viernes, 17 septiembre 2021
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Geopolítica nuclear

Dos malas noticias para la política exterior de los Estados Unido; la primera está fuertemente relacionada con nuestro país. Radica en que la Argentina instalará una nueva central nuclear, pero con tecnología y capitales chinos. El anuncio refrenda, por si hiciera falta, la entrada del país asiático en la política efectiva sudamericana donde, en lo que respecta a nuestro país, es el segundo comprador de productos agrarios y está cerca de desplazar a Brasil del primer puesto, en gran parte debido al aventurerismo e inconsistencia política del presidente Bolsonaro.
La planta a instalarse constará de un reactor de 1200 megavatios de potencia que ampliará notoriamente la producción de energía diversificada del país y estará dentro de los requisitos de seguridad que exige el Organismo Internacional de Energía Atómica. También es notable la duración que tendría: sesenta años.
Dos instancias surgen de la noticia, la primera hace al recuerdo de que la investigación nuclear en Argentina es muy antigua y sólida, pese a los gobiernos que la deterioraron increíblemente en su faz humana y técnica. Se afirma incluso que el país no continuó avanzando en su desarrollo nuclear a causa de los esfuerzos y las presiones de los Estados Unidos para que no se rompiera el equilibrio político y militar en América del sur.
La segunda instancia se relaciona con la indiferencia del reciente gobierno macrista con respecto a esa actividad, ya que prácticamente paralizó las obras de la tercera central atómica del país, acaso porque su entorno de amigos empresarios no intervenía, o intervenía escasamente, en los negocios que implicaba la central.
El impacto económico y geopolítico no es pequeño: la obra estará financiada por bancos chinos y apuntará a integrar el país en un movimiento que pretende enfrentar el ya innegable cambio climático que afecta al planeta en buena medida por la explotación de los combustibles fósiles para generar energía.
El emprendimiento será, también, una notable demostración de la capacidad nuclear que supo desplegar China y que, en poco más de una década, la puso a la par de las primeras potencias del mundo. Y un detalle más: se estima que la construcción de la planta dará empleo a más de cinco mil personas, lo que en la Argentina de hoy no es para despreciar.
El otro disgusto norteamericano se ubica lejos de nuestro continente y acaso tenga más intensidad y significación internacional. Se trata de la primera central nuclear del mundo árabe, instalada en los Emiratos Arabes Unidos. No apunta a fines bélicos pero las palabras «árabes» y «nuclear» unidas hacen fruncir el ceño de Washington, siempre preocupado porque Israel sea la única potencia nuclear en el Cercano Oriente.
Enfrente de estos siete emiratos que se han unido -con el Mar Rojo en medio- se encuentra Irán, a quien EEUU tiene en la mira por su desarrollo atómico, muy avanzado y con tecnología rusa, y enemigo jurado de Israel. Los principales países europeos observan atentamente esta región porque, además de ir a remolque de los norteamericanos, temen un conflicto en Medio Oriente que pueda afectar su comercio.
La instalación de la planta nuclear en los emiratos cuenta con capitales y tecnología coreanos. La obra les permite una mayor disponibilidad energética para su uso interno lo cual les deja las manos libres para incrementar las exportaciones de sus enormes reservas de petróleo y gas.