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Fútbol: los ricos no piden permiso

«Fútbol pasión de multitudes», es una expresión remanida pero cierta que suelen usar los comentaristas deportivos. Esa condición parece haberse hecho efectiva también en el selecto círculo de los hipermillonarios que se mueven como peces en el mar de la economía neoliberal.
El fenómeno, que se terminó de consolidar en las últimas décadas, se apoya en las fabulosas sumas de dinero que generan campeonatos, encuentros, jugadores, equipos, publicidad… generadores y sostenes de un negocio de muchos miles de millones de dólares. La avidez de ganancias del megaempresariado no podía dejar escapar semejante posibilidad y entró a tallar fuerte. Se vio, por ejemplo, en el empleo que le dieron al ex presidente Mauricio Macri, quien fue recompensado por los favores concedidos con un indefinible puesto en la FIFA.
Una docena de equipos europeos, los más fuertes futbolística y económicamente, han entrado en tratativas para conformar una suerte de superliga de los poderosos, que estaría autojerarquizada por la calidad de sus integrantes y se alimentaría con las recaudaciones y derechos a ceder. La reacción del presidente de la suprema entidad del fútbol mundial acaba de señalar su oposición a la idea y de subrayarla con una frase de discutible significado: «tendrán las consecuencias» de elegir «su propio camino». El proyecto surgió como una acción amenazante para las entidades que manejan el fútbol a nivel planetario y, aunque no adhirieron todos los que son, la noticia conmovió al mundo futbolero.
Es que además de crear una suerte de elite futbolística (más pronunciada de la que ya existe) la superliga dejaría en un segundo o tercer plano a los clubes de menor popularidad y poderío creando desigualdades de consecuencias múltiples; una de ellas una suerte de permanencia vitalicia en la categoría privilegiada para unos y no para otros.
La posible institución implicaría una secesión de la UEFA y la FIFA y su eventual constitución ha excedido rápidamente la esfera del deporte y llegado a la de la política. Ya salieron diputados europeos a formular sus quejas sobre la conformación del grupo, y sobrevuela la idea de investigar si vulnera las disposiciones existentes sobre competencia.
Es que, de concretarse, generaría un mercado paralelo y, además, quien maneje esa superliga pasaría a contar con un formidable poder político y económico. ¿Una evidencia?: la posible organización ya cuenta con el respaldo de una de las mayores bancas del mundo.
Curiosamente los entrenadores y futbolistas más destacados parecen haber optado por un prudente silencio, una suerte de «desensillar hasta que aclare», aunque varios de los principales equipos se han mostrado reacios a sumarse. Un directivo de uno de esos clubes fue brutalmente sincero, calificando a la tan discutida entidad como apéndice de una casta de híper-ricos que «intentan separarse del resto de la sociedad. Vivir en zonas cada vez más segregadas, regirse por sus propias normas, tener incluso normativas fiscales propias, tener mundos paralelos que no se rigen por las mismas normas, derechos, responsabilidades y deberes del resto de la ciudadanía. La superliga es eso».