Inicio Opinion Femicidios en el country y en la villa

Femicidios en el country y en la villa

UNA CUESTION DE GENERO

El varón rico y el que no lo es coinciden en un machismo que los hermana, que celebra pactos a pesar de las grandes diferencias socioeconómicas.
VICTORIA SANTESTEBAN
El sábado, el empresario Jorge Neuss mató a su mujer Silvia Saravia de un disparo. El femicidio de Silvia recordó el de Claudia Schaefer en manos de su ex, el también empresario Farré, ocurrido en el mismo country de Pilar en 2015. Neuss, el empresario que en los noventa se codeaba con el poder, se suicidó luego de gatillar contra su esposa. Silvia era amiga de María Marta García Belsunce, también asesinada en 2002 en un country de Pilar.
Mientras Silvia es asesinada en uno de los lugares más exclusivos del país, en una Jujuy tan lejos de las oficinas de Dios, en siete días, cuatro mujeres fueron víctimas de femicidio: Cesia Reinaga, Iara Rueda, Roxana Mazala y Gabriela Cruz. En San Pedro de Jujuy se encuentra desaparecida desde el lunes una adolescente, y otra mujer, Berta Luz Jaramillo llegó sin vida al hospital luego de una discusión de pareja, pero la justicia jujeña determinó que no fue femicidio.

La vista gorda.
Al cuerpo de Silvia Saravia lo encontró su hijo; las empleadas domésticas lo llamaron al forcejear sin éxito su habitación. Roxana Mazala salió a las calles jujeñas junto con el Movimiento de Trabajadorxs Excluidxs a marchar pidiendo justicia por Iara Rueda, y de regreso a casa su marido la asesinó para luego suicidarse. A Iara la encontraron entre los yuyos de un terreno de Palpalá. A Cesia Reinaga en un tanque de un ex matadero municipal de Abra Pampa. A Gabriela Cruz en las serranías de Zapla. A unos pocos kilómetros, en enero de este año Pamela Chosco fue encontrada «ahogada» y si bien la familia alertó que sufría violencia de doméstica, la causa se archivó como «muerte accidental». Las movilizaciones masivas del pueblo jujeño ante las desapariciones espeluznantes de mujeres son reprimidas por la policía, mientras el Poder Judicial hace la vista gorda, el secretario de seguridad Ekel Meyer culpabiliza a Roxana por haber vuelto con su pareja y Gerardo Morales, a lo caudillo con aires de patrón de estancia, no acusa recibo y mantiene a Milagros Sala tras las rejas. Jujuy reporta la tasa más alta de femicidios del país en lo que va del año, con 2 femicidios cada 100.000 mujeres, y ya suman 11 asesinadas.
Que el femicidio de Silvia Saravia haya ocurrido en un barrio cerrado de la nariz parada zona norte de Buenos Aires, mientras Jujuy se moviliza por los once femicidios en lo que va de 2020, viene a recordar que la violencia machista no distingue clases sociales ni geografías. No tiene raza, religión, ni color, como cantaba Rodrigo, sino que se inmiscuye en cada rincón del país y del planeta. De Usuahia a La Quiaca, al norte y al sur, al este y al oeste del planisferio. Se cuela en galas pomposas de los ricos y famosos, en las bailantas del conurbano, en fiestas electrónicas y en los bailes del pueblo.

Gente como uno.
Femicidios como el de Silvia Saravia generan más escozor en cierto sector social que se identifica con la gente del country, sea por pertenencia de clase o por mera admiración y aspiraciones personales de resucitar entre los piojos. Entonces, se les escucha preocupados de que «gente de bien, gente como uno» cometa las atrocidades que -creen o quieren creer- pasan sólo en las casitas que da el Estado gracias a la plata de los impuestos (que muchos evaden). En este sentido, el femicidio de Silvia Saravia produce lo que el emblemático caso de María da Penha en Brasil: un profesor universitario y economista -Heredia Viveros- que atenta dos veces contra la vida de su mujer, hasta dejarla parapléjica. Dada la vergonzosa actuación de la justicia brasilera el caso se convirtió en el primero de violencia doméstica en ser tratado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos -y el primero en el que se aplicó la Convención de Belém do Pará- y concluyó responsabilizando al Estado brasilero por omisión, negligencia y tolerancia de la violencia doméstica contra las mujeres. El caso motivó también la sanción de la ley «María da Penha» de 2006, que agravó la pena para los casos de violencia de género.
Los femicidios perpetrados por empresarios que viven en la opulencia, por varones a los que tanta gente insiste en llamar «de bien», viene también a desmitificar esto de que la violencia en general y la violencia de género en particular, es patrimonio exclusivo de los pobres y villeros. Al sector que traza la frontera entre la civilización y la barbarie en el portón del country, los femicidios en pleno barrio cerrado le hacen tambalear la teoría clasista. El rico y el que no tuvo la suerte, coinciden en un machismo que los hermana, que celebra pactos a pesar de las diferencias.

Lo sufrimos todas.
El sistema penal, apuntando a las villas y buscando enemigos a neutralizar, encuentra en el villero el blanco fácil para expiar todos los males sociales, la violencia de género incluida. La mujer víctima de este varón corre riesgo de femicidio y de no tener real acceso a la justicia, en caso de que el juez o jueza insista en esquivar la 26.485, la convención de Belém do Pará y las capacitaciones de la Ley Micaela. Además, la falta de un apellido de alcurnia hará que a esa justicia -como la jujeña- no le tiemble la mano al firmar sentencias que dicen que aquí no pasó nada, que no hubo femicidio, que fue un accidente.
Y al otro extremo de la pirámide que nunca derrama, la mujer víctima del varón de élite tendrá que hacer frente al machismo, pero también a la impunidad reforzada del poderoso, que tiene amigos en la comisaría, en tribunales y en el Congreso. De esta forma, al patriarcado lo sufrimos todas, con intensidad variable, en sus distintas modalidades, con más o con menos letalidad, pero opera al fin y dolorosamente contra cada una por nuestra sola condición de mujeres.
En Argentina, una mujer es víctima de femicidio cada 29 horas. Ni el barrio cerrado con cámaras de seguridad en cada esquina la protege de la violencia patriarcal. Paren de matarnos. Paren de continuar perpetuando las desigualdades, la opresión. Paren de no querer ceder sus privilegios cómodos de varón. Nos cansa y nos harta tenerles miedo, nos duelen las desapariciones. Nos hierve la sangre ante la impunidad del patriarcado recargado, que con hambre de venganza esta semana se cobró cinco nuevas víctimas. Seguimos diciendo Ni una menos.

Abogada. Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.