Inicio Opinion Felices solsticios

Felices solsticios

DOMINICALES

Navidad. El momento del año en que más se intercambian deseos de felicidad. El tiempo en que existe un consenso casi unánime en reunirse, celebrar y disfrutar. ¿Qué puede salir mal? Y si embargo, los niños lloran por el regalo equivocado. Los adultos se van a las manos por alguna grieta política o familiar. Los sistemas digestivos se estragan por una dieta obligatoria, diseñada para el invierno. ¿Por qué, pese a las buenas intenciones, nos cuesta tanto disfrutar estas fiestas?

Confuso.
Convengamos en que la narrativa oficial de la Navidad es, cuando menos, confusa. Primero está la cuestión de que el bebé es hijo de Dios, quien, llevando a un extremo el concepto de «padre ausente», ni siquiera estuvo presente en el momento de la concepción, ya que envió a un ángel para inseminar a María. El que está en el pesebre, José, es el sufrido padre putativo (de cuyas iniciales, PP, proviene el apodo «Pepe» con que se flagela a todos los Josés del mundo).
Después están los Reyes Magos (en inglés les llaman «Los Tres Sabios», que probablemente tenga más sentido), seguidores de estrellas fugaces o de ovnis, que llegan a Belén con sus ofrendas. Seguramente eran sabios, pero no sabían mucho de puericultura: ¿para qué precisa mirra o incienso una parturienta? ¿No hubiera sido mejor caer con óleo calcáreo, o mejor aún, con una buena provisión de pañales descartables?
Hay que reconocerles, de todos modos, que de los tres había uno negro, lo que demuestra que en tiempos de la Biblia el cupo racial funcionaba mejor que en la Hollywood actual. (En honor a la lucha contra el racismo, evitaremos en esta columna los chistes del tipo «¿Cuál de los tres Reyes Magos instaló un equipo de audio en su camello?»).
Para completarla, ahora aparece este personaje psicodélico, llamado Papá Noel o Santa Claus, cuya aparición histórica es muy posterior al nacimiento de Jesús. De hecho, es una especie de travesti: nació como San Nicolás en la Grecia medieval, luego ganó fama en Alemania, para terminar hoy convertido en un modelo publicitario de la Coca-Cola, que fue quien diseñó su actual atuendo rojo. Para completarla, maneja un ecológico trineo volador, tirado por renos, y aparentemente jamás sufre de insuficiencia renal.

Contramano.
En realidad, como casi todas las fiestas religiosas actuales, la Navidad es una reconversión de una antiguas fiesta pagana, dedicada a celebrar el solsticio de invierno. Este procedimiento de apropiación cultural, denominado «sincretismo», permitió al cristianismo mimetizarse con creencias ya existentes en los pueblos convertidos (en realidad, conquistados) como ocurre por ejemplo con las deidades del Candomblé africano. Según este procedimiento, supuestamente la sensual diosa marina Iemanjá es lo mismo que la insulsa Virgen católica.
La idea de festejar el solsticio de invierno como un momento de nacimiento y renovación -que no por nada coincide con la fiesta del año nuevo- tiene mucho sentido si se la entiende como una metáfora de la vida, aplicada al ciclo anual. El año nace en ese día oscuro, corto y frío, para avanzar luego al esplendor juvenil del verano, y desde allí apagarse lentamente para renacer de nuevo.
No es broma: las estaciones ocurren porque la Tierra, como la mayoría de los planetas, no gira perfectamente derecha: tiene una «inclinación axial» de 23,5 grados (Urano, en comparación, gira inclinado a 98 grados). Esto permite moderar la exposición al sol, y hace que las estaciones sean suaves y breves. En Urano, en cambio, un invierno implica oscuridad absoluta, y puede durar décadas. ¡Vaya trastorno afectivo estacional que deben sufrir los uraninos!
Como se ve, nuestra relación ambigua con la Navidad-Fiesta del Solsticio podría estar relacionada con que el hemisferio sur está a contramano: se nos impuso celebrar el nacimiento, cuando nuestra estación es precisamente la contraria en términos biológicos. Nuestra indigestión no es sólo gastronómica.

Juego.
Es un poco tarde, quizá, para proponer un giro copernicano y empezar a celebrar la Navidad en invierno. Aunque tal vez sería saludable revisar el menú, y guardar los turrones para julio.
O quizá sería mejor entender esta fiesta como lo que es, un gran juego al que se dan las familias con niños pequeños. No porque consigamos embaucarlos con todos estos cuentos, sino porque necesitamos de su inocencia.
O, como mejor lo dijo Claude Lévi-Strauss: «No es sólo para burlar a nuestros niños que los entretenemos con la creencia de Papá Noel: su fervor nos reconforta, nos ayuda a autoengañarnos y a creer que, ya que ellos creen en él, un mundo de generosidad sin contraparte no es absolutamente incompatible con la realidad. Y sin embargo los hombres mueren; jamás volverán; y todo orden social se aproxima a la muerte: se apodera de algo contra lo cual no da equivalente».

PETRONIO