Gane quien gane, el ciclo kirchnerista llegaría a su fin

LA SEMANA POLÍTICA

Emilio Marín – Siguen las polémicas sobre quién ganará el balotaje. La mayoría de las encuestas sostiene que sería Mauricio Macri, aunque los partidarios de Daniel Scioli aseguran lo contrario. Como sea, finaliza el ciclo K.
Las encuestas son bastante erráticas, a la luz de su performance en comicios como el del 25 de octubre pasado cuando no advirtieron que la diferencia entre los principales dos candidatos sería tan leve. Ni que el oficialismo perdería el gobierno de la provincia de Buenos Aires.
Ese prestigio a la baja se juega en el balotaje, donde diez empresas de sondeos han asegurado que gana el de Cambiemos por entre 5 y 10 puntos. Estas encuestas no se publicaron por la prohibición que rige en los ocho días previos a la votación, pero trascendieron por diversos medios.
Directivos de Management & Fit, Carlos Fara & Asociados e Isonomia dieron sus opiniones en consonancia con esos números en un encuentro moderado por un periodista de “La Nación”. Asistieron empresarios, como que el evento era organizado por la División Corporativa del Consejo Profesional de Relaciones Públicas, la División de Relaciones Institucionales de IDEA y el Círculo de Comunicadores Profesionales DirCom. En otros medios trascendieron números similares de Aresco, otra consultora.
Como se dijo en la primera línea, el prestigio de las encuestadoras no anda por las nubes ni se cotiza como el dólar blue. De allí que lo pronosticado puede ser desairado hoy cuando se abran las urnas y se cuenten los votos.
De todos modos, sería lapidario para esas empresas que volvieran a fallar tan alevosa y masivamente. Es más, como vienen de incurrir en pifias monumentales, se puede suponer que han afinado más la puntería, independientemente de las relaciones y pagos que puedan recibir de uno y otro partido interviniente. Un nuevo fracaso los convertiría en hazmerreír e incluso podría poner en riesgo la continuidad de sus negocios…

Fin de campaña.
El tramo final de la campaña no aportó novedades, luego del momento importante del debate en la Facultad de Derecho de la UBA, el domingo pasado.
Los dos candidatos siguieron con actos en diversas provincias, con un cierre en Humahuaca de Macri y otros en Mar del Plata y La Matanza, de Scioli. Ambos aspirantes quedaron afónicos y agotados por su recorrida infernal por tantos medios, sobre todo televisivos.
La cantidad de propuestas por ambas partes, que existieron, fue de todos modos inversamente proporcional a las palabras y declaraciones, que saturaron los oídos, ojos y mentes de los potencialmente 32 millones de votantes, además aguijoneados por los innumerables spots por radios y TV.
Como además este inédito balotaje fue la enésima votación (hay provincias donde se ha votado seis veces en 2015) por el desdoble de comicios nacionales, provinciales y municipales, más las PASO, etcétera, este exceso alimentó la idea de que es necesaria alguna reforma al sistema electoral. Sería bueno votar una o dos veces al año, y si es con boleta única, mejor. Sin ser la bandera principal de los argentinos ni mucho menos, que tienen otros reclamos más urgentes, quedó esbozada la pertinencia de una reforma electoral. Y, nobleza obliga, pareció que la oposición planteó más este tema que el oficialismo. No es que desde Cambiemos se formulara una propuesta concreta al respecto, pero al menos llamó más la atención sobre el asunto.
Simplificar las votaciones y buscar mecanismos para hacerlas más transparentes -no significa que las actuales sean fraudulentas, como suele acusar la oposición- le haría mucho bien a la democracia. También, y no es una cuestión menor, abaratará el costo del sistema político. Aunque no se ha revelado el costo real de las campañas, en particular desde las PASO de agosto hasta el balotaje, pasando por la primera vuelta, se han gastado miles de millones de pesos. Buena parte de ese dinero podría ir a fines sociales y no a inflar candidatos mediocres ni repetir hasta el hartazgo frases huecas de “cambio”, “esperanza”, “continuidad”, “desarrollo”, etcétera.

