Francisco: tres días que impresionaron al mundo, sin cambiarlo

EMILIO MARÍN
El Papa cerró una gira de tres días por Jordania, Palestina e Israel. En esas jornadas tuvo gestos a favor de la paz. Se movió con la habilidad de un equilibrista, impresionando a la opinión pública mundial. Obviamente la paz sigue lejos.
Si la memoria no falla, éste fue el segundo viaje internacional de Jorge Bergoglio, que es Francisco, tras el debut del año pasado en Río de Janeiro, con gran impacto en la juventud. Comparado con ése, el que lo llevó a Medio Oriente fue muchísimo más complejo por las circunstancias políticas y religiosas, y el conflicto tan prolongado entre palestinos e israelitas (léase, de dirigentes israelitas contra el pueblo palestino y la parte de ciudadanos israelitas que quiere convivir con éste).
De allí que esa excursión fue preparada con mucha antelación y abundantes discusiones de las cancillerías de los países involucrados, en particular el gobernado por el premier Benjamin Netanyahu. Éste no quería dejar detalle librado al azar, temeroso que los oprimidos palestinos sacaran alguna ventaja política.
A su vez el Vaticano, nobleza obliga, no deseaba quedar pegado a Israel -visto como el agresor por la opinión internacional- ni tampoco aparecer muy próximo a la Autoridad Nacional Palestina de Mahmud Abbas, el eterno postergado en esta confrontación. Aunque las religiones hablen de una opción por los pobres y los débiles, en general a sus popes no les gusta apostar al perdedor…
Ese cuadro de situación explica las prevenciones de todas las partes, para que el Papa no pudiera ser exhibido como trofeo de nadie. La equidistancia, que le llaman, debía quedar inmaculada.
Cabe destacar la audacia política, o la valentía, del Pontífice, por haber aceptado realizar esa incursión a un terreno muy peligroso. Allí había capotado el 24 de abril el enésimo intento norteamericano de una negociación entre la ANP y el gobierno israelí. Había comenzado con poco aire en julio de 2013 y terminó expirando un mes antes que arribara el Papa. Llegar en ese momento a ese un sitio tan problemático requería una elevada voluntad política y el viajero demostró tenerla.
De su viaje se debería analizar lo que dijo e hizo en Jordania, Palestina y finalmente en Israel, más la conferencia de prensa en el avión de regreso a Roma.

Bien en Amman.
El sábado 24 de mayo Bergoglio llegó a la capital de Jordania, donde tuvo reuniones con el rey Abdullah II y la reina, para posteriormente dar misa ante 40.000 personas en el Estadio Internacional de Amman.
Allí puso énfasis en la necesidad de la paz en Siria. “Es necesaria una solución pacífica para Siria”, pidió. Elogió a las autoridades jordanas por haber recibido en los últimos años a centenares de miles de refugiados de países limítrofes, sobre todo sirios, palestinos, libaneses e iraquíes.
El Pontífice ratificó así su correcta oposición a la guerra que envuelve a Siria, promovida por Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, incluidas Turquía y monarquías del Golfo. Días atrás Barack Obama manifestó que no está dispuesto a embarcarse con tropas propias en ese conflicto, pero ratificó su intervención y apoyo logístico y armamentista a los “rebeldes”. Entre éstos hay grupos fundamentalistas integrantes de Al Qaeda.
La prédica de Francisco por la paz en Damasco es positiva. Claro que de allí a adjudicarle que por él no hubo intervención armada de la OTAN, como lo hacen algunos panegiristas suyos, media gran distancia. El columnista de “La Nación”, Joaquín Morales Solá, escribió allí el 27 de mayo: “su objeción moral a esa guerra y el arribo de nuevos acontecimientos en Siria terminaron obligando a las naciones occidentales a frenar en seco la invasión”.
El cronista, en cambio, cree que lo decisivo en la frustración de esa invasión fue la iniciativa de Rusia y China, de persuadir a Bashar Al Assad para desprenderse de sus armas químicas y quitar el argumento invasor a EE UU.

