Entre las exigencias y las obligaciones

El afán recaudador de la municipalidad santarroseña parece haberse incrementado durante las últimas semanas. Lo evidencia la cantidad de inspectores que recorren las calles imponiendo multas a los automovilistas que olvidan la ampliación del radio de estacionamiento medido. También se advierte en el aumento sorpresivo del precio de las tarjetas de estacionamiento, muy poco acorde con el escaso tiempo que otorgan.
Sin embargo ese celo con cierta frecuencia ha dado lugar a situaciones enojosas por causa del trámite burocrático al que se obliga al contribuyente. En la larga cola que para el pago de multas suele formarse en la Dirección de Tránsito se ha escuchado una queja fundada: la falta de notificación en el sitio de la infracción cometida y la demora en comunicarla.
En cuanto al primero de esos problemas no se comprende cómo los inspectores no dejan al menos un aviso sobre el parabrisas del automóvil sancionado o, mejor todavía, una oblea de notificación con la debida constancia de chapa patente y hora. La falta de ese detalle se suma al otro mencionado: el largo tiempo que se demora la comunicación de la falta. Hay constancias de infracciones -que no se hicieron conocer en el momento- notificadas nueve meses después de ocurridas. Un caso extremo lo padeció un conductor del interior de la provincia a quien le llegó por correo el aviso de una infracción por mal estacionamiento -también sin la respectiva constancia- de febrero del año pasado; el hombre no negaba ni aceptaba la infracción, decía simplemente: “no recuerdo lo que comí anteayer y voy a acordarme de dónde estacioné el coche hace tantos meses y en una ciudad que no es la mía”.
En los últimos días un nuevo motivo de queja surgió en algunos sectores de la ciudad a causa de la exigencia de la comuna para que los frentistas arreglen las veredas que presentan un muy mal estado de transitabilidad. Está muy bien que el municipio atienda este problema, pero también debe asumir que en buena medida le caben no pocas responsabilidades. Desde esta misma columna se señaló en repetidas oportunidades el peligro que para los transeúntes representan los huecos de los antiguos medidores de agua, riesgo que ya le costara a la comuna la pérdida de un juicio. De esos avisos ha transcurrido mucho más de un año sin que se advierta reacción alguna en las autoridades.
Algunos vecinos destacan -y nos les falta razón- que muchos de los daños que se observan en las veredas se han originado en el manejo indebido del problema del agua por parte de la propia comuna. Hay lugares de la ciudad en donde las raíces de los árboles, ante la abundancia de agua en el subsuelo, han levantado buena parte del terreno circundante. En esas condiciones el arreglo de una vereda pasa a ser no sólo una inversión muy considerable sino también una cuestión a cargo de personas idóneas.
No está mal que la municipalidad haga respetar las normativas y aplique las sanciones correspondientes, pero estaría mucho mejor que, al mismo tiempo, asuma sus propios compromisos incumplidos que no son pocos tal como cualquiera puede ver con un somero recorrido por la ciudad.