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Escotes politizados

PONER EL PECHO

Frente a la doble moral machista que da cátedra de recato y sobriedad mientras censura unos escotes y auspicia otros, el feminismo sale a bancar los trapos. La falta de trapos, esta vez.
VICTORIA SANTESTEBAN
Sanna Marin (34) la primera ministra finlandesa más joven del mundo comenzó su carrera política a los 22 años como concejala del Ayuntamiento de Tampere. Fue vicepresidenta de la juventud Social Demócrata, se recibió de licenciada en Ciencias Administrativas, fue diputada y ministra de Transporte y de Comunicaciones. La prensa mundial ha destacado la femenización de la política de la mano de Marin, y su compromiso inclaudicable con la diversidad. «Los derechos humanos, la equidad y la igualdad de las personas han sido la base de mis concepciones morales» se autodescribe Sanna en su página web, a la vez que recuerda sentirse invisible durante su infancia, por no poder hablar abiertamente sobre tener dos mamás.
No obstante su trayectoria, preparación y gestión de avanzada, el blazer escotado que eligió para una entrevista, obnubiló a la platea misógina a la que se le iban los ojos y no pudo mantener contacto visual con la primera ministra. Sanna, acostumbrada a que su pasado como cajera de supermercado y haber sido criada en un hogar homoparental sean motivos de crítica, tuvo que, otra vez, poner el pecho frente a la estrechez -y maldad- mental. El escote del blazer como punto del regocijo fue considerado «inapropiado», Sanna fue ridiculizada, comparada con el canon de belleza hegemónico y se intelectualizó estúpidamente una pretendida relación de indirecta proporcionalidad de «a mayor profundidad del escote, menor credibilidad política». Hubo medios argentinos que titularon «Sanna atrevida» por su «osado escote». Claro que Sanna se atreve a mucho, no sólo a descartar trajes con olor a naftalina.
Frente a la doble moral machista que da cátedra de recato y sobriedad mientras censura el escote de Marin y auspicia otros, el feminismo sale a bancar los trapos. La falta de trapos, esta vez. La militancia 24×7 que no deja pasar una, viralizó el hashtag «ImwithSanna» (estoy con Sanna) con el que usuarias (y usuarios) de redes sociales de todas partes del globo se solidarizaron subiendo sus fotos con escotes, parando de pechito la pelota manchada de machismo.

Pecho en Argentina.
Por estos lares australes, también hemos sido testigos de la violencia contra las mujeres que salieron de casa para sentarse en bancas y en sillones del Poder Ejecutivo. Entre todas las críticas contra Cristina, sus elecciones de vestuario fueron lugar común donde pegarle. Rebrotó el mismo odio de clase y de género contra CFK con la idéntica saña con la que a Eva se le criticaba la falta de austeridad pese a jactarse líder de los descamisados.
Paradójicamente, cuando la expresidenta salió de calzas a dar un discurso, el veneno esquizoide arremetió contra la lycra: qué falta de decoro, de protocolo y de respeto, por mostrarse cómoda, despojada y jovial. Claro que cuando el varón aparece sin corbata y con la camisa desabrochada, como lo hemos visto al gran Pepe Mujica, la austeridad es elogiada como certificado de honestidad, de buen tipo. Es así como el deber de estar «arregladas, sobrias y de punta en blanco» opera sobre todas las mujeres, incluso si sos presidenta de la Nación.
El feminismo viene también a deschavar esos mandatos de sobriedad y puntillismo. El pasado sábado la intendenta de Quilmes, Mayra Mendoza (36) estuvo en C5N en calzas y zapatillas y hasta ahora no se escuchó al machirulaje devenido en crítico de moda, opinando sobre el estilo relajado de la intendenta, que además tiene tatuajes, el pelo cortito y por supuesto, usa pañuelo verde. Por suerte -en realidad, por el feminismo- el eco de los abucheos y silbidos al escote y la mini de Victoria Donda no aturden como antes.
En 2011, Victoria asumía como diputada nacional, pero su juventud, sus estudios, su trayectoria e historia, quedaron en segundo plano para la tribuna que babeó -y criticó- toda la piel que mostraba en el recinto. Victoria no tuvo la viralización de un hashtag que banque la banca. En vez de #EstoyConVictoria, el #SalteVickySalte fue el trending topic y luego se la bautizaría la «dipusex» o «la nena» de Binner. El machirulaje encendido estaba desconcertado no sólo porque una mujer joven llegaba al Congreso, sino porque además esa mujer osaba mostrar piernas y escote, en vez de disfrazarse de varón, con la camisa abotonada hasta el cuello.

Topless constitucional.
En febrero de 2017, la tranquila y familiar Necochea fue noticia nacional porque tres mujeres habían decidido hacer topless. Una cuarta amiga se sumó a desatarse la bikini cuando la bonaerense se llenó los borcegos de arena, exigiendo a estas mujeres que se taparan. Los policías con pobre interpretación constitucional, además de desconocer las leyes, no sabían que Mario Juliano era el juez de feria. Juliano, diría clarito -porque, entre tantas cosas, nos enseñaba que hay que usar lenguaje entendible porque eso también es acceso a justicia- «hacer topless no es delito». La pacatería policial y de algunos veraniantes había perdido frente a un juez que los mandó a leer otra vez las leyes, e invitó al Legislativo a reveer esos códigos de conducta -legado del gobierno de facto de Onganía- a los que declaró inconstitucionales. Ya extrañamos a Juliano, que el pasado 23 de octubre dejó este mundo, al que hizo un mejor lugar para todos y todas.

Pechos prohibidos y permitidos.
Mientras esas mujeres en Necochea eran amenazadas con ser apresadas por «inmorales», las revistas lucraron con fotos del topless de la modelo Sofía Clérici, en Punta del Este. El machismo, censurando y vendiendo los cuerpos femeninos, permite solo las tetas funcionales al capitalismo, las dolarizadas, las que se logran en quirófanos, las sexualizadas del porno (no las del porno feminista, claro) que reducen a la mujer a eso, a un par de tetas. Las tetas que quieren tomar sol en una playa, las que amamantan bebés, las que no entran en la única medida de corpiño comercializado por el canon de belleza hegemónica, las que asoman detrás de un blazer, esas son las «inmorales». Inmorales porque no son para consumo del varón. Inmorales porque recuerdan el olor a brassier chamuscado de los 60. Inmorales, porque caen con la gravedad, pero firmes, están tirando al que se va a caer.

*Abogada, magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.