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Estremecedores datos de una cultura violenta

Una nueva masacre a manos de un ciudadano ha vuelto a ensombrecer a los Estados Unidos. En menos de una semana al menos dieciocho personas han muerto en dos ciudades norteamericanas a manos de tiradores, inclasificables entre alienados o asesinos múltiples. El hecho es estremecedor pero en modo alguno insólito, ya que prácticamente todos los años ese país registra gran número de muertes colectivas a manos de uno o varios desequilibrados que, amparados en la facilidad de adquirir armas de guerra que hay en aquella nación, abren fuego en lugares públicos sobre blancos tan fáciles como inocentes, sin discriminación alguna sobre edad, sexo o condición. Sin hacer un conteo demasiado prolijo puede decirse sin temor a exagerar que en las últimas dos décadas han ocurrido en el país al menos medio centenar de sucesos de esas características.
¿Qué puede motivar la repetición -casi habitualidad- de estos hechos? La tesis de una esquizofrenia contagiosa es débil; algunos sociólogos, y también críticos de la nación del norte hacen notar la cultura violenta y guerrera que tiene el país. Los Estados Unidos de Norteamérica, práctica y efectivamente, han vivido en guerra desde su mismo origen, guerras, por otra parte, que bien podrían calificarse como de conquista y expansión, tal como pueden atestiguarlo varios de sus vecinos.
Un riesgo singular de ese carácter guerrerista es que en su mayoría ha tenido lugar en el exterior y nunca en su propio territorio, excepción hecha de la breve invasión de Pancho Villa a la ciudad norteamericana de Columbus, algo que la derecha estadounidense nunca perdonó. Sin embargo, ¿puede una muy frecuente acción guerrera exterior contagiar a cierto tipo de habitantes al punto de que se produzcan en el país matanzas tan frecuentes? Otro enfoque sociológico se inclina por la responsabilidad de esos actos en la mayoría de los medios de difusión del país -la televisión sobre todo- cargados de una violencia muy intensa.
Al respecto, el lector de esta hoja puede hacer una comprobación muy sencilla: observe las series foráneas, mayormente estadounidenses, que exhibe la TV local y comprobará el alto porcentaje de violencia que tienen en su mayoría, algunas francamente explícita y hasta morbosa.
Desde luego que esa actitud no es total ni compartida por toda la sociedad. Desde hace décadas una gran parte de la población norteamericana (especialmente la identificada con el Partido Demócrata) brega por una limitación a la compra de armas de alto poder. Vaya como ejemplo recordar que hasta no hace mucho era posible comprar un fusil de asalto por correo.
A esa postura que podría considerarse lógica, se oponen muchos y fuertes intereses, el más importante de ellos de parte de la Asociación Nacional del Rifle, férreamente opuesta a cualquier limitación que implique la enmienda constitucional que da a cualquier habitante del país el derecho de armarse para su propia defensa. Valga como argumento a tener en cuenta que esa institución, además de los miles de adherentes no explícitos, cuenta con alrededor de cinco millones de socios, muchos de ellos figuras muy populares.
Todas la especulaciones mencionadas (porque no van más allá de esa condición aunque constituyan argumentos serios) no alcanzan para comprender la actitud de esta gente -jóvenes muchos de ellos- al gozarse matando a tiros a gente inocente. Estremece saber que casi un tercio de las matanzas de esa clase que ocurren en el mundo suceden en territorio estadounidense.