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Esto se llama golpe de Estado

Es tan claro que lo que ocurrió en Bolivia es un golpe de Estado que deja expuestos a todos los que se pronuncian sobre él. Sin la actuación de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional el asalto al gobierno de Evo Morales no hubiera prosperado. Las primeras pidiendo la renuncia del presidente, y la segunda acuartelándose, primero, y luego sumándose a las hordas que saquean e incendian todo a su paso. Ni siquiera las viviendas particulares de Morales, las de sus funcionarios y familiares se salvaron de la violencia demencial que desató la derecha empresarial santacruceña.
El odio racial tuvo estos días en Bolivia una sólida hermandad con el odio revanchista de la clase propietaria, que nunca aceptó a un indígena en la presidencia. Y el hecho incontrastable de que ese gobierno fuera el mejor en la historia del país aumentó el rencor, porque los logros indiscutibles de la gestión de Morales tuvieron lugar a partir de una redistribución más justa de la riqueza nacional. Ese es el pecado capital cometido por Morales, eso es lo que no le perdonarán jamás los ricos bolivianos, los gobiernos de derecha del continente y el gran gendarme norteamericano.
Por estas razones en los grandes medios argentinos y latinoamericanos no se habla de golpe de Estado sino de «renuncia» y de «presiones». Lo mismo ocurre en los comunicados oficiales de los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Perú o Colombia, en perfecta sintonía con el pronunciamiento de la OEA. En cambio el presidente electo argentino, su vicepresidenta, los gobiernos de Uruguay, México, Venezuela y Cuba condenaron con claridad el golpe al igual que Lula da Silva en Brasil, Jeremy Corbyn en Gran Bretaña o Bernie Sanders en Estados Unidos. El Grupo de Puebla también sumó su enérgico rechazo al derrocamiento de Evo Morales.
Como se dijo al comienzo, la destitución del gobierno constitucional boliviano -que había aceptado volver a convocar nuevas elecciones- desnuda la hipocresía de los que se llenan la boca hablando de democracia, república e institucionalidad pero en los hechos reniegan con facilidad de sus palabras. Los países del Grupo de Lima, tan rápidos para atacar cualquier mínimo gesto del gobierno de Venezuela -en perfecta obediencia a la Casa Blanca- solo hablaron de «crisis política e institucional». El gobierno argentino se llevó las palmas del doble discurso: «período de transición que se ha abierto por las vías institucionales», dijo en boca del canciller.
Este golpe trastoca el tablero regional en un momento de tensión con masivas movilizaciones en Chile y Ecuador contra gobiernos neoliberales que no dudan en reprimir con extrema violencia, la reciente liberación de Lula en Brasil, la próxima segunda vuelta electoral en Uruguay y la inminente asunción de Alberto Fernández y Cristina Kirchner en Argentina. La larga mano de Washington está jugando sus cartas y con el paso de las horas se van revelando los movimientos subterráneos que vino ensayando en tierras bolivianas.
Como ayer Honduras, Paraguay, Brasil o Ecuador, hoy Bolivia nos muestra que la derecha neoliberal posee un amplio repertorio de recursos deplorables para voltear gobiernos progresistas legítimos.