Mejor aún en Belén.
El domingo 25 el Papa llegó en helicóptero a Belén, en la Cisjordania gobernada por Abbas, directamente desde la capital jordana. De ese modo no tuvo que pasar por Israel, una sutil manera de darle mayor reconocimiento al estado palestino. No fue un detalle sino un aspecto diplomático bien pensado y mejor ejecutado.
Allí produjo lo mejor de su viaje, por el contenido de sus palabras favorables al sufrido pueblo palestino, en la iglesia de la Natividad de Belén; en su visita al campamento de refugiados Dheisheh dialogando con niños palestinos y en el almuerzo con grupos seleccionados por el gobernante Al Fatah que les relataron sus sufrimientos por la ocupación sionista.
De esa estadía en la ciudad tan asociada a Cristo, que habría nacido allí, sobresalieron dos iniciativas. Una fue la que tuvo más difusión mundial: la invitación a orar por la paz entre líderes palestinos e israelitas, rápidamente aceptada por el presidente anfitrión, Abbas, y por el de Israel, Shimon Peres, presentes en la Plaza del Pesebre.
Ese convite había sido consultado de antemano con los dos líderes porque instantánea fue la aceptación y la fecha de tal oración. Será el 6 de junio próximo en el Vaticano.
En una coyuntura donde, como quedó dicho al comienzo, la negociación de paz fue abruptamente interrumpida por Netanyahu con la excusa de la reconciliación de Al Fatah con Hamas, la invitación de Francisco vino a llenar esa ruptura de los diálogos.
Se puntualizó que no habrá en el Vaticano una negociación bilateral con un mediador sino una oración religiosa conjunta, pero ésta supone una jugada política favorable a la reanudación de las negociaciones. Fue un gesto para la paz, un objetivo muy distante por impedimento del sionismo.
La otra jugada, memorable y valiente, fue cuando Francisco venía en auto hacia la plaza del Pesebre en Belén y ordenó detenerlo frente al muro de la vergüenza, que Israel construye hace diez años en perjuicio de los palestinos de Cisjordania. El Papa se bajó, apoyó su cabeza sobre esa pared donde había pintada una consigna de “Palestina libre” y oró unos minutos. Fue lo mejor de todo el viaje.

¿Teoría de los dos demonios?
El lunes 26 el visitante estuvo en Jerusalén, donde cumplió entre otros con el cometido supuestamente principal del periplo, de reunirse con el patriarca de Constantinopla, Bartolomé, máximo líder de la Iglesia Ortodoxa. Se cumplían 50 años de otro encuentro memorable entre las cabezas de las dos ramas cristianas, en ese lugar.
Sin negar la importancia de ese evento, a la luz de todo lo ocurrido este no debería ser catalogado como lo central de esos días. Fue un buen complemento…
El viajero fue al lugar sagrado del judaísmo, el Muro de los Lamentos, e introdujo su papelito en una grieta. Visitó al muftí o autoridad islámica de la Explanada de las Mezquitas. Y estuvo en el Cenáculo, lugar de culto para los católicos porque allí habría cenado Jesús con sus apóstoles; al sitio lo disputa la religión judía pues dice que en la planta baja estaría la tumba del rey David. Eso da lugar a pleitos entre el Vaticano e Israel por la administración de ese ámbito, aunque las mayores fricciones no fueron por eso sino por cuestionamientos a lo actuado por el Papa a su paso por Belén.
Netanyahu le habría reprochado sus rezos ante el muro del apartheid, como lo conoce el mundo y lo deploró la Corte Internacional de La Haya en su fallo irrespetado por Tel Aviv. El líder derechista del Likud defendió el muro y aseguró que había evitado muchas muertes israelitas al frustrarse atentados palestinos. Tras eso lo invitó al Papa a visitar lugares que recuerdan a esas víctimas y éste aceptó ir, compungido, como si la violencia de los israelitas desde 1948 y especialmente 1967, cuando ocuparon Jerusalén oriental, Cisjordania, Gaza, alturas sirias del Golán y el Sinaí egipcio fuera la misma que la de la parte oprimida (aún con la salvedad importante de que una cosa es atacar a una patrulla militar israelí y otra poner una bomba en un bar o un colectivo contra civiles).
El Papa hizo otros gestos para los judíos, como ir al museo del Holocausto, con una buena dedicatoria relacionada con el Nunca Más, y una cuestionable ofrenda floral en la tumba del fundador del sionismo, Theodor Herzl.
De Peres dijo que llegaba a la casa de “un hombre bueno”. Puede serlo con el rasero suyo y del Comité Nobel, que no es el de los palestinos. Estos lo recuerdan como ministro y jefe de gobierno en tiempos de invasiones y dura represión. Los familiares de los palestinos asesinados y de los 5.200 presos -algunos con 25 años en prisión- tampoco comparten esa benevolente calificación.
La condición de Israel como un estado teocrático y policíaco se vio en estos días. Los enviados especiales cronicaron que el Papa debió moverse envuelto en una nube de 8.000 policías y 2.000 militares, que impidieron todo acercamiento a la población. También intimidaron a los árabes de la parte oriental de Jerusalén para que se metieran en sus casas mientras el visitante llegaba a la Explanada de las Mezquitas. Eso no se vio en Jordania ni en Belén. Como si eso fuera poco, extremistas sionistas golpearon a cristianos y musulmanes, asegurando que Jerusalén es su capital única e indivisble.
En el avión de regreso el viajero habló con 70 periodistas y aclaró que el celibato no es un dogma de fe, por lo que podría discutirse, aunque dijo que no es la prioridad. En otras palabras, como dogma o no, el celibato seguirá largo rato.