Fidel conmovió al mundo y dijo adiós en Santiago de Cuba

"QUE TIENE FIDEL, QUE LOS IMPERIALISTAS NO PUEDEN CON ÉL"

El comandante en jefe, sus cenizas en rigor, encabezó otra Caravana de la Libertad, desde La Habana hasta Santiago de Cuba, con muchas paradas y homenajes de un pueblo que lo quiso como a un padre y un líder extraordinario.
EMILIO MARÍN
Todos los hombres han de morir, como ley de la vida. Mao Tsé tung escribió que morir al servicio del imperialismo tenía menos peso que una pluma y que morir al servicio del pueblo tenía más peso que las montañas Taishán. Parafraseando al líder de la revolución china, el deceso de Fidel Castro tiene más peso que el monte Turquino y Sierra Maestra juntas. Su vida de 90 años estuvo orientada a servir a su país, última perla del colonialismo español contra el que se levantaron Carlos Manuel de Céspedes y José Martí, y contra el imperialismo yanqui, que personalmente batió al frente de los barbudos.
Fidel murió el 25 de noviembre de 2016 a la noche. El cronista remarca esa data porque deja en ridículo a quienes desearon su muerte y aún la prepararon de muchas malas maneras en décadas anteriores.
El mal vecino ubicado a 90 millas, en La Florida, organizó 638 intentos de asesinato, según documentó en 2010 la producción televisiva cubana “El que debe vivir”, dirigida por Rafael Ruiz Benítez. Esos planes fueron frustrados por la seguridad del Estado, las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el pueblo cubano.
Esos planes criminales provenían de la CIA y algunos de sus miembros que pertenecían a la mafia cubano-americana. Es la misma gente -bueno, gente es mucho decir- que dio sustento a la victoria de Donald Trump en los comicios y que festejó ignominiosamente en Miami la muerte del líder cubano.
Otro que pertenece a las mismas cofradías y quedó desairado por la realidad y Fidel fue Andrés Oppenheimer, dizque periodista y escritor del Miami Herald y que publica en pasquines del Grupo de Diarios de América, afiliados a la Sociedad Interamericana de Prensa. Oppenheimer publicó en 1993 su libro “La hora final de Castro”. Fue una hora que duró 23 años, lapso durante el cual el marcado para morir en forma inminente siguió protagonizando victorias.

Razón del odio
Para graficar una de esas victorias estelares, se puede recordar la visita del cubano a Buenos Aires para la asunción de Néstor Kirchner y el discurso que pronunció en la Facultad de Derecho de la UBA. El cronista, que había sido invitado por la embajada de Cuba, advirtió a los diplomáticos que si hablaba Fidel iba a reunirse una multitud y que el Aula Magna sólo tenía capacidad para mil personas. “Si queda alguna gente afuera se pondrán unas pantallas” se le contestó. El resultado es conocido: decenas de miles de concurrentes obligaron a que el acto se hiciera en las escalinatas de la facultad. Allí, el 26 de mayo de 2003, Fidel dijo: “si me preguntara alguien por qué sentí gran satisfacción y júbilo cuando llegaron las noticias de un resultado electoral en nuestra queridísima Argentina [aplausos], fíjense, hay una razón muy grande: lo peor del capitalismo salvaje, como diría Chávez, lo peor de la globalización neoliberal es que el símbolo por excelencia, y no menciono un nombre y nadie puede quejarse, a no ser que alguien se sienta símbolo de lo que digo, mi opinión, una de las cosas extraordinarias que el símbolo de la globalización neoliberal, ha recibido colosal golpe. [Ovación.] Ustedes no saben el servicio que nos han prestado a América Latina y el mundo, al hundir en la fosa del Pacífico, que tiene como 8.000 metros de profundidad, el símbolo de la globalización neoliberal que ha insuflado tremenda fuerza al número creciente de personas que han ido tomando conciencia en toda nuestra América sobre qué cosa tan horrible y fatal es eso que se llama globalización”.
Fidel alentaba a los pueblos a profundizar la resistencia al neoliberalismo. Sus críticos, de la SIP y la derecha política regional, habían estado hasta 2003 bien pegados a ese menemismo que se hundía en la fosa del Pacífico. El festival de hambre, desocupación, pobreza, privatizaciones, deuda externa, injerencia del FMI y el Banco Mundial, la represión a la protesta social, los “lamebotas yanquis” y el “fin de la historia” fracasaban completamente.
Esos valores neoliberales otra vez levantan cabeza en Argentina y nuestra América. Aunque ya no esté físicamente el cubano, se puede releer su discurso para volver a poner en el Pacífico a los nuevos íconos del neoliberalismo. Eso requiere actualización y datos frescos de la realidad. Es que Fidel fue un gran maestro y nada dogmático; un estudioso, preguntón, buscaba las fuentes y tener más de una opinión sobre el mismo tema.

