbitrarias o improvisadas; fueron recomendadas por los especialistas más reconocidos en la materia y están en consonancia con lo que vienen haciendo todas las naciones que decidieron tomarse en serio el combate contra el virus: Alemania, Reino Unido, Francia, Brasil, Uruguay, Colombia, México por nombrar solo algunas. Según la Unesco, en 156 países hay clases presenciales solo en el 48,7 por ciento de las escuelas.
La sobreactuada preocupación por la enseñanza por parte del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no resiste el menor análisis. Un informe acaba de mostrar que es el distrito argentino que menos invierte en educación en porcentaje de su PBI: el 17,3 por ciento. En el año 2011 era del 27,8 por ciento, lo que muestra la estrepitosa caída bajo la férula macrista. Fiel reflejo de lo que fue la gestión nacional de ese espacio político que redujo el presupuesto educativo y se llevó puesto el recordado plan Conectar Igualdad entre muchos otros programas.
La intervención a las apuradas de un tribunal local porteño, incompetente para tratar este caso -e integrado por la esposa de un alto funcionario de la CABA-, muestra lo flojo de papeles que se encuentra el «grito de Larreta» que parece querer remedar la confrontación entre el puerto oligárquico y las provincias en el siglo XIX.
Con un crecimiento exponencial del número de contagios (entre los más altos del país) y con los hospitales y clínicas al borde de la ocupación total de camas, esta ciega arremetida está en perfecta consonancia con la conocida necrofilia de la derecha argentina que nunca trepidó en montarse en las peores tragedias para obtener réditos políticos: Cromañón, Once, Nisman son algunos de sus blasones más recordados. Con esos antecedentes, el uso electoral de la pandemia ya no debería sorprender demasiado.
La CABA fue el punto de ingreso del Covid-19 al país y su centro de irradiación, primero al conurbano bonaerense y luego al resto del territorio nacional. Ni siquiera ese antecedente parece conmover a sus gobernantes que insisten en negar lo que es una verdad en todo el mundo: la mayor circulación de personas en la vía pública favorece la propagación de la peste. El negacionismo y el uso de la mentira, marcas registradas del macrismo, se consolidan como sus armas políticas esenciales.
Espoleado por los arcángeles negros que anidan en su propio partido, el jefe de gobierno de la CABA es conducido hacia la confrontación, tarea que sin embargo no asume pasivamente. Como en el cuento del escorpión y la rana, esa inclinación está en su naturaleza.