Posibilidades de Scioli.
Scioli no está muerto electoralmente, como podría deducirse de las referidas encuestas. En el tramo final de la competencia, incluido lo visto en “Argentina Debate”, el gobernador bonaerense le dio más contenido político, y más afín al kirchnerismo, a su mensaje al electorado.
Lo suyo dejó de ser insulso y tomó un sesgo combativo, cuestionando severamente a su rival en el plano de sus propuestas. Clarín y los medios hegemónicos, que habían tomado partido por Macri desde hace mucho tiempo, deploraron ese rasgo de un “nuevo” Scioli. Lo presentaron como agresivo y de no respetar códigos con quien durante décadas había sido su amigo.
El cronista, que no suscribe todas y cada una de las afirmaciones de Scioli -algunas le parecieron exageradas y no comprobables-, cree que sus críticas al proyecto macrista eran correctas en un 70 por ciento, o sea en su mayoría. Fue buena su denuncia del plan de Cambiemos de levantar el cepo cambiario y devaluar, de recortar el gasto público y los subsidios energéticos y de transporte, de bajar el salario e incrementar la inflación, etcétera. Eso, junto a la reivindicación del rol del Estado, la recuperación de YPF, la apertura de 17 universidades, la mayor inversión en ciencia y técnica, la creación de millones de puestos de trabajo y de jubilaciones, los programas sociales, fue reivindicado por el candidato del FPV-PJ.
La contraparte se espantó con esas estocadas y se quejó de una “campaña del miedo”, aunque lo de Scioli fue llamar a que la gente vote en defensa propia, para proteger esas conquistas.
¿Hasta qué punto habrá calado socialmente ese giro K de la campaña sciolista? ¿A cuánta gente humilde, trabajadores y de clase media y media baja habrá llegado ese mensaje sobre lo que estaba en juego? En este momento no se puede medirlo; sí opinar que Scioli depende de la amplitud y profundidad de esa recepción. Sólo puede salvarse de la derrota pronosticada por las encuestas si aquellos sectores entendieron su mensaje y lo multiplicaron. De lo contrario su suerte estaría echada.
Compartir el sentido de sus últimos discursos no significa creerle a pie juntillas. Por ejemplo, que el otro es un creído de Barrio Parque y él un trabajador de Villa Crespo, no lo cree ni Karina Rabolini.
Con las dificultades de un debutante, Scioli ensayó una verbalización antiimperialista al denunciar el triángulo de los “fondos buitres”, el FMI y el plan económico de Macri, pero él no es antiimperialista sino también un buen amigo de la embajada de EEUU, Council of Americas, IDEA y la UIA.
Aún si ganara el bonaerense, el ciclo kirchnerista habría concluido porque dirá que el balotaje lo ganó él y armará un gobierno propio, ahora sí poniendo distancia con Cristina.

“Pai umbanda”.
En política suele ser conveniente contemplar la peor alternativa, para no verse deprimido por un resultado adverso. Hoy puede ganar Macri. No es seguro pero tampoco una hipótesis delirante ni de una en un millón. Es posible, como fue su triunfo en Buenos Aires, cuna del peronismo, que nadie previó en octubre.
Esa eventual victoria tendría varias razones que la expliquen, como que el jefe de Gobierno de CABA se convirtió en el referente nacional a favor de un cambio, captando gente muchísimo más allá del PRO.
Si es injusto no valorar las cosas positivas de estos doce años, también es ilusorio no advertir las negativas o que se hicieron a medias en los tres gobiernos kirchneristas. ¿No pudieron controlar mejor la inflación? ¿No estuvieron en condiciones de resolver el impuesto a las ganancias a los trabajadores y del 82 por ciento a los jubilados? ¿No había gobernadores mejores que Alperovich, Insfrán y otros impresentables? ¿No se podía mejorar el sistema electoral para evitar los lemas y acoples poco transparentes? ¿Scioli era la mejor carta?
Algunas cosas no eran tan difíciles de lograr, como que la presidenta accediera a dar conferencias de prensa periódicas en vez de tantas cadenas nacionales. Tampoco Scioli aceptó debatir en octubre con sus cinco rivales, manteniendo esa imagen de soberbia oficialista.
Obvio que todos esos flancos fueron explotados al máximo por Macri y un fenomenal aparato mediático a su favor, además de un grupo de profesionales que le dieron un libreto light para decirle a cada quien lo que quería escuchar.
En el ingeniero sobreabundaron referencias al diálogo, crecimiento, optimismo, trabajo en equipo, transparencia y otros eslóganes. Aníbal Fernández criticó que parecía propio de un Pai umbanda. Tal cual, lástima que lo dijo un derrotado candidato, desde cierto despecho y posible desesperación por lo del balotaje.
Si gana Macri no es que caerán ya sobre Argentina las diez plagas de Egipto y devorarán todo en un santiamén, como agitó Scioli. Sí cambiará el signo político y habrá, presumiblemente a lo largo de cierto tiempo, varias consecuencias negativas aludidas. Decir que con Macri se viene el fin del mundo y un terremoto inmediato no sólo suena exagerado sino también un modo para que el kirchnerismo no haga autocrítica. Los sismos, ya se sabe, pertenecen a la órbita no dominable, y en cierto modo ajeno, de la naturaleza.
De todos modos, pronósticos del clima y la política, dados por seguros, muchas veces fueron equivocados.