“Yo soy Fidel”
Los nueve días de duelo decretados en Cuba mostraron el inmenso dolor de la abrumadora mayoría de ese pueblo por la pérdida del comandante.
Eso sepultó la mentira mediática pro-norteamericana tan al gusto de Clarín y La Nación, sobre “el dictador”. Cuando muere un dictador hay alivio en multitudes, como cuando falleció en su celda el genocida Jorge Rafael Videla, al que ningún cementerio aceptaba recibir y fue inhumado de incógnito.
En cambio cuando muere un libertador de pueblos y de la sociedad socialista, como Fidel, hay un mar de lágrimas. Se forma un tsunami colectivo no en un punto limitado sino en todo el inmenso lagarto verde, con réplicas en el mundo.
Lenin, Mao, Ho Chi minh, Ernesto Che Guevara, Salvador Allende, Juan D. Perón, Nelson Mandela, Néstor Kirchner, Hugo Chávez y ahora Fidel eran personajes distintos entre sí, como los procesos políticos que dirigieron, unos revolucionarios jacobinos o bolcheviques y otros reformistas o apenas progresistas. Pero tuvieron en común la conmoción y el auténtico dolor de multitudes. Nadie obligó a millones en Cuba firmar el compromiso con la revolución que Fidel definió en el año 2000. Nadie tomó lista de quién iba y quién era renuente a rendirle homenaje. No hubo dictadura del proletariado que dijera qué debía hacerse en el duelo. Fue un sentimiento dictado por la conciencia y el honor, de hombres y mujeres, con mucha juventud y niños que se pintaron en el rostro “Yo soy Fidel”.
En ese compromiso de la juventud se juega el futuro de la única revolución socialista del hemisferio occidental. La vieja generación revolucionaria está extinguiéndose, como la vida biológica de Fidel. Éstos son los momentos claves donde el imperialismo y el capitalismo bregan el doble para que esos procesos pongan la reversa como se llama ahora, la restauración del capitalismo, como se decía antes.
En esos rostros doloridos pero determinados a continuar con el legado de Fidel radica la esperanza de que Cuba no se convierta en una Little Havana en Miami.
La tan vituperada izquierda tiene emblemas como Che y Fidel, además de los 30.000 desaparecidos. ¿Cuáles son los de la derecha? ¿Antes María Julia Alsogaray y Carlos Menem? ¿José A. Martínez de Hoz y Domingo Cavallo? ¿Videla, Emilio E. Massera y Luciano B. Menéndez? ¿Los millonarios Mauricio Macri y Donald Trump? ¿Héctor Magnetto y los apropiadores de Papel Prensa? ¿Mirtha Legrand y Susana Giménez?
Sin ofender a nadie, los emblemas revolucionarios son mucho mejores y más convocantes, a la hora de la vida y también cuando les llega la muerte. Los cortejos fúnebres sumados de los 11 presidentes norteamericanos que pasaron por la Casa Blanca en simultáneo con la revolución cubana, no podrán competir con la Caravana de la Libertad. Ni con la de 1959, del 2 al 8 de enero de ese año, ni con la segunda, la que en estos cuatro días llevó a Fidel desde La Habana a Santiago de Cuba pasando por trece provincias.

Imperio no aprende
Cuando Estados Unidos sufrió el atentado terrorista del 11 de setiembre de 2001, el presidente cubano ofreció sus aeropuertos y rutas aéreas, ayuda hospitalaria y dio sus condolencias. La bestia texana que gobernaba ni gruñó.
Cuatro años más tarde, cuando el huracán Katrina y las inundaciones en Nueva Orleáns, Fidel volvió a tender su mano a EE UU, ofreciendo la brigada médica internacionalista “Henry Reeve”. No era algo excepcional porque hay 50.000 profesionales de la Salud que han prestado ayuda en 120 países, pero sí muy sintomática porque era un gesto a la potencia que venía bloqueándolos desde febrero de 1962. El mal vecino volvió a decir que no.
Fidel falleció y la embajada estadounidense en el Malecón fue la única que no puso su bandera a media asta. El gobierno yanqui no se hizo presente en la ceremonia de la Plaza de la Revolución con cien delegaciones oficiales del mundo. Peor aún, Trump calificó al muerto de “brutal dictador” y amenazó con que si Cuba no procede a una apertura política anulará los acuerdos firmados por Barack Obama.
El imperio no aprende. Fidel le ganó en Sierra Maestra en 1959, en Playa Girón en 1961, en la crisis de los misiles en octubre de 1962, en la “Operación Carlota” en Angola, con Cuito Cuanavale y la victoria sobre el apartheid; en el período especial de los ’90, en la ONU por el bloqueo, en la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra, en la defensa del Medio Ambiente, en la creación del ALBA con Chávez y en la Batalla de Ideas.
Fidel no estará físicamente, pero -como el Cid Campeador- puede ganar batallas después de muerto. Un sólo factor podría afectarlo: si el pueblo cubano destruyera el socialismo, como advirtió críticamente en su discurso de la Universidad de la Habana en 2005. Por el inmenso amor tributado en estos días, eso no va a ocurrir. El hombre seguirá montado e invicto, viendo mucho más lejos que el común de los mortales.