Fin de año recargado en medio de tensiones políticas y económicas

Hay actualmente una nueva relación de fuerzas políticas en la Argentina y el gobierno está en el centro de ellas, aunque luego de la Ley Antiterrorista y las declaraciones antiobreras, se nota un sesgo a derecha.
Eduardo Lucita*
El año termina con la inauguración de un nuevo período gubernamental, caracterizado por la ausencia de oposición efectiva y la concentración del poder político en la figura presidencial. Sin embargo concluye también en medio de tensiones político-económicas y preocupaciones sociales.
Efectivamente los resultados electorales han dado un triunfo arrasador del Frente para la Victoria, no solo por la magnitud de los votos alcanzados, también porque no aparece una segunda fuerza con posibilidades ciertas de ser una oposición efectiva en lo inmediato.
La derecha política ha quedado en un grado de debilidad y dispersión que habría que rastrear en la historia para encontrar un momento similar. La embrionaria centroizquierda por el momento no es más que un proyecto aún difuso que tendrá que resolver diferencias internas antes de proyectarse con algunas posibilidades. La izquierda anticapitalista expresada en los partidos o en los movimientos sociales, tiene expresiones en los conflictos pero por ahora no pesa en el escenario político más general.

Nueva relación.
Tamaño triunfo dio por efectivamente cerrada la crisis abierta en el 2008 mientras que las distintas fracciones del capital se han reposicionado políticamente. Hay ahora una nueva relación de fuerzas políticas y el gobierno está en el centro de ellas, aunque luego de la Ley Antiterrorista y las declaraciones antiobreras el sesgo a derecha es inocultable.
Apoyado en la mayoría parlamentaria emprendió una fuerte ofensiva tendiente a aprobar rápidamente diversos proyectos de leyes que en general le permiten un mayor manejo de la situación financiera. Sin embargo la transición de un gobierno a otro, en realidad de la formalidad del mismo gobierno, estuvo tensionada por la fuga de divisas -que sin explicación aparente sumó unos 18.000 millones de dólares en el mes, alcanzando un total de 80.000 en los últimos años-; las crecientes dificultades en la cuenta corriente -ingreso y salida de divisas- y la quita de subsidios -un ajuste fiscal cuyo impacto real resta por evaluar, aunque nadie duda que se hará sentir entre sectores de la clase trabajadora y media de la sociedad-.
No obstante lo que ha galvanizado la situación política han sido, por un lado los discursos de la Presidenta -en la 17ª Conferencia de la UIA y en el de asunción del nuevo mandato- y la pensada y estructurada, tal vez como nunca antes, réplica del secretario general de la CGT, en el acto de Huracán. Y por el otro la sanción de la Ley Antiterrorista, una aberración jurídica impuesta por el GAFI (Grupo de Acción Financiera Internacional), que habilita la represión social, y una abdicación de soberanía frente al Departamento de Estado de Estados Unidos que la exige a los “países amigos”. Qué regalo navideño.

Capital y trabajo.
Lo que presidió ambas intervenciones presidenciales ha sido el pasaje de la nunca explicitada “profundización del modelo” a la “sintonía fina”. Para una retórica presidencial nada vacía no se trata de un mero cambio semántico. Tendrá consecuencias y es claro que en esta decisión pesa la crisis mundial, cuyo epicentro es ahora Europa, pero de la que ningún país está blindado.
El ajuste de costos pedido a los empresarios forma parte de esa nueva sintonía que busca recuperar niveles de competitividad sin retocar demasiado el tipo de cambio, necesita también un acuerdo de precios y salarios -tope a las paritarias incluido- que no supere el 18-20 por ciento y avanzar en la sustitución de importaciones. El pedido de mayores inversiones, que amplíen la capacidad productiva, completa el ideario neo-desarrollista del gobierno. Las descalificaciones y amenazas de condicionar el derecho de huelga constituyen una ofensiva sobre los trabajadores y sus sindicatos, independientemente de quienes los dirijan. No es la primera vez, pero esta sonó demasiado en consonancia con la sintonía fina reclamada a los empresarios.
La réplica de la CGT, más allá de los contenidos políticos al interior del PJ, se centró en levantar un verdadero pliego de reivindicaciones obreras. La legitimidad de estos reclamos es innegable y fue coronada con una defensa del derecho de huelga. No son “extorsivas ni chantajean”, de lo que se trata es de que “la crisis no la paguen los trabajadores… que la paguen los empresarios, los banqueros y los grupos de poder”.
Este conflicto, que como tantas otras veces se da al interior del peronismo, expresa deformadamente la contradicción entre los irreconciliables intereses del capital y el trabajo. Y más allá de que logren encausarlo, esto será solo momentáneo, reaparecerá una y otra vez.

Trazos gruesos.
Los procesos de acumulación y reproducción de capitales suelen encontrar barreras que traban su desarrollo, aunque decisiones de política económica pueden removerlas. En esta línea se inscribe la política de la sintonía fina, pueden sumarse una nueva Ley de Entidades Financieras; la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y hasta la Ley de Inversiones Extranjeras.
Ahora, pueden superase las barreras pero no los límites, que en todo país con un desarrollo dependiente y deformado de sus fuerzas productivas condicionan la acumulación del capital y el desarrollo. Estos límites se expresan en la presión imperialista y sus intereses confluentes con la gran burguesía local, mientras que la globalización hace imposible una vuelta atrás del sistema, a los dorados años del período 1945-1975 que dieron origen al desarrollismo y sus variantes.
El neo-desarrollismo actual nació de las entrañas del neoliberalismo y encuentra allí sus propios límites. Superarlos implica avanzar en trazos gruesos. Afectar en distinto grado los intereses del bloque de clases dominantes. Esto requiere de decisiones en el marco de la economía política. Se trata de la intervención del Estado impulsada y condicionada por un fuerte protagonismo social, sea en el comercio exterior; en el sistema bancario; en la recuperación de la renta petrolera y del sistema ferroviario; en la reorganización de la producción agraria; en el control de la estructura de costos de las formadoras de precios; en la reducción de la jornada laboral… Este conjunto incompleto de medidas darían mayor fortaleza y autonomía para replantear el problema -no menor y vigente- de la deuda. Investigarla y auditarla, separando la parte legítima de la ilegítima, tan inmoral como impagable.

Centralidad del trabajo.
Nada de esto puede esperarse del bloque de clases dominantes, sus intereses no pasan por el desarrollo nacional con inclusión social, sino por la maximización de las ganancias. Por el contrario el fuerte crecimiento económico de los últimos ocho años ha repuesto -si es que alguna vez la hubiera perdido- la centralidad del trabajo en nuestra sociedad y es desde allí que los trabajadores y los sectores populares pueden aportar soluciones.
Hay antecedentes en nuestra historia, no se trata de replicarlos como letra muerta, sino de recuperarlos en clave actual. La crisis mundial y los propios límites del modelo obligarán en algún momento a poner en discusión esos trazos gruesos. Suele decirse que la crisis es también una oportunidad, tal vez el año que esta por comenzar nos la brinde.
Que en el 2012 renovemos la esperanza. Felicidades.

*Integrante del colectivo EDI-Economistas de Izquierda.